El amor que nos profesamos y la mentira que enfrentamos
Tribuna universitaria
Por: David Guillermo Patiño Serna
Buenas o malas, sutiles o toscas, frívolas o reservadas, inocentes o cándidas… las mentiras tienen multiplicidad de formas y presentaciones, algunas de ellas a pesar de su entramado retorcido ofrecen en algún momento una leve sonrisa. Por el contrario, existen otras que a pesar de ser aparentemente nobles desatan ira incontenible en quien las debe padecer.
El amor y la mentira en ocasiones se confabulan para recrear momentos amenos al ser humano, pero resulta incontenible el fatal desenlace de esa peligrosa dupla, pues a la par que el amor va creciendo también va creciendo la mentira, como si entre ellos se disputaran una posición final predominante.
El amor trata de seducir a la mentira, la adorna con besos y caricias con la ambición sacrílega de reducirla a una fútil mojiganga. Pero ella es renuente y aparentemente se doblega ente sus maniobras para engañarlo y aminorar los males que se juntan en la penumbra gris del futuro.
Esta es la suerte de los amores prohibidos, aquellos que por más puros y sinceros no pueden tener cabida en el mundo. Los amores que deben quedar resumidos en las sombras de la plenitud que ofrecen los instantes a escondidas.
La mentira se puede controlar, no es fácil, pero con esfuerzos supra humanos es posible lograr morigerarla, manipularla y moldearla a las situaciones particulares que se presenten en el camino. El amor es imposible de dominar, no se puede saber a ciencia cierta su evolución, es imposible cuantificar sus efectos para decir si se ha amado más o menos en determinados interregnos de tiempo. Simplemente se ama, simplemente se adora la posibilidad de sentir emociones, simplemente se aquilatan los efectos de saber lo que se siente ser querido por alguien.
Hay mentiras que ilusionan y otras que destrozan, ambas son necesarias para saber lo que es vivir. De una buena mentira se puede desprender un sufrimiento incalculable, de una mala mentira se consiguen sublimes erosiones de placer y alegría.
Los amantes se sumergen en una aventura prohibida por el cielo y la tierra, juntos crean la gran mentira de la felicidad, aunque en ocasiones las circunstancias se acomodan de tal manera que parece ser verdad, al final del día todo pierde los efectos de la fantasía y se vuelve a tornar oscuro. Pues a pesar de estar juntos no se tienen, a pesar de compartir días enteros no obtienen el beneplácito para su amorío. Escuetamente quedan supeditados a la mentira venidera para poder reunir sus existencias, ya que el sol, la luna, el aire y la lluvia como sus únicos testigos los incitan de nuevo a crear otro pretexto para estar cerca.
El amor puede continuar su rumbo avasallando todo lo que se trasponga en el sendero, iguales efectos tiene la mentira, pues acaba sin brío con todos los obstáculos que impidan su amplio despliegue.
Sin embargo, la vida necesita una pizca de mentira y otro tanto de amor, y quien en principio acepta esas condiciones de la vida, a la postre no puede desentenderse de su responsabilidad, pues ineludiblemente el resultado será el sufrimiento y el dolor. Estos efectos se aceptan o se niegan; se aceptan si lo vivido valió la pena y se niegan si la experiencia traumó en el trastoque del corazón. En fin, de la forma en que se abarque este contexto se determina la felicidad del ser humano.
Que mentira tan inmarcesible es decir que se adora cuando no es posible, qué amor tan eterno se necesita para creer esa mentira, qué sinceridad yace en los sentimientos de quienes desafían el amor y la mentira a sabiendas de lo insostenible de la vida en esas circunstancias.