21 de septiembre de 2021
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Jaramillo Meza y Blanca Isaza: Una historia de amor/ Jorge E. Sierra

12 de septiembre de 2021
Juan Bautista Jaramillo Meza y doña Blanca

 Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

De mi próximo libro en Amazon: “Crónicas de vida en tiempos de guerra”, publicamos hoy la semblanza del escritor Juan Bautista Jaramillo Meza (1892-1978) y su esposa, la poetisa Blanca Isaza (1898-1967), cuya historia de amor aún se recuerda en Manizales, ciudad de la que fueron hijos adoptivos y recibieron máximos honores por sus obras literarias.

Cabe anotar que Jaramillo Meza fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua (institución que este celebra el sesquicentenario de su fundación), mientras de doña Blanca se cumplirá mañana, 13 de septiembre, un aniversario más de su fallecimiento.

Un ambiente intelectual

Su bisabuelo fue fundador de Jericó, en Antioquia; su abuelo, destacado poeta, y su padre, notable orador.

Juan Bautista Jaramillo Meza -cuyo nombre solía simplificarse en sus letras iniciales: J.B.- nació, por consiguiente, en un ambiente provinciano pero refinado, estrecho y primitivo pero abierto al mundo a través de los libros y las ideas, lo que influyó para despertarse, a temprana edad, su vocación literaria.

Así, mientras se iban afirmando tanto su profunda inclinación religiosa como la antioqueñidad y el culto a la nobleza (de espíritu, sobre todo), brillaban con luz propia sus inquietudes intelectuales y, cuando menos pensó, cursaba el bachillerato en Filosofía y Letras del Colegio San Ignacio -o sea, jesuita- en Medellín.

Desde muy joven empezó a escribir. Quería ser como su padre, como su abuelo y como su bisabuelo, decidido ya a dedicarse, por completo, al fascinante universo de las letras, el mismo que con el tiempo lo llevaría a la Academia Colombiana de la Lengua en su condición de Miembro Correspondiente.

Ahora bien, siendo aún adolescente, en 1914, cuando en Europa estallaba la Primera Guerra Mundial, recibió una modesta herencia que, en lugar de derrocharla en fiestas y lujos o empezar una brillante carrera en los negocios, la usó para irse a recorrer el mundo, comenzando por países vecinos, cercanos, de habla hispana.

Viajó a Centroamérica; trabajó un tiempo en Costa Rica, como periodista en el diario La Prensa Libre, y luego pasó a Cuba, donde recorrió una de las etapas más significativas de su larga vida intelectual.

Encuentro en La Habana

J.B. tenía 23 años. La Habana era centro de reunión de muchos escritores latinoamericanos, por lo cual allá se vivía en función de tertulias, conferencias, conciertos, arte y poesía.

Fue entonces cuando conoció a Miguel Ángel Osorio, el famoso Porfirio Barba Jacob, quien ejercía también el oficio periodístico, aunque dentro de su particular forma de vida: desorden, bohemia, aventura, escándalo…

Como poeta maldito, Barba Jacob estaba hospedado en un hotel de mala muerte, entregado al vicio en medio de la pobreza absoluta, si bien sorprendía a sus pocos amigos con el extraordinario don de buen conversador, cuando no por su desbocado espíritu dionisíaco.

Jaramillo Meza, quien era ferviente admirador de su obra, le visitó y, al poco tiempo, nació entre ellos, gracias al hecho de ser compatriotas y hombres de letras, una entrañable amistad que perduró durante casi tres décadas, hasta la muerte, en 1942, del autor de la Canción de la vida profunda.

Recordemos, a propósito, lo sucedido: Jaramillo Meza, que disponía de una cómoda fortuna al servicio de la literatura, le tendió la mano a su amigo, consiguiéndole, en principio, un hotel de mejor categoría, con resultados asombrosos: fue entonces cuando Barba Jacob escribió sus mejores poemas en opinión no sólo suya sino de los expertos en el tema.

Juan Bautista, entretanto, publicó ahí, en Cuba, su primer libro de versos: Bronce Latino.

Testamentario de Barba Jacob

De hecho, los mundos de ambos poetas eran diferentes, acaso irreconciliables: mientras Porfirio era demoníaco, bohemio, descuidado, J.B. era pulcro tanto en lo físico como en lo intelectual, y si aquel iba más allá de Darío, éste era modernista con marcada influencia romántica.

Porfirio Barba Jacob

A lo mejor por eso, se entendieron. Es posible que Barba hallaba cuanto le faltaba: orden, método, actividad y paciencia, en Jaramillo Meza, quien aprendía, a su vez, la experiencia, la tragedia, la palabra desgarrada y la pasión enfermiza por la vida, de este amigo del alma.

Ello explica, sin duda, que cuando Porfirio estuvo en Manizales se hospedó en la residencia de J.B., donde presidió una histórica velada literaria que durante muchos años fue de continua y grata recordación.

En 1941, un año antes de morir, Barba Jacob le escribió una carta a Jaramillo Meza, en la cual le dijo: “Quiero que tú, que me has querido de verdad y admirado mis versos, y que, además, eres hombre de orden y de acción, seas el testamentario de mi poesía en Colombia”.

La responsabilidad era, pues, indeclinable y difícil. Desde ese momento, la asumió a cabalidad. Tanto que del cabal cumplimiento de su misión surgió, con el paso del tiempo, su libro Vida de Porfirio Barba Jacob, al tiempo que divulgaba numerosos textos, cartas y recuerdos del poeta, si bien gran parte de su correspondencia permaneció inédita.

Blanca en el corazón de Flórez

Blanca Isaza, por su parte, nació en Abejorral, otro municipio antioqueño. Siendo niña, su numerosa familia se trasladó a Santa Rosa de Cabal (Risaralda), donde su padre, próspero abogado, ejerció su actividad profesional con relativo éxito.

Blanca Isaza de Jaramillo Meza

Desde temprana edad, la jovencita sobresalió por su belleza e inteligencia, condiciones que atraían, como era de esperarse, a varios pretendientes, entre los cuales se contaban nada menos que los poetas Aurelio Martínez Mutis (1884-1954) y Julio Flórez (1867-1923), quien llegó a proponerle matrimonio.

En efecto, el popular vate la había conocido en una de sus giras; la siguió visitando en Santa Rosa, y en cada viaje rogaba a sus padres que le concedieran la mano de tan hermosa hija, a quien cantaba en rítmicos sonetos.

Pero, Flórez era un hombre viejo, siendo Blanca apenas una niña. Para colmo de males, él tenía compromisos sentimentales de por medio, alguno de dudosa ortografía, con hijos a cuestas. El romance, por ende, se frustró, más aún cuando ella le dijo, con sinceridad, que no le amaba.

El amor a la poesía

Blanca, en realidad, estaba enamorada de la poesía, viéndose obligada, con pasión, a escribir versos. Y un buen día, poco después de haber salido con su padre a dar un paseo por las orillas del río San Eugenio, dio rienda suelta a su inspiración: escribió “El Río”, su primer poema, de gran lirismo y naturalidad, como tantos que vendrían después.

“Yo escribí estos versos, pero no tengo la culpa”, declaró. “Y sin culpa -explicaría más tarde a sus hijos-, seguí escribiendo toda la vida”.

Su padre, que algo sabía de cuestiones literarias, reconoció desde un comienzo su enorme talento y, aprovechando sus contactos, logró que “El Río” apareciera en las páginas de El Renacimiento, periódico publicado en Manizales, capital del departamento de Caldas (el Viejo Caldas, del que se desprendieron Quindío y Risaralda).

En tales circunstancias, el éxito literario de Blanca fue rotundo. Se convirtió en la poetisa del pueblo, en la adolescente inspirada, en la niña prodigio, imagen que resaltaba aún más por sus presuntos romances con Martínez Mutis y Julio Flórez, quienes aplaudían, con entusiasmo, sus nuevos versos.

“¡A este poeta, yo lo pesco!”

Jaramillo Meza regresó de su viaje por Centroamérica. Tenía a su haber un libro de poemas publicado, decenas de prestigiosos amigos intelectuales, era colaborador de importantes periódicos, recibía cálidos elogios por su obra literaria y, como si fuera poco, en los Juegos Florales de Jericó obtuvo el primer premio de poesía, recibiendo un sentido homenaje de todo el pueblo, en solemne acto al que asistieron reconocidos políticos y escritores antioqueños.

Pero un hecho, al parecer sin mayor importancia, le cambió la vida: desde Manizales, alguien le envió un ejemplar de El Renacimiento, recomendándole que leyera un poema aparecido ahí: “El Río”, escrito por Blanca Isaza.

Lo entusiasmaron aquellos versos. Consiguió, sabrá Dios cómo, la dirección de su autora en Santa Rosa de Cabal y le envió una carta para expresarle su admiración, ofrecerle su amistad y adjuntarle, como su mejor carta de presentación, un ejemplar de Bronce Latino, esperando, ansioso, su respuesta.

Al abrir las páginas de ese libro, Blanca se encontró de paso con la imagen de Juan Bautista, cuya buena pinta no pudo menos que sorprenderla gratamente. Llamó a su padre, le mostró el envío de Jericó, señaló la foto y le dijo, con inocencia juguetona: “Mire, papá: ¡A este poeta, yo lo pesco!”

Ni manera de pensar entonces que estas palabras habrían de cumplirse al pie de la letra, más aún cuando la correspondencia que siguió en los días siguientes era sólo literaria, impersonal, muy seria, como era apenas natural entre dos desconocidos.

“Unión del águila y la alondra”

Blanca terminó convirtiendo a Juan Bautista en su confesor sentimental; algo necesario para ella, una joven idealista cuyos versos sólo hablaban de amores y de sueños. Así las cosas, en poco tiempo las cartas que se cruzaban cambiaron de tono.

Ella le hablaba, sí, de Flórez y Martínez Mutis, de su soledad interior y la infinita capacidad de amar que poseía, mientras él, con su cabal comprensión, procuraba ayudarla, llevándola al cauce de su sensibilidad, de su armonía latente.

Hasta que sucedió lo inevitable: ¡se enamoraron por correspondencia!

Su noviazgo, además, era tema obligado en círculos sociales e intelectuales. No faltaba sino que se conocieran personalmente, como es obvio. Y la ocasión llegó: en Manizales, donde Blanca se había trasladado a vivir con sus padres, amigos comunes organizaron el encuentro, dentro de la mayor expectativa.

Todo ocurrió durante un homenaje de la ciudad a Cervantes, en el cual se hizo el lanzamiento oficial de Blanca Isaza como escritora.

Corría el año de 1916. Juan Bautista vino de Jericó, a caballo, en compañía de jóvenes escritores antioqueños; Blanca salió a recibirle, también a caballo, con su propia comitiva.

En El Arenillo se vieron por primera vez; allí mismo se declararon su amor, en medio de aplausos, y juntos hicieron su entrada a la capital caldense, con el regocijo absoluto de quienes les seguían.

A los pocos días, ambos hicieron el anuncio, tan esperado, sobre la celebración de su matrimonio, al que llegó un mensaje del maestro Guillermo Valencia para la feliz pareja: “¡Cuán grato es ver sellar el vínculo entre el águila y la alondra, de cuyos amores habrá de salir el glorioso canto del futuro!”.

Pobreza absoluta

Jaramillo Meza vendió la última parte de la finca que le quedaba y se trasladó definitivamente a Manizales para residir allí con su amada esposa.

Su matrimonio fue modelo en Colombia y el resto de América Latina, sobre todo entre los círculos literarios, y en su casa tenían lugar las que eran consideradas mejores tertulias manizaleñas, donde participaban famosos escritores nacionales y extranjeros, con quienes mantenían correspondencia.

A pesar de esto, vivían en medio de la pobreza. Sí, publicaban en revistas y periódicos, gozaban de alto prestigio, cosechaban múltiples éxitos y sus libros circulaban por doquier, pero padecían terribles necesidades económicas, afrontadas con resignación cristiana.

Tal situación mejoró cuando J.B. lanzó el periódico Gaceta de Occidente para apoyar la candidatura presidencial de Enrique Olaya Herrera, cuyo mandato, a partir de 1930, puso fin a la prolongada Hegemonía Conservadora de casi medio siglo.

El bienestar fue pasajero, casi imperceptible. Era tan grave la situación que su madre -contaba Aída, la hija, a quien entrevistamos para este informe- no podía ir en ocasiones a misa porque su único par de zapatos se hallaba en mal estado o porque simplemente no tenía el manto de rigor.

Había quienes, no obstante, se negaban a creer que eso fuera cierto. “Si son tan famosos -comentaban a hurtadillas- es porque tienen dinero”, supuesto basado, a lo mejor, en el porte distinguido de don Juan Bautista y el respeto que inspiraba doña Blanca, además de sus óptimas relaciones sociales.

La vida en común

Ella era una estricta y paciente ama de casa, que realizaba sus labores domésticas con alegría y sencillez.

Su inspiración era innata y le llegaba en cualquier momento. Si estaba cosiendo, por ejemplo, escribía sus versos en la primera página en blanco que tuviera a mano, sin la menor corrección ni importarle el ruido que hubiera a su alrededor.

Él, en cambio, se encerraba en su estudio, no sin antes reclamar silencio absoluto, para ordenar sus documentos, responder las cartas recibidas y pasar a limpio sus escritos y los de su esposa.

Solían debatir, con amabilidad, sobre una palabra o un verso, y en las noches, a la hora de acostarse, leían poemas y cuentos infantiles a sus hijos, reunidos en torno suyo.

Coronación y adiós a Blanca

En 1951, Jaramillo Meza fue coronado Poeta de Antioquia, ceremonia que luego se repitió para ambos, como Poetas de Manizales, en la celebración del centenario de “La ciudad de las puertas abiertas”, donde antes, en 1949, doña Blanca recibió un homenaje por su acción social en la fundación Santa Ana al servicio de los enfermos, como si presintiera que luego estaría en tan penosa situación.

En realidad, la muerte le llegó a ella sin previo aviso, cuando preparaba el postre para una cena especial. Un fulminante ataque cardíaco -¡al corazón, símbolo del amor para los románticos!- la llevó a la tumba el 13 de septiembre de 1967.

Diez años después, el 15 de abril de 1978, la parca se le presentó, por fin, a don Juan Bautista, quien padeció una agonía dolorosa, sólo superada -cabe suponer- por su fe en la vida eterna al lado de Blanca.

(*) Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua