17 de junio de 2026

Las mujeres de Pablo Neruda

14 de diciembre de 2011

Es de admirar cómo Neruda hizo del verso  un eslabón de gloria, pero, además, en sus libros
 “Confieso que he Vivido” y “Para Nacer he Nacido” demostró que también era un  jinete olímpico sobre la prosa, sometida  al imperio de su arte. Al leer sus divagaciones idílicas de altos voltajes literarios, inconscientemente se desemboca en Bernardo Arias Trujillo, también autor de páginas intemporales, incrustadas perennemente en el corazón del pueblo. Mientras el atormentado lírida de Manzanares levantaba pedestales  a los efebos que alimentaban su lujuriosa inspiración, Neruda erigió altares de marfil a las mujeres,  con numen iluminado. Como Borges con María Kodama, el genial chileno rindió  su vagabundaje, finalmente,   en el santuario sentimental de Matilde Urrutia. A ésta la convirtió  en manantial que inundó de rayos su cerebro, pozo éste  de milagros estéticos.

Las féminas surgen y pronto desaparecen, unas exóticas con dialectos indescifrables pero asequibles a las  pernicias desenfrenadas, otras fáciles y tiernas, dominables en el idioma que se acuna en entusiasmos de alcoba, todas volcánicas, expertas en acrobacias y en dulces sentimentalismos.

Es fácil hacer el recuento de los enredos de faldas que tanto laceraron  a Neruda. En su libro “Para Nacer he Nacido” narra cómo su corazón de adolescente periclitó de amor platónico por su prima Isabela. Después se engarzó con María Parodi  a quien dedicó el soneto XlX en su libro “Veinte Poemas de amor”. Así le canta  : “…tu sales del mar, desnuda/y regresas al mundo  llena de sal y sol/reverberante estatua y espada de la arena”.

Cuando era cónsul en Rangoon, Birmania,fue sorprendido por una nativa remilgada, practicante de ritos insólitos, llena de artificios , espoleada por celos con bordes homicidas. Yosie Bliss era exigente  de mimos. Neruda debió escapar de sus garras sanguinarias, antes de que lo decapitara. Muchos años después, regresó a buscarla. Nadie le dió noticia de su amada.

En Colombo fue un sinverguenza sin control. Un arrume de busconas conocieron la temperatura de sus sábanas, supieron de sus resuellos anhelosos, compartieron sus piruetas incontables  y le succionaron las calorías que acumulaba en afrodisíacos festines.   De esa colegiatura amorosa se salvó para el recuerdo  una mujer sin nombre, diluída en su memoria.Estremecía con su hermosura, sus ojos altaneros y  sus manos de jardinera, inquietas y sedosas. Pero en la intimidad era fría como un maniquí.

Derrumbó Neruda, en los escondites de un trasatlántico, la petulancia de una judía. Kroze era una ninfa liberada, independiente y decidida. El rapsoda se engolosinó con hambre en su boca roja como las moras en sazón,escanció las redondas uvas de sus senos, se agazapó en su  gruta enmarañada con calientes cataratas de retenidos manantiales. Neruda debió dejarla. Ella iba  destinada a un comerciante chino.

En Batania Neruda se casó con Juana Antonieta Agenaas, una holandesa desabrida, inapetente para los himeneos.

En otro retablo, Federico García Lorca, su amigo, le sirvió de vigilante celestino, mientras el poeta con furia sexual desnucaba sobre el piso a una damisela relamida.La escena ocurrió en Buenos Aires, en un rascacielos,al cual se ascendía por una escalera retorcida en caracol, Mal le fue  a García Lorca en su oficio de proxeneta. Rodó peldaños abajo luxándose una pierna.

Por tiempo extendido llegó a su vera Delia del Carril, con fama de ser acaudalada. La verdad es otra. Llevaba con Neruda una vida precaria. Eran huéspedes de hoteluchos baratos, vestidos con indumentaria pobretona, circuídos por las afugias.  Durante dieciocho  años acompañó  al vate aventurero por las cósmicas travesías de la vida.

Por último, desembocó en su estuario Matilde Urrutia, su acople definitivo. En ella encontró un océano de placeres espirituales, su ensamble perfecto y la musa celeste para sus inmortales creaciones. A ella dedicó “Veinte Poemas de amor y una canción desesperada”, con estas palabras : “Tu y yo caminando por bosques y arenales, por lagos perdidos, por cenicientas latitudes, recogimos fragmentos de palo duro,  de maderos sometidos  al vaivén del agua y la intemperie. De tales suavizadísimos vestigios construí con hacha, cuchillo, cortaplumas, estas madererías de amor y edifiqué  pequeñas casas  de catorce tablas para que en ella vivan tus ojos que adoro y canto. Así establecidas mis razones de amor, te entrego esta centuria : sonetos de madera que sólo se levantaron porque tu les diste la vida”.

Como Neruda, todos somos veleidosos en las cuitas del amor.