23 de junio de 2026

El conflicto en Ucrania amenaza con convertirse en una guerra eterna

9 de noviembre de 2025
9 de noviembre de 2025

Europa frente al abismo de la indiferencia

Por: Redacción política EJE 21 

Barcelona, 9 de noviembre 2025. Europa vive un momento de peligrosa quietud. Mientras los titulares globales se desplazan hacia otros conflictos y crisis internas, en el este del continente continúa desarrollándose una guerra que amenaza con volverse parte del paisaje político europeo, una confrontación de desgaste que parece no tener final visible. En la región de Donetsk, particularmente en la ciudad de Pokrovsk, se libra una de las batallas más encarnizadas desde que comenzó la invasión rusa en febrero de 2022. Allí, entre ruinas, trincheras y calles reducidas a polvo, se juega una parte crucial del futuro de Ucrania… y del propio equilibrio europeo.

Las fuerzas rusas avanzan con lentitud pero con constancia, consolidando posiciones en el Donbás, la zona industrial que el Kremlin considera pieza esencial de su proyecto geopolítico. Según analistas militares, Moscú busca el control total de esta cuenca minera no solo por su valor económico y estratégico, sino también como reivindicación simbólica: el presidente Vladímir Putin ha convertido el dominio del Donbás en condición indispensable para cualquier conversación de paz. Cada metro ganado representa una victoria propagandística y una presión más sobre Kiev y sus aliados.

La guerra que no cesa

El frente oriental ucraniano se ha transformado en un campo de pruebas de la guerra moderna. Drones de reconocimiento, misiles hipersónicos, artillería de largo alcance y ataques cibernéticos conforman un escenario donde la tecnología se mezcla con la brutalidad. En Pokrovsk, los bombardeos nocturnos son constantes; los proyectiles recorren hasta 200 kilómetros antes de impactar y arrasan zonas residenciales completas. Las cifras estremecen: entre 200 y 300 ataques mensuales, miles de hogares destruidos y una población civil que vive bajo una tensión insoportable.

De acuerdo con datos de la ONU, el conflicto ha dejado al menos 13.800 civiles muertos y 35.000 heridos, aunque fuentes locales y estadounidenses estiman que el número real podría duplicar esas cifras. En el terreno militar, los cálculos varían entre 500.000 y un millón de bajas combinadas, una cifra que revela el nivel de destrucción humana que enfrenta la región. “El frente está sembrado de cadáveres sin contabilizar”, admite un funcionario ucraniano bajo condición de anonimato.

El sistema ferroviario, vital para el transporte de suministros, también ha sido golpeado: más de mil trabajadores ferroviarios han muerto en ataques a convoyes y estaciones. La devastación ha forzado el cierre de rutas clave hacia Donbás, cortando la arteria logística que mantenía con vida a las tropas y a los desplazados internos.

Crédito:Fotografía: Стас Козлюк | CC BY-SA 3.0 | Wikipedia Commons

Diplomacia fallida y liderazgos en crisis

Mientras tanto, en el terreno político internacional, la estrategia diplomática se encuentra en un punto muerto. Los intentos del expresidente estadounidense Donald Trump por mediar entre Kiev y Moscú —primero en un encuentro en Alaska y luego en una frustrada cumbre en Budapest— terminaron en un rotundo fracaso. Sus gestiones, marcadas por la ambigüedad hacia Putin y la frialdad hacia Zelenski, entregaron de facto la iniciativa diplomática a Rusia.

Esa línea de acción, basada en una supuesta equidistancia, ha resultado contraproducente: Washington ha perdido credibilidad ante sus aliados europeos, y la Casa Blanca ha demostrado una política errática que combina mensajes de apoyo a Ucrania con decisiones contradictorias, como la negativa a entregar sistemas de misiles de largo alcance o la reciente autorización de pruebas nucleares.

La decisión de eximir a Hungría de la prohibición europea de importar gas y petróleo rusos, por razones de afinidad ideológica entre Donald Trump y Viktor Orbán, ha sido percibida como una cesión estratégica a Moscú. Esa brecha interna debilita la cohesión del bloque occidental, refuerza la posición de Putin y deja a Europa en una situación incómoda: dependiente de la voluntad estadounidense pero vulnerable ante su imprevisibilidad.

La sombra nuclear y la propaganda del miedo

En este escenario, el relato nuclear ha regresado con fuerza. Tanto Washington como Moscú han reavivado el fantasma de los ensayos atómicos, generando un clima de ansiedad global. Putin utiliza esa amenaza como un arma psicológicapara disuadir a Occidente de incrementar su apoyo militar a Kiev. No se trata de un simple discurso: cada mención al uso de armas nucleares reduce el margen de acción política de los aliados europeos, temerosos de provocar una escalada incontrolable.

El resultado es una paradoja peligrosa: la guerra sigue activa, pero la respuesta internacional se enfría. Europa parece resignarse a un conflicto “a baja intensidad”, que se prolonga indefinidamente, con picos de violencia y periodos de silencio mediático. El riesgo más grande, advierten expertos, es la normalización de la guerra: que los europeos asuman como inevitable un conflicto que erosiona sus principios fundacionales de paz y cooperación.

Crédito: Twitter @ZelenskyyUa.

El riesgo de una guerra eterna

“Si el conflicto se convierte en una constante, Europa habrá fracasado en su promesa de nunca más permitir una guerra en su suelo”, afirma Marie Dubois, analista del Instituto Europeo de Estudios Estratégicos. En su opinión, la guerra en Ucrania no es solo una tragedia nacional, sino una prueba existencial para la Unión Europea, que debe decidir si sigue siendo un actor político relevante o un espectador impotente de su propio declive geopolítico.

El peligro no es únicamente militar. Una guerra prolongada amenaza con reconfigurar la economía del continente, mantener altos los precios energéticos, acentuar las divisiones políticas internas y debilitar la confianza de los ciudadanos en sus instituciones. Cada mes de indiferencia alimenta la posibilidad de que Ucrania sea fragmentada, de que Rusia consolide su control en el este y de que Europa se acostumbre a convivir con una guerra en su propio vecindario.

Un aviso a despertar

El conflicto ucraniano, lejos de apagarse, se transforma. Con el invierno acercándose y la ofensiva rusa renovada, la resistencia de Kiev dependerá no solo de las armas, sino del compromiso moral y político de sus aliados. En palabras del propio Volodímir Zelenski, “la guerra no es solo por Ucrania, es por el futuro de Europa”.

Si el continente baja la guardia, el costo no será únicamente ucraniano: será europeo. El riesgo no es una derrota militar, sino una derrota histórica, la de una Europa que, por cansancio o conveniencia, permitió que una guerra sin fin se convirtiera en parte de su nueva normalidad.