21 de julio de 2024

“Y volar, volar, volar”: ficciones de inmigrantes alemanes

12 de junio de 2024
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
12 de junio de 2024

Son muchos los libros que en Colombia se han publicado sobre ciudadanos alemanes que llegaron a este país huyendo de las guerras en las que la patria de Lois Van Beethoven estuvo enfrascada durante el siglo veinte. Sin embargo, antes de que las dos grandes conflagraciones mundiales produjeran ese éxodo de alemanes hacia países de América Latina, varios ciudadanos de esa nación habían pisado territorio colombiano, trayendo conocimiento y, de paso, aportando luces a nuestro desarrollo. El más importante de todos fue, sin lugar a dudas, Alexander von Humboldt. Tanto, que William Ospina escribió Pondré mi oído en la piedra hasta que hable, una novela sobre lo que significó la presencia en Colombia de este científico nacido en Berlín el 14 de septiembre de 1769.

Otro ciudadano alemán que mereció que un escritor colombiano lo convirtiera en personaje principal de una novela fue Geo von Lengerke, un ingeniero que llegó a Colombia en 1852, nacido en Dohnsen el 31 de agosto de 1827. Pedro Gómez Valderrama publicó en 1977 La Otra raya del tigre, una novela donde se acerca a la personalidad de este hombre que se instaló en el entonces Estado Soberano de Santander, donde fue colonizador de tierras y constructor de caminos. Sin embargo, antes de él había pisado tierra colombiana Nicolás de Federmán, un explorador alemán que llegó en 1536 acompañando a los conquistadores españoles en la búsqueda de El Dorado. Vida y viajes de Nicolás de Federmán, del antropólogo Juan Freide, recoge sus andanzas por Colombia.

Y volar, volar, volar, novela de un escritor tumaqueño de ascendencia alemana, Oscar Seidel, ganadora de la convocatoria Mi Nariño: cultura viva, creación inédita, correspondiente al año 2023, narra cómo se enamoraron de Colombia dos alemanes imaginados que, emulando a los arriba nombrados, dejaron historia en Bahía Iluminada por las aventuras que vivieron. Ellos son Werner Vogel y Ulrich See, que participaron en la Segunda Guerra Mundial. El primero fue piloto de un avión de combate derribado por los ingleses en el Mar del Norte, donde se salvó de morir. El segundo fue capitán de la armada, y su gran preocupación fue buscar los restos de un submarino alemán hundido cerca de la ensenada de la Bahía de Nutria, donde murieron veintiséis tripulantes. Él fue el único sobreviviente.

¿Qué tienen en común estos dos personajes que terminan viviendo en un pueblo llamado Bahía Iluminada? Sus historias sobre la Segunda Guerra Mundial y sus experiencias en la aviación. Ulrich See aparece en la plaza un día cualquiera contando historias sobre la guerra. La gente lo escucha incrédula. De repente, aparece allí Werner Vogel, aplaudiendo todo lo que dice. See venía de un lugar cercano, la ensenada de la Bahía de Nutria, donde estaba buscando los restos del submarino U-1550. Vogel llegó a Bahía Iluminada porque en un segundo accidente, trabajando como copiloto de un avión comercial, la aeronave se precipitó a tierra cerca del pueblo. Cuando lo rescataron, lo llevaron al hospital que allí funcionaba. Los dos decidieron quedarse viviendo en Bahía Iluminada.

Las historias de amor que fluyen a lo largo del libro, como enamorarse Werner Vogel de Marina Andreotti, o Ulrich See de La Mona Margoth, o la relación de Amanda Angulo con el mismo Vogel o de Marina Andreotti con su yerno después de que enviuda, le proporcionan al argumento un hilo narrativo que el lector sensible ante la belleza disfruta por interpretar realidades. Toda novela debe tener un atractivo: las escenas románticas. Oscar Seidel entiende que los personajes deben vivir momentos de pasión, que al lector le gustan esas escenas melifluas donde se expresan los sentimientos del alma, que el erotismo es un complemento que despierta interés por la narración siempre y cuando el escritor no caiga en lo ordinario. Y volar, volar, volar es, en este sentido, un libro de lenguaje precioso.

Marina Andreotti es el personaje femenino que más trasciende en esta novela. Es hija de un comerciante francés que llegó a Bahía Iluminada atraído por la cercanía del mar. Una mujer bella, sensual, de charla exquisita, que gusta de la lectura. Una apasionada por la obra de Gustave Flaubert. Tanto, que Madame Bobary es su libro de cabecera. Lo lee tanto que termina sufriendo el “Síndrome de Madame Bovary”, un mal que produce en la mujer un estado de insatisfacción en el campo afectivo. Ella sufre celos patológicos. Werner Vogel termina perdiéndole el amor, y le es infiel con Amanda Angulo, una hermosa mujer que llega a trabajar a su casa. Esto la lleva a enamorarse del esposo de su hija. Pero ella no es consciente de lo que hace porque sufre alzhéimer. Al final, se suicida tomando arsénico.

Oscar Seidel crea en Y volar, volar, volar ficciones tan bien logradas, que quien lee el libro piensa que el escritor está novelando sobre hechos reales. Las acciones se ven tan emotivas, que alcanza el efecto de una escena verdadera. Por ejemplo, cuando narra cómo Ulrich See se enamora de La Mona Margoth, una mujer despampanante que ejercía la prostitución en el burdel Las Aliadas, en Bahía de la Cruz, Panamá. Como era un hombre bien dotado, alto, fornido, de ojos azules y pelo rubio, al entrar una noche al burdel las mujeres se volvieron locas por él. Pero Ulrich solo tuvo ojos para La Mona Margoth. Desde ese día, no importándole que fuera una prostituta, se propuso hacerla su esposa. Lo logró después de que ella, también enamorada de él, vendió el prostíbulo que había heredado de su madre. Y la trajo a vivir a Bahía Iluminada, donde se convirtió en una dama respetable.

Esta novela que tiene como telón de fondo la Segunda Guerra Mundial está escrita en un estilo ágil, en una prosa limpia, sin arcaísmos, construida con adjetivos precisos, donde fluye un lenguaje fresco, que tiene aliento poético. La capacidad para imaginar escenas creíbles hace de Oscar Seidel un buen contador de historias. Esto se puede advertir en el final que tienen Werner Vogel y Ulrich See. El primero muere, con su amante, en un accidente aéreo. El segundo encuentra la muerte cuando, haciendo el papel de hombre bala en un circo, la fuerza con que fue lanzado lo hizo perderse en el aire. Mientras tanto, el nieto de Werner Vogel, Hans Peter, se vuela del hospital geriátrico donde lo tienen encerrado, y La Mona Margoth termina viviendo con el dueño del circo. Un buen final para una buena novela.