BLANCA Y AIDA JARAMILLO MESA
Por Hernando Salazar Patiño
Cuando días después, supe la muerte de Blanquita Jaramillo Mesa ocurrida el pasado 3 de mayo, tuve inmediata la sensación de un sentimiento a débito, con ella, con su hermana Aída, también con su familia que es como decir, con la herencia humana y con la cultural, que me dejaron, que nos dejaron sus padres, los poetas Juan Bautista Jaramillo Mesa y Blanca Isaza. Porque esa deuda la sentí siempre, la siento todavía, como persona, pero más como manizaleño. Porque fue y ha sido desde hace muchos años, una deuda de toda la ciudad, de gratitud, de reconocimiento a las más bellas, ejemplares, eficaces, sacrificadas, generosas, cristianas, humildes y discretas virtudes humanas, al servicio de los más desvalidos. Y ésta no es, tratándose de las hermanas Jaramillo Mesa, una pródiga enumeración de adjetivos o sinonimias, sino cualidades sustantivas con su significación propia y su relación particular, con los pobres, con los que han tocado las puertas de su hogar, con los necesitados, con los que les han pedido consejo, con los que las han visitado, con los amigos, con los que las hemos conocido, con la inteligencia y con la comunidad.
Capítulo aparte merece el legado que el historiador, poeta, y académico Juan Bautista Jaramillo Mesa, y la poeta, cuentista y cronista Blanca Isaza, le aportaron al periodismo, a la literatura, a Manizales y a Colombia, a su prestigio cultural. De los trece hijos que nacieron en el hogar que formaron, las siete mujeres le prestaron algún tipo de servicio a la ciudad, pero la labor muy especial, de inolvidable y permanente memoria, de Mireya, de Blanquita y de Aída, por lo poco común, por lo palpable, por sus frutos, y por ignorarla la mayoría de los manizaleños, amerita que ahora, conmovido y contrito, me detenga en una breve evocación.
Por más de medio siglo, Mireya Jaramillo Isaza se dedicó a los desamparados carentes de recurso alguno para acceder a los sistemas de salud, que en Colombia era en ese tiempo apenas incipiente, y exclusivo para los empleados públicos y privados. Si acaso los atendía un médico en un hospital de caridad, no tenían cómo comprar los medicamentos. Mireyita, como la llamábamos todos, sus asistidos y sus amigos, porque era pequeña, sonriente, benévola, activa y eficaz, asumió esa preocupación como suya, y en el mismo año de 1950 en que se crean en el país la Caja de Previsión y el Seguro Social, instituyó en Manizales un sistema para conseguir los medicamentos que para sus hijos, sus padres, sus esposos, buscaban afanosamente aquellas personas apuradas a punto de perder la esperanza. Nació así Santa Ana, para proporcionarles los remedios formulados que requerían. Los médicos, las amas de casa, los amigos, donaban las muestras de los laboratorios, o los que ya no se iban a utilizar en la familia, respondiendo a la dinámica bondad de este ser admirable. Todas sus hermanas colaboraban con ella en cuanto lo permitían sus actividades. Como el dolor de los pobres era su propio dolor, Mireyita se entregó a su atención de tiempo completo, hasta su muerte en el 2002.

A la puerta de la carrera 23 No. 45-05 siguieron acudiendo las gentes a recibir ánimos, consejos, orientación, comprensión, palabras amables, y sobre todo, a ser escuchados. Para el suministro de las medicinas, Santa Ana funciona como farmacia en un pequeño espacio en el barrio Versalles. Blanca Jaramillo Meza se apersonó de la exigente tarea humanitaria de tantos años que realizó su hermana. Las demás, también la ayudaban. Blanquita, igualmente llamada así por su dulzura, por la delicadeza de su trato, por esa apariencia abacial de fragilidad y firmeza. El exdiplomático estadounidense Vance Pace nos recordó desde Kaysville, que fue su secretaria, pero más su asesora, en el Centro Colombo-Americano, entre 1964 y 1968, una década dorada de la cultura en la ciudad y del mismo Colombo. Blanquita dominaba el inglés y llegó a enseñar este idioma algunos años. Versada en muchos temas y plena en ese ambiente de estudio, lo más llamativo, dice Pace, de esta mujer especial, además de su devota religiosidad, el hecho de que la aplicara en la defensa de los menesterosos y en brindarles su desinteresado apoyo. Así siguió por el resto de su vida, mientras iba enterrando, uno a uno, junto con Aída, a todos sus hermanos. Hasta que vino la Virgen este mes por ella, debió sentir que venía por ella, debió pedir que la tomara con sus manos suaves, como fueron las suyas, porque quizá también allá, en ese reino prometido a los que han amado al prójimo, le va a ser útil.
Aída se ha quedado sola. Pero acompañada de su nutrida memoria. Con unos cuantos amigos ennoblecidos por el privilegio de haber estado, y de continuar estando, cerca de esta persona extraordinaria por más de una faceta y dotada de varios dones. Al igual que han hecho siempre sus parientes por parte de sus padres, los poetas, esa familia espiritual la ha escuchada narrar su rica experiencia social y humana, descubierto las vetas sorprendentes de su inteligencia y presenciado el gesto desprendido de sus acciones desinteresadas. Y le ha aprendido muchas, pero muchas cosas. Porque Aída Jaramillo Isaza es la manizaleña que mejor conoce la historia intelectual de esta ciudad y en buena parte de la del país. Y de otros países. Como testigo y como protagonista. Como lectora, como escritora, como periodista. Por sensibilidad, por vocación, por herencia. Desde la infancia ha tenido el disfrute de la visita de muchos de los grandes de la literatura colombiana desde Barba-Jacob, de poetas a los que ella misma les declamaba sus versos, y de las personalidades más notables de la región. Al par que el afán por los desvalidos junto con sus hermanas, a la muerte de su madre en 1967, le siguió colaborando a su padre en la edición de la revista literaria mensual, “Manizales”, fundada por ellos en 1940. Una vez fallecido éste, en 1978, cumpliéndole su promesa, se encargó de la dirección por 25 años, hasta el año 2003, en que le fue imposible continuarla. 773 números de una publicación que desbordó la provincia hasta volverse universal. Cada uno era una antología. La poeta Juana de Ibarbourou la llamó “Faro de América”. La leían también en España.

El Manizales de este siglo, no se ha dado cuenta del inmenso, auténtico y casi único patrimonio ciudadano, histórico y cultural, que es la contribución, la trayectoria y la vida de Aída Jaramillo Isaza. Patrimonio también la biblioteca con la que creció, con tesoros de libros inhallables, firmados por sus autores y llegados de todas partes. Patrimonio además la casa, en la que vivieron los Jaramillo Meza más de tres cuartos de siglo y de la que una mañana infame sustrajeron las coronas de oro que en 1951 ciñeron los poetas en la ceremonia que los consagró. Las universidades, el banco de la República, el concejo municipal, en fin, las instituciones de la ciudad, no se han percatado de estos filones de historia. La creatividad y la constancia en el servicio social, el aporte a la cultura, la felicidad que ha dispensado a los seres que han sentido en ella su soporte o a los que hemos escuchado la sabiduría contenida en su decir, rebasa en esta destacada mujer, cualquier distinción. Sé que su modestia, su obstinada discreción, su rigurosa conciencia del límite, esquivan todo reconocimiento. Pero el manifestarles a Aída y a los suyos, que he compartido la pena por la ida de Blanquita, es mi pretexto para expresar la felicidad de tenerla todavía con nosotros.