Vacaciones
Llegar a casa para disfrutar las vacaciones en compañía de la familia, allí donde encontraríamos a mamá después de una jornada de seis meses de ausencia en el internado del colegio, era lo más agradable que solía ocurrir. Por lo regular, despertaba la pasión por observar nuevamente la naturaleza de las plantas y animales que ya conocíamos, pero a los cuales tal vez no habríamos prestado la atención requerida.
La chica vecina, a la cual no habíamos prestado atención, ahora era una señorita bien bonita, sin saberse en qué momento se transformó en semejante belleza, y eso desde luego mejoraba muchísimo la época vacacional.
Sentado en un banco de madera, degustando una taza de café preparado con panela, como lo saben preparar en las fincas de la zona cafetera, observaba por primera vez una flor de geranio que siempre había estado allí, en el corredor de la casa, sobre una repisa pegada a un poste de madera, sembrada en una bacinilla vieja y rota, como si fuera una bandera de bienvenida. Me preguntaba si acaso no habían descubierto aún los preciosos materos de cerámica o de plástico que usaban en el colegio, o de pronto el éxito de la floración dependía de los posibles usos del recipiente en la historia de la familia.
Hasta allí, ante mis propios ojos, llegó un colibrí, ese pequeño pajarito de colores tornasol que puede volar hacia adelante y atrás para extraer el néctar de las flores sin tocarlas. Desde luego, a su larguísimo y fino pico quedan adheridas algunas partículas de polen, que llevará a otra flor en su tarea de polinizador. ¿Y si la flor no es de la misma especie? ¿Qué pasa si el clavel recibe el polen de la rosa? No sé cómo, pero esa debe ser la razón por la cual la variedad de flores aumenta cada vez que llegan las vacaciones.
La marranita mona arrancaba los bulbos de las dalias y lirios que crecían a flor de tierra para jugar con ellos, y más tarde que temprano aparecían nuevas floraciones en el monte. Los murciélagos, muy hábiles para despegar las cerezas rojas del café por su agradable sabor dulce y dejarlas caer en la huerta, eran de alguna manera los chapoleros, sembradores de las semillas.
Los pollos apetecían las semillas de girasol, que no lograban digerir, multiplicando las amarillas flores en los sitios más increíbles. Teníamos un perro que llamábamos “Tarzán”, al que mi madre enseñó a atender los mandados de pequeñas cosas, las cuales llevaba o traía en una canastilla de mimbre, sin dejar perder nada ni permitirle a nadie que le revisara su contenido. Velaba las sobras de mango y zapote, las mismas que roía hasta dejar el hueso de la fruta limpio y después las enterraba en algún lugar solo conocido por él; de esta manera, contribuyó a la frugalidad del comedor de la casa.
La partida por lo regular era triste, hasta las próximas vacaciones que pintaban bien lejos, y de pronto alguna furtiva lágrima se escapaba y tocaba disimularla de la mejor manera posible, mientras el perro, prendido de la manga del pantalón, trataba de impedir nuestra salida. La niña vecina, a la que le narrábamos aventuras sin atrevernos a enamorarla por llevar el mismo apellido, también contribuía a hacer más difícil la partida con sus inocentes lágrimas. Prometerle regresar muy pronto no fue suficiente para que su bello rostro mostrara un gesto de alegría.
Y entonces partí con mi pena, camuflada bajo un sombrero de paja.