Sin Barco, La Dorada se estancó
¡La altura de un busto!
Por: John Sajje
Sigmund Neuberger. Fue El Gran Lafayette. Se preguntarán ¿y ese quién es? Diría que uno de los más grandes ilusionistas de su tiempo, y seguramente de toda la historia. Houdini, el más famoso en nuestros días de toda aquella tropa de magos e ilusionistas, era amigo de El Gran Lafayatte, y como sello de esa amistad le regaló una perrita, la cual hizo su mejor amiga. Incluso cuando murió la perrita, que se llamaba Beauty, él quiso enterrarla en un cementerio de Edimburgo, pero le dijeron que era tierra sagrada y que no era posible. Compró entonces una tumba, en aquel cementerio, para ser enterrado él mismo cuando llegara su momento y, con ese compromiso y hasta entonces, le dejaron enterrar allí a Beauty.
El 9 de mayo de 1911, durante una de sus funciones, estando en escena con un león, se produjo un fuego en las cortinas del escenario. Aunque el desalojo del local se hizo con cierto orden y calma, Lafayette luchó por poner a salvo algunas de sus cosas, entre ellas, un precioso caballo que usaba en sus números. En su contra estaba que, por contrato y para dar más valor a sus números, no se permitía que nadie estuviera en el escenario junto a él y además se aseguraban de que todas las puertas de acceso al escenario estuvieran cerradas con llave. Aquello fue una condena. Tras el incendio, Lafayatte no fue encontrado con vida y sí se encontró un cuerpo en el escenario, que fue identificado como el del ilusionista. Enviaron el cuerpo a Glasgow para que fuera incinerado, ya que en Edimburgo no había ese servicio, con la idea de retornar sus cenizas y sepultarlas junto a su perra, Beauty.
Aún está fresco en la memoria, la forma como el cuerpo de aquel hombre fue sacado a empellones en una furgoneta militar. ¡Quienes le velaban se rindieron ante la bayoneta! Mientras ellos solo estaban armados de sorpresa. Lo único que importó, de aquel hombre, fue su inconmensurable fortuna y no falta quien diga que, mientras él sufría del síndrome de Diógenes, La Dorada padecía el suyo propio como el de la rana hervida. En algún lugar, algunos, se frotaban las manos, mientras ¡se jugaban a los dados sus vestiduras y a las cuentas de la lechera, sus electores!
El yepobarquismo fue un lugar común para denostar de la política. La palabreja la hicieron estigma de traición, cobardía y engaño, justamente los que se enriquecieron en sus orillas. Era la letra escarlata de los azúcenos, desde que decidieron “matar moscas a cañonazos.
Renán Barco, jugó a ser Perón, de la mano del MRL de López Michelsen, mientras practicaba el solipsismo. Entendió como nadie la política de estómago y refrendó el paternalismo como una forma de entender la cultura ribereña. Era macarrónico y proverbial, amigo del gracejo y del refrán. Garante de la palabra y economista del régimen. Supo, como ninguno sentarse en la vereda, con paciencia, a ver pasar el cadáver del enemigo. Barco era un ser solitario que hizo de “cigarrillo” la fidelidad del sirviente, a quien, como el mendigo ingrato, le mordió la mano.
Lo que es y lo que no es La Dorada, se le debe a Víctor Renán Barco. Generó odios, amores y dolores. Dirigió a dedo hasta las aguas del rio grande de la Magdalena. Todos en La Dorada, menos él, era barquista. Todos se rindieron a su labia y racanería. Barco tenía visión, seducción y alma de pueblo y los doradenses, más que adoptarlo, lo hicieron su padre putativo.
Muchos lo señalaron. Le enrostraron y denostaron a más no poder. Pero hoy todos saben que de esos políticos de palabra, como Barco o Yepes, ya no hay. Y eso es lo que duele! Sin Barco, La Dorada se estancó. Hizo líderes de pies de barro que tratando de emular grandeza, se convirtieron en corsarios.
Los trabajos sobre restos del teatro donde murió El Gran Lafayette, avanzaron. Se encontró entonces un nuevo cuerpo, bajo lo que había sido el escenario. Por las joyas de las manos y algún elemento más, se dieron cuenta de que aquel era realmente El Gran Lafayette, y no el cuerpo que habían enviado a incinerar. Seguramente el primero se trataba de algún doble que usaba en alguno de los números.
Este sábado, en el aniversario de los 94 años de La Dorada, Víctor Renán Barco, resurgió de las cenizas, en las cuales dejaron su movimiento y un busto custodia el Concejo de la ciudad.
Finalmente El Gran Lafayette, el ilusionista que engañó a todos, y sin querer, tras su propia muerte, fue enterrado; sus cenizas, junto a su perra, en Edimburgo. Barco, de la idea del ciudadano José Idaly Salazar, volvió cincelado en bronce
A propósito, ¿cree usted que Barco, al igual que El Gran Lafayette, también fue un ilusionista que murió bajo el peso de su propia obra?