13 de junio de 2026

El poder popular

24 de enero de 2017
Por Octavio Quintero
Por Octavio Quintero
24 de enero de 2017

Octavio Quintero

“El pueblo es superior a sus dirigentes”, grita Gaitán desde nuestros bolsillos a toda hora. Miren el billete de mil pesos que, como valor dinerario, ya no alcanza ni para pagar una gaseosa o el pasaje de bus. Pero, como símbolo del supremo poder democrático –el pueblo–, valdría la pena sacarlo todos los días, leer la inmortal frase y guardarlo nuevamente, no sin antes meditar en algo como esto:

“¿Hola, verdad: si yo, parte del pueblo, soy superior a los dirigentes que tenemos, por qué diablos tengo que soportar esta caterva de mediocres los unos y ladrones los más que nos gobierna?

No solo Gaitán era un pueblo. Todos, como en el misterio de la Santísima Trinidad, somos individualmente personas distintas y socialmente un solo pueblo verdadero que, como reza la frase del billete de mil, es superior a sus dirigentes, así estos dirigentes sean los mejores del mundo, somos superiores en todo, y lo sabemos por los viejos dichos: “La unión hace la fuerza”, “dos cabezas piensan mejor que una”, “dos ojos ven mejor que uno”; o este último que resuena en toda protesta o manifestación pública: “El pueblo, unido, jamás será vencido”.

Resulta complejo discernir por qué somos tan pendejos de dejarnos manosear por unos dirigentes mediocres y ladrones como los que gobiernan a Colombia. No solo lo vemos y palpamos en la realidad de nuestra vida cotidiana, sino que nos los están diciendo hace muchos años en diversas formas, desde Gaitán, 70 años atrás –y más atrás—hasta populares músicos como Garzón y Collazos: “Ahí están, esos son, los que venden la nación”; o respetables senadores como Robledo y Claudia López en este 2017: “los congresistas compran los votos para hacerse elegir, y el Presidente compra a los congresistas para gobernar en favor de la clase dominante”.

Es difícil admitir que nuestra alienación haya llegado al extremo de que nos hayan puesto a decidir voluntariamente en contra de nuestros propios intereses. Sería inconcebible… Pero está ocurriendo, y tampoco tengo una explicación de por qué ocurre.

¿Qué compran los votos? Nada más fácil que engañar a un político recibiéndole la coima y votando por otro, si este fuera el caso y se pudiera justificar moralmente eso de que “ladrón que roba a ladrón…”. Por audaz, ladino o vil que sea el engaño, no podría superar nunca el poder popular, el día que el pueblo se lo propusiera.

Yo conocí el caso en el municipio de Tocancipá, Cundinamarca, en donde, tras el resultado sorpresivo de una elección de alcalde la gente salió con este estribillo al día siguiente: “nos lo bebimos, nos lo comimos, nos lo bailamos y no le votamos”.

¡No señor! Hagan el ejercicio metal de sacar todos los días ese billetico de 1.000 de la billetera y decir con Gaitán: “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”, y si les parece que no es así, discutan con él la siguiente frase: “El pueblo es superior a sus dirigentes”. Si todos hiciéramos este ejercicio llegaría rápidamente el momento en que podríamos echar de la casa de todos a estos fariseos, mediocres y ladrones.

Fin de folio.- De grano en grano llena la gallina el buche. De uno en uno, llenamos las urnas electorales en favor de mejores dirigentes o en contra de todos (voto en blanco), si es que, como en el caso de Sodoma y Gomorra, ya no tenemos ni un honrado de muestra.