EDITORIAL Miguel Uribe Turbay
Colombia amaneció ayer con una herida abierta que atraviesa el alma nacional: la muerte de Miguel Uribe Turbay. Precandidato presidencial, senador y un hombre que hizo de la política un ejercicio de convicción y no de conveniencia. Su vida se apagó tras más de dos meses de lucha contra las heridas que le dejó el atentado del pasado 7 de junio. Su partida no es un hecho aislado: es un síntoma del derrumbe silencioso de nuestra democracia.
En lo que va de 2025, el país ha visto caer a 97 líderes sociales y políticos, según Indepaz. Noventa y siete historias truncadas. Noventa y siete comunidades que pierden a quienes las defendían. No es solo una cifra: es la radiografía de un Estado que ha perdido el control territorial y que asiste, inmóvil, a una matanza sistemática. Mientras los criminales avanzan, el gobierno responde con comunicados tibios y promesas que se evaporan en el aire.
La muerte de Miguel Uribe nos arrastra a un recuerdo que creíamos superado: los años más oscuros de nuestra historia reciente, cuando las balas callaban las ideas y el miedo se convertía en ley. Décadas de violencia nos dejaron cicatrices profundas, pero también la convicción de que jamás debíamos volver a vivirlo. Hoy, no obstante, la realidad nos golpea con la crudeza de siempre: las fuerzas ilegales siguen decidiendo quién vive y quién muere, incluso en el corazón político de la nación.
No se puede pasar por alto que la Defensoría del Pueblo había advertido sobre el corredor oriental de Bogotá, un territorio en disputa donde convergen el Clan del Golfo, el ELN, Los Boyacos, la Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano y bandas locales. La inteligencia estaba ahí, las advertencias también. Lo que no estuvo fue la acción efectiva del Estado para impedir que las amenazas se convirtieran en tragedia. Un país que ignora sus propias alarmas camina directo hacia el abismo.
Asesinar a un líder no es solo eliminar a una persona. Es intentar borrar su proyecto, su influencia, su capacidad de inspirar. Miguel Uribe representaba una forma de hacer política que incomodaba a quienes prefieren la violencia sobre el debate. Su ausencia deja desolación, pero también un reto: que sus ideas no mueran con él y que el miedo no se convierta en la norma.
Cada líder asesinado es una derrota para toda la sociedad. Es la confirmación de que los violentos siguen marcando el paso mientras el Estado llega tarde o no llega. La “paz” de la que se habla en discursos se desvanece en las calles, en las veredas, en los territorios olvidados y ahora también en las ciudades. Un país que permite que sus voces más valientes sean silenciadas es un país que está poniendo en juego su futuro.
Este no puede ser un nombre más en una lista interminable. La muerte de Miguel Uribe debe marcar un antes y un después. Si seguimos contando asesinatos como si fueran simples estadísticas, terminaremos aceptando la barbarie como parte natural de nuestra vida. No podemos permitirlo. No lo merecemos. Y no hay excusa que justifique la inacción frente a esta tragedia.
Hoy, más allá del debate político, hay una familia que vive un dolor inconmensurable. A ellos, nuestras más sinceras condolencias. Que encuentren consuelo en el legado de un hombre que no renunció a sus principios y que amó profundamente a su país. Que su partida nos despierte del letargo y nos recuerde que nunca más la violencia debe escribir el destino de Colombia.