Un recorrido por la Academia de la Lengua

Sede de la Academia Colombiana de la Lengua

 Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

Ahí, en pleno centro de Bogotá, se levanta el enorme, soberbio e imponente edificio de la Academia Colombiana de la Lengua, que es fiel copia -óigase bien- de su similar y modelo en Madrid, sede de la Real Academia Española (RAE), cerca al Museo del Prado.

Es obra de un arquitecto español, Alfredo Rodríguez Orgaz; fue construido hace apenas más de medio siglo, en 1960, y su estilo clásico contrasta ahora con las modernas edificaciones que la rodean, aunque sea en verdad una puerta de entrada al hermoso barrio colonial de La Candelaria, donde los fantasmas de virreyes, condes y marquesas aún se pasean durante las gélidas noches santafereñas.

Su ubicación es estratégica: sobre el Eje Ambiental de la tradicional Avenida Jiménez, bautizada así en memoria del fundador de la ciudad, Gonzalo Jiménez de Quesada; a pocos metros de la calle 19, que parte en dos la zona céntrica, y frente al Parque de los Periodistas que en los días domingos y festivos suele convertirse milagrosamente en Mercado de las pulgas.

Más aún, la Quinta de Bolívar, residencia de El Libertador durante 423 días, que fuera escenario de hechos históricos como el simbólico fusilamiento del general Santander tras el atentado de la terrible noche septembrina, está a pocas cuadras, al empezar el ascenso hacia el tutelar cerro de Monserrate.

La imagen de la Academia nunca podrá borrarse de su mente después de verla por primera vez.

Academia Colombiana

Miguel Antonio Caro

Si bien la calle en que se encuentra es plana, igual que la mayor parte de las vías en la extensa sabana por donde se riega la urbe, la Academia parece alzarse en un montículo, sobre un pequeño cerro, gracias a la puerta enorme, gigantesca, de hierro forjado, y, en especial, a las escalas de piedra que suben hasta la entrada principal del edificio, cuyo frontis resalta sobre todo por las cuatro empinadas columnas que lo sostienen.

La simple visión, que hoy cualquiera puede disfrutar por internet desde su computador personal, inspira admiración, respeto, como si fuera un templo. Y claro que lo es: un templo de la sabiduría, como lo fue en su momento la primera academia en el mundo, fundada por Platón en Atenas al sentar las bases de la filosofía occidental, guiado por Sócrates, su maestro.

“Academia Colombiana” se lee arriba, identificando su nombre. No dice, por ningún lado, que sea “de la Lengua”, ni por tanto qué tipo de academia es, entre las numerosas que hay en el país. Pero, tampoco es necesario hacerlo. Al fin y al cabo solo puede llamarse así, como sucede con la Academia Francesa (cuyos miembros son conocidos como “Los inmortales”) y la citada Real Academia Española, nada menos.

Se trata, pues, de la academia por excelencia, la de nuestro lenguaje o idioma, máxima expresión cultural que se considera -en palabras de Eduardo Guzmán Esponda- “parte integrante de la nacionalidad y prodigioso elemento de cohesión espiritual y material entre las gentes”.

En definitiva, ¡la Academia Colombiana no puede ser sino nuestra Academia Colombiana de la Lengua!

Pero, sigamos: subiendo la escalera, como dándonos la bienvenida, sobresale la estatua de Miguel Antonio Caro, cuyo autor, el escultor francés Charles Henri Pourquet lo muestra sentado, con la mirada en alto, de corbatín, chaleco y abrigo, es decir, con la típica estampa de un elegante señor de la vieja Santa Fe, a quien fácilmente se podría confundir con un noble español, del más rancio abolengo.

De hecho, el personaje en cuestión es noble en grado sumo: hijo de José Eusebio Caro, fundador del Partido Conservador; Presidente de la República en tiempos de la Regeneración de Núñez, cuando redactó la Constitución de 1886 que rigió a nuestro país hasta 1991, o sea, durante más de un siglo, y, como si fuera poco, era poeta, uno de cuyos versos todos los colombianos aprendimos en la escuela: “Patria: Te adoro en mi silencio, mudo…” (no “silencio mudo” que repiten sus críticos para hacerlo objeto de burlas).

La silla en que reposa tiene patas de toro, como signo de su fortaleza espiritual, la misma que se revela en los libros regados por todas partes, que lo rodean y casi lo ahogan, mientras él lleva en su mano derecha, cerrada, un rollo de pergaminos que contienen -cabe suponer- sagradas normas constitucionales, fundamento de nuestro sistema democrático.

Caro fue uno de los fundadores de la Academia Colombiana, cuyas primeras sesiones se desarrollaron en su propia casa, como a lo mejor tenía que ser en reconocimiento a este gran cultor de la lengua castellana, quien fuera exaltado, a su vez, por el Instituto Caro y Cuervo, organismo creado en honor suyo y de Rufino José Cuervo, otro miembro fundador de la Academia.

Padre Félix Restrepo

Paseo por el jardín

No entre todavía. Deténgase frente a la puerta principal y vea a su derecha, sobre la pared, un enorme escudo nacional (firmado de nuevo por Pourquet) que deja constancia del espíritu patriótico de la corporación, en el cual tanto ha insistido su actual director, Jaime Posada, a quien alguien exaltó en su biografía por “El poder de las ideas”.

Mire a su alrededor. Mejor todavía, dé un paseo por el jardín que rodea al edificio, donde usted logra olvidar en su recorrido que está en pleno centro de Bogotá; que los autos, buses y motos cruzan raudos, ruidosos, por las vías cercanas, y que también nosotros avanzamos con celeridad por el siglo XXI, en una época de cambios constantes, a velocidades increíbles.

Aquí, por el contrario, es como si el tiempo no pasara. Entre palmas y pinos elevados, que simulan un pequeño bosque, y el rosal que nunca falta, más las hortensias y una que otra planta nativa de la sabana, la naturaleza deja sentir su aroma y su magia, su paz y hasta su lucha silenciosa contra el cemento y el asfalto, confiada quizás en que los pocos defensores de la economía verde logran sacarla adelante o al menos salvarla.

Y entre flores y arbustos, en una de las esquinas que da hacia el parque, está la imagen señera del padre Félix Restrepo, calificado por alguna publicación institucional como “el director más activo” en la historia de la Academia, a quien muchos recuerdan igualmente por su labor “restauradora” en la Universidad Javeriana, por su helenismo que consta en varios de sus libros y, claro, por su intensa gestión durante una larga década (1955-1965), que pocos esperarían de un sacerdote jesuita, fallecido a los 94 años en cabal ejercicio de sus funciones.

Su estatua, tallada por el escultor Fernando Montañés, reposa acá desde 1971 con la mitad de su cuerpo metido en la piedra, un libro en la mano y de pie frente a un atril, como si estuviera dictando la cátedra que durante tanto tiempo impartió en este sitio, en su universidad y, en general, ante el país entero admirado por su inteligencia, bondad y dinamismo.

Marco Fidel Suárez

Pocos metros después, se descubre el busto de Marco Fidel Suárez, el pobre estudiante antioqueño que salió del anonimato cuando ganó un concurso literario en Bogotá, convocado precisamente por la Academia Colombiana (de la que llegaría a ser uno de sus miembros más ilustres), para transformarse luego en Presidente de la República y autor de obras estelares como los “Sueños de Luciano Pulgar”. Acá permanece solitario, pensativo, como haciendo un llamado a la meditación, al silencio.

Y por la parte de atrás, al frente, la Avenida Jiménez continúa su marcha, sin dejar oír siquiera el paso subterráneo de las aguas del río San Francisco que en ocasiones, sin embargo, logra asomarse por la superficie del llamado Eje Ambiental. Así vuelve a surgir la ciudad moderna, agitada, estruendosa, ajena por completo a la tranquilidad del pequeño jardín que al fin dejamos para hacer nuestro esperado ingreso a la Academia.

El saludo de Cervantes

Si Caro nos dio la bienvenida, en el vestíbulo es Cervantes quien nos saluda apenas se abre la puerta principal. Sí, el autor del Quijote, en una estatua de cuerpo entero, deja caer su fría mirada en el centro del amplio salón de recepción, donde tienen lugar importantes actos sociales de carácter académico.

Miguel de Cervantes Saavedra

Con su rostro inconfundible, un elegante traje de la época y, en fin, su imagen más popular que logró esculpir Juan de Ávalos, “El manco de Lepanto” (que no era manco, por cierto) hace las veces de anfitrión, igual que en la Real Academia Española y sus hermanas -¿o hijas?- de América Latina, por una razón obvia: él es el padre de la lengua castellana, como que su magna obra, pionera de la novela moderna, es la máxima expresión de la literatura hispanoamericana y una de las más representativas de la literatura universal.

Nuestra Academia Colombiana, por consiguiente, no se podía quedar atrás. Al fin y al cabo fue la primera de su género en el Nuevo Mundo, nacida en 1871, hace ya cerca de 150 años; Bogotá ha sido considerada, desde tiempos remotos, “la Atenas suramericana” por su elevado nivel cultural, en especial de las bellas letras, y por ello Cervantes es figura principal, sobre la cual han girado múltiples disertaciones de los miembros numerarios, correspondientes y honorarios, ciclos de conferencias como el efectuado recientemente y hasta exposiciones de sus escritos, dados los valiosos libros incunables, con varias ediciones-príncipe (primeras ediciones), que reposan en la biblioteca del segundo piso.

Nos invita, además, a admirar detrás suyo, a sus espaldas, el extenso mural del maestro Luis Alberto Acuña (el cual fuera donado en 1960 -¡cómo cambian los tiempos!- por una compañía de seguros), donde el precursor de “el bachuismo”, apasionado por la historia que se remonta a nuestro pasado indígena precolombino, describe en un mapa del mundo las vastas posesiones del imperio español en los años cervantinos, desde América hasta Asia pasando por Europa, con las razas blanca, india, negra y amarilla que entonces estuvieron bajo su dominio, representadas por cuatro figuras características, situadas en los extremos del cuadro.

Y a ambos lados de Cervantes, como si estuviéramos en una corte imperial donde él es rey, se distribuyen aquí y allá bustos de académicos insignes, en homenaje a su memoria: los ex presidentes Alberto Lleras Camargo y Marco Fidel Suárez, lingüistas como Andrés Bello y Rufino José Cuervo, el poeta Guillermo Valencia y el ensayista Baldomero Sanín Cano, entre otros.

Hacia uno de los costados, usted puede pasar a la Sala José María Vergara y Vergara, cuyo retrato (copia del óleo de Acevedo Bernal en la Academia de Historia) rinde culto al Inspirador de la Academia, quien está acompañado en la pared por el joven Miguel Antonio Caro, rostro bastante desconocido y sorprendente incluso por su pintor: Juan Antonio Roda. En esta sala se acostumbra realizar las sesiones ordinarias y de junta directiva.

Por todo el edificio los retratos abundan, distribuidos en los diferentes salones: el ex presidente José Manuel Marroquín, autor de la célebre “Perrilla”, y varios ex directores (Luis López de Mesa, José Joaquín Casas, monseñor José María Carrasquilla, Eduardo Guzmán Esponda y el padre Manuel Briceño Jáuregui), quienes conforman, todos a una, esa selecta nómina de lujo de la Academia Colombiana, que honra a nuestro país.

Dicho esto, podemos entrar al paraninfo, escenario por excelencia de la institución. Deslumbrante, por decir lo menos.

Apoteosis de la lengua

El paraninfo es el salón de actos de la Academia. De los actos solemnes, cabe anotar. Todo allí, mejor dicho, es solemne: las sillas de los académicos, en primer plano; las del público asistente que observa, extasiado, un magnífico mural sobre la lengua castellana, al frente suyo, o las esculturas de pensadores y escritores representativos de la cultura universal, en la parte de atrás. En general, este escenario único, incomparable, con su forma semicircular y su pompa, con la belleza a diestra y siniestra, genera esa alegría interior que solo puede nacer en lo más hondo del espíritu humano. Es un templo de la sabiduría, insistamos.

Mural de Luis Alberto Acuña en el paraninfo

Empecemos, pues, por el mural: es gigantesco, de 10 metros de ancho por 4 de alto; es también un fresco del maestro Acuña, donado igualmente por una empresa -¡cómo cambian los tiempos!-, y de veras, según lo llamó su autor, es la “Apoteosis de la lengua castellana”, cosa que salta a la vista por sus personajes protagónicos de obras estelares de la literatura hispanoamericana, cuyo propósito didáctico, educativo, es evidente.

En efecto, ahí están, para refrescar su vista y sus recuerdos literarios, El Cid Campeador, Amadís de Gaula, Don Quijote y Sancho Panza, La Celestina, El Lazarillo de Tormes, Segismundo (el de “La vida es sueño” de Calderón de la Barca), Don Juan Tenorio y El Alcalde de Zalamea, entre otros que ocupan la izquierda del cuadro, propiedad -si se quiere- de España, la Madre Patria.

La derecha, en cambio, pertenece a la América de origen hispano, con personajes tan queridos y emblemáticos como Caupolicán (en “La Araucana”), Gonzalo de Oyón, Martín Fierro, Peralta (el de Carrasquilla en “A la diestra de Dios Padre”), Efraín y María con Arturo Cova, entre los más conocidos. Todos ellos juntos, reunidos, que es una fantasía.

En cuanto a las esculturas, que en su mayoría son obras de Ávalos (tres son de Acuña), se trata de pensadores y escritores que simbolizan lo mejor de las culturas griega (Homero, Platón y Sófocles), latina (Cicerón, Horacio y Virgilio) y cristiana (David, Jesús -¡en el centro de todos, por haber partido en dos la historia de la humanidad!- y San Agustín), así como de la literatura moderna, desde fines de la Edad Media hasta la época contemporánea (Dante, Camoens, Shakespeare, Moliere, Goethe y Dostoievski).

-Estatuas de pensadores y escritores universales.

Como se ve, aquí hay autores del mundo griego, el imperio romano, Israel, Italia, Inglaterra, Portugal, Francia, Alemania y Rusia, pero ni uno solo es de España o América, situación bastante extraña, absurda, cuando en esta Academia Colombiana se le rinde culto, según acabamos de ver, a la lengua castellana. ¿Por qué? La respuesta es simple: también se valora, como debe ser entre los hombres de letras, la cultura universal, fuente de la sabiduría a que antes aludimos.

Con tan grandes hombres y personajes extraordinarios, que logran sobrevivir por encima del tiempo como si fueran seres celestiales, concluimos nuestro recorrido, guiados en tal sentido por diversas publicaciones institucionales, desde folletos o plegables promocionales que se reparten entre el público hasta libros como la “Historia de la Academia Colombiana de la Lengua”, de Guzmán Esponda, y “La apoteosis de la lengua castellana y las estatuas del paraninfo de la Academia”, de Horacio Bejarano Díaz, quien fuera subdirector de la institución.

Colofón

¿Qué tanto se conoce esta hermosa sede de la Academia Colombiana de la Lengua en Bogotá? ¿Alguna vez la han recorrido los habitantes de la capital y el resto de nuestros compatriotas? ¿O es desconocida por completo, con honrosas excepciones como son, en primer término, los miembros de tan respetable institución?

¿Será que algún día, en el futuro, el sitio formará parte de las guías respectivas de la “Atenas suramericana”, en el marco del turismo cultural que ya atrae a cientos de personas de todos lados, de Colombia y el exterior, especialmente hacia sectores como La Candelaria, del que acá tenemos uno de sus principales puntos de acceso en el camino que conduce a la Quinta de Bolívar?

¡Cuán bueno sería que así fuera!

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua – [email protected]