La otra Batalla de Boyacá
La historia que no nos contaron sobre la independencia de Colombia continúa oculta. Pareciera que realmente hubo dos batallas diferentes, al mismo tiempo, sobre el mismo espacio y persiguiendo el mismo fin.
La tradicional de los historiadores oficiales, con un tinte auténticamente épico, de generales y soldados valientes que logran lo imposible. En dos horas vencieron a un ejército español entrenado, bien dotado y mejor armado, con 2.670 hombres liderados por el coronel José María Barreiro. Los nuestros, bajo el mando de Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander y José Antonio Anzoátegui, la tropa patriota, conformada por 2.850 combatientes (criollos, mulatos, mestizos, zambos, indígenas y negros, también algunos extranjeros británicos y franceses), mal vestidos, hambrientos, enfermos y sin ningún entrenamiento, pero con un contenido auténticamente machista.
Este verano, por casualidad, llegó a mis manos un libro titulado “Las Anónimas”. El libro habla de mujeres de todas las clases sociales que vivieron en el siglo XVIII, mujeres que lucharon y triunfaron, pero que no conocemos. Las eternas desconocidas de todas las culturas también fueron y son tan colombianas como los varones. Me refiero a las mujeres que hicieron posible el triunfo de Boyacá: mujeres humildes junto a damas distinguidas, valientes, divulgadoras de ideas, astutas, inteligentes y desprendidas.
Cómo no mencionar a Matilda Anaray, una niña campesina de tan solo 13 años, que en el acto en el que fueron convocados a la iglesia por el padre Tomás Romero y el alcalde de Socha, José Ignacio Sarmiento, cientos de feligreses ofrecieron su ropa al ejército del libertador. Ella subió al altar y decidió ser la primera en desnudarse y entregar su ropa, dando el mejor ejemplo a los mayores, quienes motivados resolvieron donar sus prendas. Matilda fue definitivamente una de las más importantes obsequiantes de ropa, al entregar la única que tenía, en la dadivosa gesta de Socha, en la que fueron donadas al ejército libertador dieciocho cargas de atuendos, para aquellos que venían soportando el hielo del páramo terrible que alcanzaba alturas de 4.300 metros.
Ella sabía cómo cortaban las ráfagas heladas y cómo golpeaban sobre la piel los disparos del granizo. La descripción de aquellos valientes soldados que morían entumecidos, las angustias de la muerte entre las neblinas, ella estuvo a punto de sentir muchas veces. Así que la exhortación final de desprenderse de las ropas superfluas para aliviar a los libertadores halló comprensión en su mente, a pesar de que su corazoncito de catorce años había soñado largos meses con una falda y una ruana de abrigo.
El “Pantano de Vargas” fue un escenario especial en el que se destacó el hecho de que varios soldados aún usaban camisas de mujer y otras prendas femeninas, por lo cual recibieron múltiples burlas de los soldados españoles que desconfiaban de su capacidad y de su hombría. Seguramente los comentarios ofensivos no arredraron a los libertadores, quienes aún debían sentir el entusiasmo y la simpatía con que el pueblo de Socha les entregó el encargo de liberarlos.
Mujeres que participaron en las tertulias literarias, intervinieron en la sedición contra el gobierno español, colaboraron con las guerrillas y con el Ejército Libertador como correos, espías y divulgadoras de las ideas; entregaron a sus hijos para la guerra en el ejército patriota.
Teresa Cornejo, Evangelista Tamayo, Manuela Tinoco, Rosa Canelones, Juana Bejarano y otras ocultaron su femineidad, vestidas con ropas de hombres. Las que no murieron en batalla llegaron a ser capitanas y sargentos. Evangelista Tamayo fue una de ellas. Luchó en Boyacá, bajo el mando de Simón Bolívar. Murió en Coro, Venezuela (Deiry Salazar Frías).
Reconocemos a nuestros grandes personajes como lo fueron Simón Bolívar, Antonio Nariño, Francisco de Paula Santander, entre otros, que ayudaron en la emancipación y libertad del pueblo colombiano. Sin embargo, en estos tiempos se sigue desconociendo a las “anónimas”, que tuvieron una significativa participación en los diferentes procesos independentistas y que participaron activamente en las luchas contra conquistas violentas y poderes hegemónicos.
Mujeres humildes, que usaron su coraje, astucia e inteligencia para servir a la causa de la libertad siendo informantes y proveedoras, jamás vacilaron en entregar a sus hijos al ejército patriota.
María Stefania Parra Chinchilla, aunque no estuvo en el campo de batalla… ¡no podía estar! Tenía solamente ocho años. La niña Estefanía jugó un papel decisivo en lo que iba a ser el desarrollo de este crucial combate.
Ella conocía el río Teatinos, lo frecuentaba en sus caminatas de campesina. En el fragor de la Batalla del Puente de Boyacá, indicó el vado del río a los patriotas, exactamente al escuadrón Guías de Casanare, para que cruzaran y envolvieran a los realistas.
Crecido el río y hondamente encajonado entre altos barrancos cubiertos de árboles y de malezas, no era posible la operación de flanco mientras no fuera vadeado. La niña Estefanía Parra no es una leyenda: su partida de bautismo se encuentra en la parroquia de Santa Bárbara de Tunja.
Tiempo después de la batalla en el Puente de Boyacá, Estefanía Parra miraba desde lejos a Santander y a Bolívar sin atreverse a saludar a sus “amitos”. Fue entonces cuando el lancero Rondón, que valoraba la gran ayuda de la campesina, la llamó y le dio una moneda de plata, que ella guardó en un taleguito de lana y mostró con orgullo a sus nietos.
Juana Velasco de Gallo, natural de Toca, dueña de una hacienda ganadera en Toca, de donde surge el rótulo de “heroína de Toca”, envió tres de sus hijos para apoyar la independencia, entre los cuales se incluye a un importante sacerdote. Al tener noticia de que los ejércitos patriotas habían llegado a Tasco, envió a tres de sus hijos a reforzar el ejército, con once caballos de su propiedad, cargados de víveres y ropa. Uno de sus hijos era Andrés María Gallo Velasco, quien en ese momento era párroco de Ramiriquí; fue luego rector del Colegio de Boyacá y canónigo de la catedral de Tunja.
Ella organizó un taller de confecciones en Tunja para vestir a los héroes con más de dos mil camisas, sin contar otras prendas, ya que venían desastrados desde su formación en Casanare. Además, esta mujer le regaló a Simón Bolívar su caballo “El Muchacho”, con el que el Libertador resultó vencedor en la Batalla de Boyacá.
Una mujer que sirvió de guía a los patriotas para rodear a Barreiro en Paipa fue Simona Amaya, quien, vestida de hombre, luchó en el ejército de Bolívar. En esa época, a las mujeres les estaba prohibido participar en combates. Al morir en la batalla del Pantano de Vargas y ser atendida, se descubrió su verdadero género: era una preciosa mujer blanca con la cara pintada.
Los españoles sacrificaron a centenares de mujeres que sirvieron de estafetas o formaron parte de las fuerzas insurgentes. Entre ellas encontramos a Estefanía Neira de Eslava, una sogamoseña que, al igual que Teresa Izquierdo, se dedicó a la confección de uniformes. Escuchaba los planes de los realistas y se los comentaba a los soldados patriotas. Era una de las damas más distinguidas de Boyacá.
María Josefa Canelones, la “madre heroína” del niño que nació en el Páramo de Pisba cuando el ejército libertador cruzó los Andes el 2 de julio de 1819, fue una valiente patriota del llano casanareño, que se decía ser de Tame. Se vino oculta, incluso de su esposo del Batallón Rifles del Ejército Libertador, quien tampoco sabía que ella venía como soldado.
El general Daniel Florencio O’Leary manifestó una especial admiración por ese increíble acontecimiento de dar a luz en un escenario tan agreste y la valentía previa de la mujer nacida en Tame, por avanzar con las tropas cargando al bebé en su vientre.
“Durante la marcha de este día [2 de julio], me llamó la atención un grupo de soldados que se habían detenido cerca del sitio donde me había sentido muy extenuado de fatiga. Viéndolos afanados, pregunté a uno de ellos qué ocurría. Me contestó que la mujer de un soldado del Batallón Rifles estaba con los dolores de parto, y por ello hacían un corrillo para hacerle calor al recién nacido. A la mañana siguiente vi a la misma mujer con el niño a la espalda, subiendo muy valiente, aparentemente con la mejor salud, marchando a la retaguardia del Batallón. Después del parto había andado dos leguas por uno de los peores caminos de aquel escabroso terreno.”
Juana Ramírez nació esclava, fue liberada y criada bajo la tutela de Teresa Ramírez, quien la protegió y le dio su apellido. A los 15 años ya era mano derecha del General Don Andrés Rojas y estaba lista para enfrentar las faenas de la guerra con carácter y gran coraje. Juana Ramírez fue llamada “La Avanzadora” por comandar exitosamente la unidad de artillería femenina. Debían ocuparse de apertrechar los cañones, visualizar al enemigo, trasladar a los heridos a lugares seguros y atenderlos, y cuidar a los niños y los ancianos.
María de los Ángeles Ávila: “Nací en algún año antes de que terminara el siglo XVIII, hija de una familia normal de mi pueblo. Viví en una época difícil para la América colonizada, vi guerras, gente luchar y morir. Me armé de valor y apoyé la rebelión. Morí para los primeros días de diciembre de 1817, días difíciles para nosotras las mujeres; no respetaron nuestra condición.”
Concepción Loperena: En 1813 prendió fuego a un retrato de Fernando VII y a los escudos reales durante un evento público, para proceder luego a leer y firmar el Acta de la Declaración de la Independencia de Valledupar.
Juana Escobar cayó en manos de los españoles y, antes de delatar a los patriotas, prefirió el sacrificio.
Juana Béjar, primera mujer Sargento Mayor de la Caballería del Ejército Libertador, ingresó el 12 de junio de 1819 en la población de Tame, en los Llanos Orientales, convirtiéndose en heroína y guerrera.
No se puede pasar por alto el nombre de María Antonia Santos Plata. Tuvo una contribución decisiva para las victorias del Pantano de Vargas y del Puente de Boyacá. Fue mensajera en el correo secreto del ejército patriota y pertenecía a “las juanas” (líderesas), mujeres que acompañaban a sus maridos en las campañas guerreras. Creó la guerrilla Coromoro y Cincellado para luchar desde la provincia del Socorro contra la invasión española. Fue traicionada, arrestada y ejecutada el 28 de julio de 1819.
En Gámeza, las mujeres, al ver a estos hombres prácticamente desnudos y con el fin de ayudarlos, se quitaron sus enaguas de lana y se las entregaron para que se abrigaran. En la campaña libertadora, nuestras heroínas se conocieron como “las juanas”. En Antioquia las llamaban juanas o catiras, en Santander cholas, en México adelitas, en Ecuador y Perú guaneñas, en Cuba falluelas y en Venezuela guarichas.
“La Guaneña” es una tonada de guerra, alegre y nostálgica, compuesta por el músico pastuso Nicanor Díaz, quien estaba enamorado de la bella ñapanga Rosario Torres, conocida como La Guaneña. Las ñapangas eran mujeres del pueblo que acompañaban a los soldados, no solo como amantes y cocineras, sino también empuñando el rifle.
En 1813, mientras se dirigía con sus tropas hacia la Campaña del Sur, Antonio Nariño prohibió que las mujeres continuaran su marcha en la retaguardia del ejército que él comandaba. Sin embargo, se vio obligado a ceder en su posición cuando las mujeres consiguieron cruzar el río Magdalena con las provisiones y los niños, alcanzando al ejército en Purificación, a pesar de que este les llevaba dos días de ventaja en el camino.
En la campaña de 1819, el subjefe del Estado Mayor, coronel Antonio Morales, expidió la orden perentoria 126, con el siguiente precepto: “No marchará en la división mujer alguna, bajo la pena de cincuenta palos a la que se encuentre. Si algún oficial contraviniera esta orden, será notificado con severidad, y castigado severamente, el sargento, cabo o soldado que no la cumpla”. Sin embargo, no fue posible persuadirlas de que no se alistaran. Había que auxiliar heridos, sepultar muertos y apoyar a la tropa. Las llamaron “Juanas” y fueron a la guerra como conspiradoras, voluntarias o guerreras.
Estas son “Las Juanas”, “Las Marías” o “Las Guaneñas”, nuestras libertadoras anónimas:
Agustina Cruz
Agustina Mejía
Ana Cediel
Ana Josefa Silva y Ferreira
Antonia Amaya
Antonia Martínez
Antonia Monsalve
Antonia Santos Plata
Antonia Valdés de la Barrera
Apolinario Franco
Bárbara Acevedo
Camila Durán
Camila Ozuns
Catalina Sánchez de Tejada
Clemencia Niño
Concepción Fernández
Dionisia Monsalve
Dominga Soto
Domitila Fernández
Dorotea Rengifo
Elena (Helena) Santos Rosillo
Engracia Salgar
Estefanía Neira de Eslava
Estefanía Parra
Eulogia Holguín
Evangelina Díaz
Fausta García de Monsalve
Fidela Ramos
Francisca Durán
Francisca Revelo de Navarro
Francisca Silva
Gertrudis Rodríguez
Ignacia Gómez Plata
Ignacia Medina
Ignacia Silva
Ignacia Villarreal
Inés Osuna
Jacinta García Canedo (Cañedo)
Jerónima Uribe
Joaquina Benafont
Joaquina Villar
Josefa Beriña
Josefa Cruz
Josefa Pereira
Josefa Villarreal
Juana Cecilia XX
Juana Escobar
Juana Gutiérrez de Piñeres
Juana Josefa Rangel
Juana Ramírez
Justa Estepa
Leocadia Arenas
Leonarda Carreño
Lucía Posada
Luisa Vargas
Magdalena Ardila
Magdalena XX
Manuela Escobar
Manuela Moreno
Manuela Uscátegui
Manuela Vega
Manuela Villar
Marcelina del Corral de Ribón
María Ana Girón
María Catarina Rodríguez Terán
María Damiana Roldán
María de Jesús Revellon
María de Jesús Uribe
María de los Angeles Avila
María del Transito Vargas
María Ignacia Niño
María Ignacia Piñeres Mondragón
María Ignacia Vásquez de Mondragón
María Josefa Colorete de Velilla
María Josefa Fernández Silguero de Valest
María Leonor Gómez
María Luz Ardila
María Norberta Santos
María Resurrección Roldán
Marta Rengifo
Mercedes Abrego de Reyes
Micaela Gómez
Micaela Piñeres Mondragón
Nicolasa Piñeres Mondragón
Nicomedes Plata ( mujer)
Paula Amaya