23 de junio de 2026

EDITORIAL El país decidió

Por La Redactora
23 de junio de 2026
Por La Redactora
23 de junio de 2026

 

Colombia se pronunció en las urnas. Y cuando una democracia habla con la contundencia que se vio en las elecciones presidenciales de este año, el mensaje trasciende los nombres propios. La elección de Abelardo de la Espriella como presidente para el período 2026-2030 representa mucho más que una alternancia en el poder: constituye una respuesta política de millones de ciudadanos frente a un país que llegó a un punto de agotamiento tras cuatro años marcados por la incertidumbre, el deterioro de la seguridad, la crisis del sistema de salud y el estancamiento económico. Los colombianos decidieron democráticamente que era momento de intentar otro camino.

La magnitud del resultado merece una lectura más profunda que la simple victoria de un candidato sobre otro. Cerca de 13 millones de ciudadanos respaldaron una propuesta que se presentó como alternativa al proyecto político que gobernó el país desde 2022. Al mismo tiempo, la reducción de la abstención evidenció un fenómeno relevante: cuando los colombianos perciben que está en riesgo el rumbo de la nación, participan. La jornada electoral dejó una conclusión difícil de ignorar: una mayoría de votantes consideró que Colombia necesitaba corregir el rumbo antes que problemas tan grandes como la inseguridad, el déficit fiscal, la pérdida de confianza inversionista y la fragilidad del aparato estatal se consolidaran como una nueva normalidad.

No obstante, el resultado también refleja un país dividido en dos grandes corrientes políticas. Aunque el oficialismo fue derrotado en las urnas, conservó una base electoral considerable que seguirá teniendo influencia en la vida pública nacional. Esa realidad obliga a abandonar las lecturas simplistas. No hubo un borrón y cuenta nueva. Lo que emerge es un escenario de equilibrio inestable donde el nuevo gobierno deberá gobernar para quienes votaron por él, pero también para millones de colombianos que respaldaron la continuidad del proyecto de izquierda. La gobernabilidad dependerá, en buena medida, de la capacidad para reducir la confrontación que ha caracterizado el debate político de los últimos años.

El presidente electo recibirá un país con enormes retos. No encontrará una economía en expansión ni un clima de confianza institucional consolidado. Tampoco heredará un panorama de orden público favorable. Por el contrario, deberá hacer frente al fortalecimiento de estructuras criminales en varias regiones, la expansión de fenómenos como la extorsión y el narcotráfico, así como un aumento en la percepción de vulnerabilidad entre los ciudadanos. A ello se suma una crisis de credibilidad en sectores esenciales del Estado que exige respuestas rápidas y eficaces. La principal demanda ciudadana ya no es el cambio; es la recuperación.

Frente a este panorama, los primeros meses de gobierno serán determinantes. Más que grandes discursos, el país observará decisiones concretas: la conformación del gabinete, la orientación de la política económica, la relación con el sector productivo y la estrategia para restablecer la autoridad del Estado en los territorios. La elección de De la Espriella fue impulsada en buena medida por el deseo de rectificar el rumbo nacional. Esa expectativa puede convertirse rápidamente en fortaleza política o en frustración colectiva, dependiendo de la capacidad de la nueva administración para traducir promesas en resultados verificables.

Existe además un obstáculo que trasciende al nuevo mandatario. La democracia colombiana necesita que tanto vencedores como derrotados actúen con responsabilidad. Resulta preocupante que desde algunos sectores políticos hayan comenzado a instalarse un relato orientado a sembrar dudas sobre la transparencia del proceso electoral sin que existan pruebas concluyentes que sustenten tales afirmaciones. La crítica y la oposición son bases de cualquier democracia; la deslegitimación sistemática de las instituciones es otra cosa. Colombia inicia una nueva etapa política y tiene una oportunidad histórica para recuperar la confianza en sí misma. Los ciudadanos ya tomaron una decisión en las urnas. Ahora corresponde a la dirigencia política demostrar que está a la altura del mandato democrático que acaba de recibir el país.