11 de junio de 2026

Aquella navidad

26 de julio de 2024
Por Jairo Londoño Franco
Por Jairo Londoño Franco
26 de julio de 2024

El aroma del cacao tostado en la sartén de cobre llegó por el ventanuco de mi cuarto gracias a la brisa mañanera, que venía acompañada de gorjeo de pájaros. Podía identificar, entre otros, al cucarachero común que imita o es imitado por el ruiseñor de Europa. Su silbido en crescendo se repetía cada ocho tonadas. Construyendo su nido en las puntas de las guaduas que sostienen el techo de la vivienda, se hizo familiar.

Luego apareció el ruido del molinillo de palma, batiendo el chocolate endulzado con canela y panela. El olor de la arepa de maíz chamuscada por los tizones de leña enterrados en ceniza y la canción matutina de María Antonia en la cocina, saludando el día con ruido de cucharones y mecedores, en un infundado afán por servir el desayuno a quienes aún no nos despertábamos ni poníamos de pie.

Una vaca bramando en el corral llamó a José, el ordeñador, para que llevara al ternero a tomar su calostro, con el que también preparaban el requesón. Los golpes del hacha sobre un tronco seco para rajar la leña que habría de crepitar al fuego del fogón eran bullas familiares de la madrugada. No escuché el canto postinero del gallo, pues dormía al cobijo de una frazada de lana de oveja, pero adiviné cuántos huevos pondrían las gallinas por la abundancia de su cacareo. La campanilla nos anunció que había tinto en la cafetera, sobre la mesa cubierta con un mantel de flores. Café serrano, preparado con miel de caña. Aún estábamos sentados a manteles cuando el perro ladró, anunciando visita; era la familia del tío Gregorio, que animó la reunión con su presencia.

Mi padre dijo: “Tenemos mucha familia hoy, hagamos una fiesta”. ¡Y hubo fiesta! Se sacrificó la marrana mona, que estábamos cebando para la Navidad. También hubo buñuelos y natilla, música y baile de primos. Fue una hermosa Navidad el once de noviembre.