11 de junio de 2026

Mi casta

2 de septiembre de 2024
Por Jairo Londoño Franco
Por Jairo Londoño Franco
2 de septiembre de 2024

Cuando se fusionaron la capa castellana del viejo hidalgo con la ruana montañera paisa… ¡La historia no nos lo cuenta! Los conquistadores y caballeros que llegaron de La Mancha y de España trajeron la indumentaria propia de la época, costumbres y creencias de Europa, acompañados de un afán desmesurado de enriquecimiento. Los nobles, hidalgos (hijos de los godos) y burgueses llegaron vestidos de seda y brocados, con preciosos bordados. Era la concesión real de privilegio para los que pudiesen mantener un caballo, a sus mujeres, a sus hijas siendo doncellas y a sus hijos menores de quince años, personas que se consideraban de mayor alcurnia (ricos) porque nunca habían ganado el pan diario con las manos, pero se cubrían con capas de bayeta que les daba apariencia de nobleza.

Nos impusieron un idioma, una religión y un Dios a fuerza del miedo, además de la absoluta lealtad al rey. Los nuestros, caciques, zipas y zaques, vestían con oro y tejidos de lana, cultivaban la papa, el maíz, el cacao, el tabaco, el pimiento, la coca y preparaban la chicha, respetaban la naturaleza y veneraban al Dios Sol.

Enterraban a sus muertos junto a sus pertenencias, para el largo viaje sin regreso, y conocían la conformación del universo, más allá de la luna. Se conocieron en las playas, combatieron en las montañas y se amaron en los ríos, con la complicidad de los pájaros que hicieron silencio y el viento que dejó de soplar. Sostuvieron una guerra que duró trescientos años; volaron las piedras, flechas de caña y las cabezas; se enhiestaron los sables de acero toledano y las alabardas. Los dioses los miraron desde el cielo y no detuvieron los combates hasta que una etnia aborigen desapareció de la faz de la tierra. Entonces llegó el saqueo: el oro, la plata, animales exóticos y jóvenes indígenas cambiaron de dueño, junto con las tierras, y ese capital se usó para esclavizar otro continente de piel más oscura. Violaron a las indias, quemaron en la hoguera las ideas y fusilaron la libertad, pero les fue imposible derrotar nuestro orgullo y estirpe.

Entonces nació de la nada una generación sublime que podía cantar con amor propio: “Nieto de artista y labriego, manchegos de la montaña, tengo perro, labrantíos, machete, carriel y ruana. Tiple que acuña bambucos en su par de pentagramas y un pedacito de cielo, colono de mi cabaña”. Rompimos las ataduras, creció una población fresca entre la selva y el llano, los guaduales, la yerbabuena, el caracucho y el poleo. Una nueva población, multicolor y valiente, que “Está gritando en mis venas el orgullo de mi casta, casta de mis montañeros tallados en roca blanca, ya no somos como fueron ni serán los de mañana”. Cambiamos lo viejo por lo nuevo, las herraduras abrieron caminos y creamos nuestra propia identidad. “La capa del viejo hidalgo se rompe para ser ruana, y cuatro rayas confunden el castillo y la cabaña. Es fundadora de pueblos con el tiple y con el hacha, y con el perro andariego que se tragó la montaña. Las humildes aldeas pasaron a ser urbes y el negro dejó de ser el esclavo. Porque tengo noble ancestro de Don Quijote y Quimbaya, hice una ruana antioqueña de una capa castellana. Este es un homenaje a Luis Carlos González, poeta de Pereira, “la querendona, trasnochadora y morena”, autor de canciones colombianas como: “Mi casta”, “La ruana”, “El aguardiente de caña”, “Antioqueñita”, “Por los caminos de Caldas”, “Vecinita”, “Matapalo”, “Madre labriega”, entre otras. Para que refresquemos un poco nuestra historia.