El Aquelarre
Sobre el final de un secuestro. Esta Brujita va a aprovechar que está sintiendo una cierta mejoría en su estado general, para redactar un Aquelarre que reviva, siquiera temporalmente, la columna que ha estado fallando sistemáticamente como consecuencia de sus problemas de salud.
Y vale la pena hacerlo ahora para celebrar la liberación de la Sargento Karina Ramírez, de sus dos hijitos pequeños (uno de ellos víctima del autismo) y de su querida mascota, secuestrados por el ELN cuando se dirigía en su automóvil particular a asumir la nueva posición que le fue asignada en Arauca por la comandancia de la policía.
Tuvo toda la razón el presidente Petro cuando, al referirse a este secuestro, expresó: «Hoy registramos con complacencia, aunque nunca debió haberse producido el hecho (frase resaltada por esta Bruja), la liberación de la sargento y sus hijos, que habían sido tomados por el ELN y finalmente liberados por esta agrupación armada». Es muy válida la complacencia del presidente, en la cual lo acompañamos todos, por la liberación de esta familia. Y lo es también su observación según la cual ese secuestro nunca había debido producirse. Es parte de la aterradora maldición que pesa sobre este pobre país sometido a todas las violencias. No sobra agregar, para tranquilidad de los animalistas, que el perrito también fue devuelto por los criminales autores del secuestro.
En cambio, la declaración del ministro de Defensa, en la que acusa a la suboficial de imprudente, es un total desatino. El ejército decidió trasladar a la sargento a Fortul, Arauca. La militar, en obediencia a una orden superior, viajó en su carro, con sus hijos y su mascota, pues, según dijo, no tenía medios económicos para costear por otra vía el viaje de toda la familia, Y porque también tenía que llevar el carro. ¿O debía dejarlo en Melgar? Uno no sabe si gestionó y no obtuvo algún sistema de seguridad para ese peligroso traslado o si no lo hizo. Me imagino que no, porque los militare simplemente deben obedecer las órdenes de sus superiores. Si un oficial del ejército ordena a una patrulla a atacar un objetivo militar, no pueda esta desobedecer la orden porque, digamos, se sepa que el objetivo está fuertemente armado. ¿Podría la patrulla negarse por prudencia a obedecer la orden recibida? Qué inaceptable teoría. Habría hecho muy bien el ministro en callar su opinión, en lugar de difundir una nueva doctrina militar según la cual las órdenes superiores en el ejército pueden dejar de cumplirse, en aras de la prudencia.
Centralismo bogotano. De todos es sabido que los productos de la Industria Licorera de Caldas son de calidad excelsa. Y que, entre ellos, se destaca el Aguardiente de Manzanares (que, a propósito, no se produce en Manzanares), como licor de gran prestigio.
Es sabido también que ese aguardiente amarillo se ha ganado un puesto de vanguardia en Bogotá y su región aledaña, y es preferido mayoritariamente sobre el caldo local de esa región, el Néctar de Cundinamarca.
Y aquí viene lo increíble. Incapaces los sabaneros de producir un mejor licor, o de promocionarlo más efectivamente, no han encontrado nada mejor para vencer la competencia del trago caldense que prohibir su venta en todo el territorio cundinamarqués, incluida la capital de la república. Difícil imaginarse una muestra más patética de competencia desleal, de falta de solidaridad, y de centralismo discriminatorio: si no podemos ganar en franca lid la aprobación de nuestros conciudadanos, dirán las autoridades de la capital, simplemente acudimos al poder dictatorial que les garantizan a los departamentos las normas sobre monopolio regional de las rentas de licores. Al menos eso fue lo que anunciaron en el Noticiero CM& del pasado 7 de julio. Sin que Caldas pueda pagar con la misma moneda, porque el consumo de aguardiente sabanero es tan mínimo en nuestro departamento que prohibirlo no tendría ningún efecto. No sobra agregar que la prohibición le causa a los ingresos de Caldas una disminución multimillonaria, recursos con los que ya se contaba, como ventas futuras válidamente esperables, resultado de años de esfuerzos por obtener la mejor calidad posible y campañas publicitarias sabiamente conducidas.
Racionalidad, por favor. Antonio Panesso Robledo fue una mente brillante: un intelectual antioqueño, periodista, investigador, filósofo, filólogo, dueño de un espíritu crítico y de una claridad lógica realmente admirables.
Mantenía una posición de rechazo a todo lo irracional: era un convencido de la necesidad de aplicar la lógica y el análisis científico a los hechos y a las creencias. Se burlaba, con toda razón, de la franja lunática, esa comunidad agorera que buscaba explicaciones sobrenaturales para todo: en duendes, en brujas, en patasolas y en gnomos.
Fue parte del equipo de “Los catedráticos informan”, que era un programa cultural que se transmitió durante 20 años, inicialmente por la emisora La Voz de Antioquia y luego por Caracol en cadena nacional. Una cátedra de divulgación de conocimientos en la que se hacía gala de un gran bagaje intelectual. Escribía también la sección «Temas de Nuestro Tiempo» para el diario El Espectador.
Pangloss, como firmaba sus escritos, debió revolcarse en su tumba en estos días, ante la escalada de esoterismo desatada por los indígenas de las selvas del Caquetá y del Guaviare. Créanlo ustedes o no, esta Bruja está de acuerdo con Panesso. No hay derecho a tanta falta de lógica. Según la nueva ciencia que se está imponiendo, los «espíritus» de la «madre selva» tenían en su poder a los pequeños indígenas extraviados. Y no los querían entregar, vaya usted a saber por qué. Cualquier teoría sirve lo mismo: para enredar más las cosas y para hacer más difícil que se llegue a saber qué fue lo que realmente ocurrió.
Esas teorías, que al fin y al cabo hacen parte de los supuestos saberes que siguen dominando las creencias de nuestros aborígenes en vías –lentas, por cierto– de culturización, resultan aceptables para ellos, dadas las circunstancias. Pero que tantos ambientalistas inteligentes, cultos, graduados universitarios incluso en instituciones de tan alta calidad académica como la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica, se allanen ingenuamente a aprobar esas teorías y las propaguen como válidas, deja mucho que desear, pues llegan a veces hasta a aceptar que, finalmente, esos espíritus pertenecientes a una mitología mandada a recoger hace siglos, se han resignado a aceptar generosamente, como compensación única por la entrega de los niños, el quedarse con el perrito Wilson y conservarlo con ellos. Bochica les premiará, seguramente, tanta magnanimidad.
El gobierno va a patrocinar la producción de un documental cinematográfico sobre la odisea de los pequeños. Sera, seguramente, una historia hermosa y conmovedora. Pero que seguramente va a ser aprovechada por los creyentes en magias –del presidente hacia abajo‒, para promover las creencias sobre la «pachamama» y demás agüeros ancestrales. Y a la ciencia, que se la lleve el diablo.
Políticas del ministerio de Minas. Con su vocecita de niña mimada, y con su carita de «yo no fui», doña Irene Vélez se mantiene en sus trece: pase lo que pase, sufra quien sufra, Colombia no va a contratar la exploración de petróleo o gas. Cada vez que la ministra encuentra una barranquita apropiada, se sube en ella para pronunciar un nuevo discurso con el mismo contenido. Colombia no producirá la contaminación ambiental que se generaría si la exploración tuviera éxito y condujera a la explotación de combustibles fósiles. Aunque esa contaminación sea mínima en el volumen global, nosotros no le daremos vía libre. Esta decisión no tiene en cuenta que la contaminación no se produce cuando se exploran o se extraen combustibles fósiles, sino cuando se queman. Y seguiremos quemándolos, así no provengan de nuestro subsuelo, así tengamos que importarlos de Venezuela o de la Cochinchina (Ojo: no es Conchinchina como dicen muchos: sobra la primera ene). No importa que ello signifique sacrificar la importante inversión extranjera que nos aporta la industria petrolera, y que nos es tan necesaria, y que, además tengamos que gastar en combustible importado las escasas divisas con que contamos, en lugar de continuar recibiéndolas a cambio de nuestras propias exportaciones.
Por otra parte, el gobierno continúa subiendo el precio de la gasolina en el país. No importa que esas continuas alzas sean un golpe para el bolsillo de los colombianos. Aunque hay notables economistas que sostienen que el déficit del fondo de estabilización de precios de los combustibles, que es la disculpa para continuar subiendo ese precio, es un déficit inventado, que solo existe por haberse creado dicho fondo de manera artificial. No siendo economistas, no sabemos quién tiene la razón. Pero sí valdría la pena que el presidente creara una comisión que analice el problema. Lo cierto es que el aumento continuo del combustible agrede principalmente a las clases populares: al ciudadano que ha logrado paliar un poco el costo del transporte diario por haber comprado una motocicleta cuando el precio de la gasolina era accesible, y se ve ahora entrampado en ese costo en continuo aumento, y no al dueño de un automóvil de alta gama para quien la gasolina de su BMW es un gasto de bolsillo. Al taxista cuyos costos aumentan mes a mes sin que ocurra lo mismo con sus ingresos. Y también a quienes saben que tarde o temprano se les subirá el valor del transporte público, o el precio de los alimentos, cuando finalmente se cumpla la amenaza, ya anunciada como segura para un futuro cercano, de aumentos en el valor del ACPM, vale decir, del transporte de carga, que incluye el de todos los componentes de la canasta familiar.
