4 de junio de 2026

Editorial La inesperada caída del dólar

Por La Redactora
23 de mayo de 2025
Por La Redactora
23 de mayo de 2025

Entre enero y mayo de este año, el dólar ha sido una de las divisas con peor desempeño global, incluso frente a monedas emergentes. Lo que para los importadores y turistas representa una oportunidad, para los exportadores y receptores de remesas en América Latina supone una amenaza directa a su estabilidad financiera.

Desde comienzos de 2025, algo se ha movido en silencio pero con fuerza bajo la superficie de los mercados globales: el dólar, tradicional refugio de seguridad financiera, ha comenzado a ceder terreno. En lo que va del año, la divisa estadounidense ha perdido un 7,25% de su valor frente a la canasta de monedas del índice DXY de Bloomberg. Incluso frente a monedas emergentes, históricamente más volátiles, el billete verde ha mostrado signos de debilidad sin precedentes.

La escena no es meramente técnica. Se trata de una transformación que altera el equilibrio económico en múltiples niveles. En América Latina, y particularmente en países como Colombia, Perú, México o Chile —exportadores de materias primas—, la revalorización de las monedas locales frente al dólar pone bajo presión modelos de negocio construidos sobre tipos de cambio más favorables. Una caída del dólar, que podría parecer positiva para importadores o turistas, tiene un reverso amargo para sectores productivos y economías dependientes de la venta de commodities.

El caso del café colombiano es ilustrativo. Una familia caldense que exporta café calculaba sus ingresos con una libra a US$4.5, lo que con un dólar a $4.200 representaba $18.900. Pero si el dólar se sitúa cerca de los $3.900 —nivel que ha tocado repetidamente durante el primer trimestre—, esa misma libra se traduce en menos pesos, erosionando márgenes ya amenazados por el encarecimiento de fertilizantes, transporte y mano de obra. Lo mismo ocurre con el petróleo, donde Ecopetrol requiere vender el barril por encima de los US$35 para garantizar rentabilidad. Un crudo estancado en los US$60, junto a un peso fortalecido, es una combinación difícil de sostener.

Este fenómeno va más allá de la región. El debilitamiento del dólar está atado a causas estructurales: un endeudamiento creciente en Estados Unidos, la venta masiva de bonos del Tesoro y un panorama fiscal incierto. Bloomberg lo resume con un dato elocuente: el dólar es, junto al Brent, uno de los activos con peor desempeño en lo que va de 2025. A ello se suma una reciente degradación crediticia por parte de Moody’s, reflejo de la inquietud de los mercados sobre el rumbo fiscal estadounidense. El panorama se complica con medidas internas que han exacerbado el proteccionismo y debilitado la confianza inversora.

Y todo ocurre en medio de un tablero geopolítico redefinido. La rivalidad entre China y Estados Unidos ya no se libra solo con tarifas y acuerdos comerciales. Es una disputa por la hegemonía del sistema económico global. Beijing, con su moneda aún controlada y un aparato estatal orientado a largo plazo, ha conseguido capitalizar parte del desencanto con Washington.

Para los países emergentes, como Colombia, el impacto se siente también en las remesas. Este año se proyecta un récord de US$12.000 millones en envíos desde el exterior, pero la debilidad del dólar reduce su poder adquisitivo. Familias en Antioquia, el Eje Cafetero o el Valle del Cauca ven cómo el dinero enviado no alcanza para tanto como antes, en un contexto de inflación interna que no cede.

El dólar débil, en suma, tiene ganadores y perdedores. Mientras los consumidores con planes de viaje o compras en línea se benefician, las economías exportadoras, los hogares receptores de remesas y los sectores intensivos en costos en dólares sienten el impacto. El mercado, como siempre, ajusta sus equilibrios. Pero esta vez, lo hace sobre un terreno incierto, donde el liderazgo económico global ya no tiene un solo centro de gravedad.