27 de junio de 2026

Editorial La solidaridad, el único lenguaje posible

Por La Redactora
26 de junio de 2026
Por La Redactora
26 de junio de 2026

La magnitud de la tragedia que vive Venezuela tras los terremotos de esta semana exige una respuesta inmediata, coordinada y generosa. En medio del desastre, la cooperación y la información transparente serán tan decisivas como los equipos de rescate.

 

Hay tragedias que trascienden las fronteras y obligan a recordar aquello que la política, las diferencias y las coyunturas suelen relegar: la profunda comunidad de destino que une a los pueblos. La catástrofe ocurrida este miércoles en Venezuela pertenece a esa categoría. Los dos terremotos, de magnitud 7,2 y 7,5, registrados con apenas 39 segundos de diferencia y con epicentro en una de las fallas geológicas más activas del país, han dejado un panorama de devastación que conmueve a toda América Latina. El saldo preliminar de víctimas mortales, los miles de heridos, los edificios reducidos a escombros y la destrucción de infraestructura esencial apenas anticipan la dimensión de una tragedia cuyo alcance real probablemente solo podrá conocerse con el paso de los días.

Los expertos coinciden en que se trata de un fenómeno extraordinariamente inusual. La coincidencia temporal de ambos movimientos, su escasa profundidad y la fragilidad estructural de numerosas edificaciones multiplicaron un poder destructivo que hoy se traduce en familias desgarradas, comunidades enteras paralizadas y ciudades enfrentadas a una emergencia humanitaria de enormes proporciones.

Las imágenes que llegan desde Caracas, La Guaira y otras zonas afectadas hablan por sí solas. Padres buscando a sus hijos entre los escombros, hospitales desbordados, personas que han perdido su hogar y pasan la noche a la intemperie por temor a nuevas réplicas. Frente a un sufrimiento de semejante magnitud, las palabras resultan insuficientes. Solo cabe expresar solidaridad con el pueblo venezolano y reconocer que la prioridad absoluta es salvar vidas, atender a los heridos y asistir a quienes lo han perdido todo.

Pero la solidaridad no puede quedarse en un gesto simbólico. Debe traducirse en cooperación efectiva. La magnitud del desastre exige una respuesta internacional rápida, coordinada y sostenida. Equipos especializados de búsqueda y rescate, asistencia médica, ayuda humanitaria, recursos logísticos y apoyo para la reconstrucción serán indispensables durante las próximas semanas y los próximos meses. Ningún país puede enfrentar solo una tragedia de esta envergadura.

Resulta esperanzador comprobar que, en medio del dolor, han surgido señales de unidad. Gobiernos de distintas orientaciones políticas, organismos multilaterales y diversos actores nacionales e internacionales han dejado de lado diferencias para concentrarse en lo esencial. Incluso sectores enfrentados desde hace años dentro de la propia política venezolana han entendido que, cuando la vida de miles de personas está en juego, las disputas deben ceder el paso a la cooperación. Ese reflejo constituye quizá una de las pocas luces que deja una jornada tan oscura.

La emergencia también pone de relieve otro aspecto fundamental: el derecho de las personas a recibir información oportuna, confiable y sin restricciones. En circunstancias donde miles de familias buscan desesperadamente conocer la suerte de sus seres queridos, cualquier obstáculo para el flujo de información incrementa la angustia y prolonga el sufrimiento. Las plataformas de localización de personas desaparecidas, la comunicación transparente de las autoridades y el trabajo responsable de los medios de comunicación son herramientas humanitarias tan necesarias como los alimentos o los medicamentos.

Para Colombia, esta tragedia posee además una dimensión profundamente cercana. Venezuela no es un país distante. Es un pueblo hermano con el que comparte una frontera extensa, familias binacionales, vínculos económicos, afectivos y culturales que durante generaciones han hecho de ambos países una comunidad entrelazada. Hubo tiempos en que miles de colombianos encontraron oportunidades al otro lado de la frontera. Más recientemente, millones de venezolanos han hallado en Colombia refugio frente a la crisis de su país. Esa historia compartida hace imposible contemplar este desastre con indiferencia. Su dolor también es nuestro.

La incertidumbre política que ha marcado a Venezuela durante los últimos años no desaparece con esta tragedia. Sin embargo, precisamente porque persisten esas tensiones, resulta aún más urgente que la emergencia no sea utilizada como un nuevo escenario de confrontación. La reconstrucción material del país demandará enormes esfuerzos, pero la reconstrucción de la confianza será igualmente decisiva.

Ojalá que este episodio, tan devastador como inesperado, deje una enseñanza perdurable. Los terremotos no distinguen ideologías, fronteras ni condiciones sociales. Frente a ellos solo prevalece la vulnerabilidad compartida de la condición humana. Que sea precisamente esa conciencia la que permita fortalecer la solidaridad, abrir espacios de cooperación y tender puentes allí donde durante demasiado tiempo se levantaron muros.

El bravo pueblo venezolano ha demostrado en numerosas ocasiones una extraordinaria capacidad de resistencia. Hoy enfrenta una de las pruebas más difíciles de su historia reciente. América Latina tiene la responsabilidad moral de acompañarlo. Porque, cuando la tierra tiembla y el dolor golpea con semejante fuerza, la solidaridad deja de ser una virtud para convertirse en un deber.