Ella y él en la utopía del apego
TRIBUNA UNIVERSITARIA
Por: David Guillermo Patiño Serna
Son abundantes las pasiones colosales que se hacen presentes en el devenir de la vida. No es fácil despertar la parte irascible que cada uno de nosotros lleva en sus entrañas, más aún cuando se es parco e impertérrito. Pese a ello, tarde que temprano llega el momento de seducir el alma en el cortijo intrépido de la existencia mundana.
Pues bien, es así como brota desde la multitud cotidiana un ser que rompe los estereotipos tradicionales, algo distinto a lo visto comúnmente que cautiva la atención de cualquier hombre inquieto y rebosante de curiosidad. En pocas palabras, surgió ella como un ser de luz tocado por las sutiles manos del todopoderoso.
Él está deseoso de conquistar hasta el más recóndito de los recodos de su humanidad, pues ella posee una gracia que solo se compara con la maravilla de la eternidad. Al igual que los antiguos griegos, en ella se encuentra un equilibrio prudente entre el cuerpo y el espíritu, lo que la armoniza con la perfección del cosmos.
Ella entre su recelo y misantropía devela un leve gusto por compartir unos cuantos minutos del reloj con él, y al mismo tiempo que se consume un cigarrillo se suscita una conversación interesante que logra captar la atención de la bella fémina. En el intercambio de frases él descubre un vestigio de atracción del cual seguramente algo ha de aflorar en el porvenir.
Fueron muchos los encuentros inocentes, copiosas las conversaciones, los temas se intensificaban y cada vez ella y él estaban más cerca a la verdad oculta que entre sollozos exigía relucir. Hasta que por fin, entre la más informal y desordenada tertulia se confesaron mutuamente los sentimientos oprimidos por la razón.
Él no podía permitir que muriera lo que aún no había nacido. Decidido a enfrentar un ramillete de reacciones echa mano a un elemento certero para dialogar nuevamente con ella, de esta forma las líneas de un viejo libro fueron las que desencadenaron una aventura apoteósica entre esos dos seres. Todas las cartas fueron puestas sobre la mesa, poco o nada quedaba oculto entre estos dos misteriosos retadores de lo incierto.
Pronto llego el momento de la consumación de tantas noches de plática. Entre besos, apretones, mordidas y transpiración, ella y él querían dejar de vivir en dos cuerpos distintos para fundirse en tan solo uno. Las pocas dudas que persistían en la extraña relación se aclararon con el vaivén de sus caderas. El reloj se movía al ritmo de los amantes y pronto se impuso sin vacilaciones la hora de la despedida. Él, después de besarle hasta el alma, acata los apuntamientos del tiempo y le permite a ella liberarse de sus aprisionadores brazos.
Ella entre turbaciones morales se daba golpes de pecho por su actuar, pues ante la sociedad no era bien visto que dos seres se expresaran su afecto bajo las circunstancias que los arropaban. Él, libre de moralismos, rayando con el cinismo y la incoherencia, trata de aliviar los sinsabores de su compañera atribuyéndole la culpa a lo inexistente.
Avanzan los sentimientos de los apasionados, empiezan a suceder cosas anómalas como las miradas que incitan al pecado y las palabras que coadyuvan esa solemne convocatoria. Ella con sus labios inquietos y el bailar seductor de sus ojos anula en él cualquier remanente de cordura.
No es amor lo que ellos sienten, tal vez puede ser atracción pero tampoco esto los define plenamente. ¿Qué es entonces? ¿Cómo se puede describir? ¿Por qué no saben lo que les sucede?… él piensa que es el éxtasis de lo prohibido, el camino de la intriga y la incertidumbre que los envuelve hasta sofocarlos. Ella prefiere no especular y terminar la discusión con el cierre momentáneo de sus luceros y un leve sacudir de cabeza.