Doña Fabiola
Subir a Filandia, por el camino del Quindío y encontrar la aldea recién fundada, antes de llegar a la montaña de los Andes, era el compromiso de los colonos campesinos que exploraban una nueva vida en los planes del Quindío. Para los días de mercado y especialmente en época de Semana Santa, toda la familia estrenaba pantalón y camisa blanca o bata de color oscuro, junto con medias de seda y zapatos de tacón. Las mujeres se vestían elegantemente para las ceremonias religiosas. Los zapatos y las medias se llevaban en una bolsa para evitar que se ensuciaran, y en los charcos que se formaban a orillas de las calles, aprovechaban para lavarse los pies, calzarse y poder llegar al templo, tal como lo manda la santa madre iglesia.
La plaza bullía de gente, un encuentro de nuevos colonos que aportaban costumbres diferentes y enriquecían la oferta de productos bajo los toldos del mercado: remedios, comestibles, verduras, granos, frutas y carne de cerdo. El caldo negro con arepa de maíz, mazamorra y panela era el almuerzo popular entre los visitantes. Algunas mujeres ofrecían en canastas de iraca pan de trigo, chicha de caña, galletas negras (cucas), queso y café. Todos se movían con afán para regresar al campo antes del anochecer, y en la barahunta, los niños y los ancianos se perdían, retrasando el regreso y obligando al uso de linternas o antorchas.
Los colonos de tierra caliente traían plátanos maduros, escasos en ese páramo, que las criadas de algunas casas ubicadas en la plaza asaban al carbón como pasabocas económicos. La costumbre continuó vigente hasta nuestros días, y en algunos portones aún se ofrecen los maduros asados, aderezados con queso rayado, bocadillo de guayaba o carne molida. 120 años después de aquellos improvisados tenderetes, la reina de la tradición de los maduros asados se conocía como “Doña Fabiola”. Por las tardes, ella sacaba al andén, en la esquina de “La Casa del Artesano”, una parrilla de alambre y un costal con carbón vegetal. No necesitaba publicidad; el olor atraía a los visitantes, y el humo y el calor del asador encendido con carbones rojos creaban un lugar agradable para comer de pie. Ayer falleció “Doña Fabiola”, y con ella se fueron los mejores y más sabrosos maduros asados de toda la vida. El pueblo perdió su golosina más ancestral.