El gabinete como equipo de rivales
En colaboración con Jorge Iván Gómez, Experto en estrategia. De Inalde Business School.
“El equipo de rivales”, el célebre libro de Doris Kearns Goodwin sobre Abraham Lincoln, debería ser lectura obligada para el presidente electo Abelardo de la Espriella.
Lincoln llegó al poder en una nación profundamente dividida. Su respuesta no fue rodearse de amigos incondicionales ni premiar únicamente a quienes lo acompañaron durante la campaña. Hizo algo mucho más difícil y estratégico: convocó a varios de sus antiguos rivales por la nominación presidencial, hombres con liderazgo, ambición y criterio propio. No desconoció sus diferencias; las convirtió en una fortaleza al servicio de una causa superior: preservar la Unión.
Colombia enfrenta hoy un reto similar. La gobernabilidad no se construye únicamente repartiendo cargos, formando mayorías circunstanciales o rodeándose de voces que siempre estén de acuerdo. La verdadera gobernabilidad política y social surge cuando el país percibe que el presidente está acompañado por un equipo competente, plural y dispuesto a anteponer el interés nacional a las rivalidades políticas, los egos y las cuentas de campaña.
El mandato de Abelardo de la Espriella comienza en un país polarizado y tras una elección reñida. Precisamente por eso, la conformación de su gabinete será uno de los primeros mensajes políticos de su gobierno. No debería ser solo el gabinete de quienes ganaron, sino también una señal de apertura, respeto e inclusión hacia quienes piensan diferente, hacia las regiones, los sectores productivos, la academia, los jóvenes y las instituciones.
Eso no significa renunciar al programa de gobierno ni diluir las convicciones. Lincoln jamás lo hizo. Tenía absoluta claridad sobre los principios que no estaba dispuesto a negociar, pero también comprendía que gobernar exige distinguir entre lo esencial y lo accesorio: firmeza en el rumbo, amplitud en la convocatoria.
Un gabinete de rivales no es un gabinete destinado al conflicto. Es un equipo integrado por personas con la independencia suficiente para decirle al presidente lo que necesita escuchar y no solamente lo que quiere oír. Ministros con experiencia, legitimidad política, conocimiento técnico, conexión con el territorio y capacidad real de ejecución. Personas con la estatura para debatir con franqueza en privado y el sentido de Estado para actuar unidas frente al país.
El mayor riesgo de cualquier gobierno es confundir la lealtad con el silencio. La lealtad más valiosa no proviene del aplauso automático, sino de quien advierte un error a tiempo, propone soluciones y, una vez tomada la decisión, trabaja con disciplina para ejecutarla. Un presidente fuerte no es quien controla todas las voces, sino quien sabe reunir talentos distintos alrededor de un mismo propósito.
La verdadera discusión, entonces, no es únicamente quiénes ocuparán los ministerios. La pregunta de fondo es qué tipo de gobierno quiere construir Abelardo de la Espriella: uno dedicado a administrar la victoria de una coalición o uno capaz de liderar un nuevo pacto de gobernabilidad para Colombia.
Lincoln dejó una lección que sigue vigente: en los momentos de mayor división, la grandeza política consiste en transformar competidores en colaboradores y las diferencias en capacidad de gobierno. Ese puede ser uno de los mayores desafíos del nuevo presidente, pero también una de sus mejores oportunidades para comenzar un mandato con visión de Estado.