7 de julio de 2026

Murió Mario Vargas Llosa, el último titán de la literatura latinoamericana

14 de abril de 2025
14 de abril de 2025

Crédito: Mario Vargas Llosa – Instagram


Por: Redacción Cultura EJE 21 

Madrid, 14 de abril de 2025. A los 89 años, falleció en Lima Mario Vargas Llosa, el último gran representante del llamado “boom” latinoamericano y uno de los escritores más influyentes del siglo XX y lo que va del XXI. Su muerte no solo marca el fin de una vida literaria excepcional, sino también el cierre definitivo de una era dorada de las letras en español, en la que América Latina dejó de ser periferia cultural para convertirse en epicentro narrativo del mundo.

Vargas Llosa fue mucho más que un novelista laureado. Fue un intelectual de combate, un narrador con ambición totalizadora, un ensayista afilado y un ciudadano que entendió la literatura como una forma de intervenir en la historia. A través de sus novelas, crónicas, artículos de prensa y discursos, retrató los pliegues más oscuros del poder, el deseo, la violencia y la libertad en América Latina, siempre con una prosa precisa, estructurada con obsesión y ejecutada con destreza quirúrgica.

Nacido en Arequipa en 1936, fue criado inicialmente por su madre y abuelos en Bolivia y luego en Lima, tras la sorpresiva reaparición de su padre —a quien creía muerto—, un hombre autoritario y conservador que reprobaba su vocación literaria. Fue ese desencuentro familiar lo que llevó al joven Vargas Llosa a ser enviado al Colegio Militar Leoncio Prado, experiencia que marcó su vida y fue la semilla de su primera gran novela: La ciudad y los perros (1963), un libro que inauguró su leyenda y también encendió la ira de las autoridades militares, que llegaron a organizar la quema pública de ejemplares.

Desde entonces, su obra se convirtió en sinónimo de ambición narrativa. Publicó novelas monumentales como La casa verde (1965), Conversación en La Catedral (1969) y La guerra del fin del mundo (1981), en las que demostró no solo un dominio técnico admirable, sino también una incesante voluntad por entender el alma latinoamericana en sus contradicciones más profundas. El uso del monólogo interior, las múltiples perspectivas narrativas y la experimentación estructural fueron recursos constantes en sus primeros libros, marcados por la influencia de William Faulkner y Gustave Flaubert, sus dos faros literarios.

Fue, sin duda, un escritor político, pero no en el sentido panfletario. Su literatura examinó el poder con la mirada del disidente, con un ojo escéptico y crítico. En novelas como Historia de Mayta (1984), El hablador (1987) o La fiesta del chivo (2000), Vargas Llosa se adentró en los mecanismos de la represión, la revolución, el autoritarismo y la traición, sin perder nunca de vista al individuo. El aparato opresor podía ser el Estado, una secta religiosa, una dictadura tropical o incluso el deseo sexual no correspondido.

Pero también fue capaz de abordar la vida desde la comedia y el desenfado, como en Pantaleón y las visitadoras (1973), una sátira hilarante sobre el ejército y la moral sexual, o La tía Julia y el escribidor (1977), una novela autobiográfica donde el amor prohibido y la imaginación radiofónica se funden en una trama entrañable. Ese registro más ligero, aunque menos celebrado por la crítica, mostraba a un Vargas Llosa lúdico, con sentido del humor y sin miedo al ridículo.

Su vida privada fue a menudo tema de conversación tanto como sus libros. Su polémica separación de su esposa Patricia, tras cinco décadas de matrimonio, y su relación posterior con la socialité Isabel Preysler, lo colocaron en el centro de la prensa rosa. Pero nada de esto logró opacar su autoridad intelectual. En 2010, recibió el Premio Nobel de Literatura, que reconoció su “cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia, la revuelta y la derrota individual”.

Vargas Llosa también fue un hombre de ideas y pasiones políticas. En su juventud, simpatizó con la Revolución Cubana, pero pronto se desencantó del totalitarismo castrista. A lo largo de los años se consolidó como un liberal convencido, defensor de las democracias parlamentarias, el libre mercado, los derechos civiles y el pluralismo. En 1990 se presentó como candidato a la presidencia del Perú, en un intento fallido por traducir su influencia cultural en liderazgo político. Fue derrotado por Alberto Fujimori, un golpe que transformó su narrativa posterior e intensificó su rol como crítico de regímenes autoritarios en América Latina.

Su ideología, sin embargo, no estuvo exenta de controversia. En los últimos años, Vargas Llosa respaldó con entusiasmo a figuras de derecha como Keiko Fujimori o Isabel Díaz Ayuso, lo que le valió el reproche de sectores progresistas. Pero, como siempre, enfrentó las críticas con firmeza, convencido de que su postura era coherente con su defensa de la libertad individual.

Además de novelista y ensayista, fue un lector voraz, un crítico literario agudo, y un maestro del ensayo. Obras como La orgía perpetua (sobre Flaubert), El pez en el agua (sus memorias), y La verdad de las mentiras lo confirman como uno de los pensadores literarios más lúcidos del mundo hispano.

A lo largo de su carrera, Vargas Llosa escribió más de treinta libros y fue traducido a más de cuarenta idiomas. Fue miembro de la Academia Francesa, recibió el Cervantes, el Príncipe de Asturias y decenas de doctorados honoris causa en universidades de todo el mundo. En 2023, publicó su última novela, Le dedico mi silencio, ambientada en el mundo de la música criolla peruana, un homenaje nostálgico a los ritmos que marcaron su infancia y juventud.

Su muerte deja un vacío difícil de llenar. Vargas Llosa no fue solo el último sobreviviente del “boom”, fue el más persistente, el más prolífico, el más controversial. Un escritor que nunca dejó de escribir, ni de polemizar, ni de soñar con una América Latina libre, moderna y justa.

Como lo dijo él mismo: “La literatura no cambia el mundo, pero cambia a quienes la leen. Y eso, en sí mismo, ya es una forma de revolución”.

Hoy, Mario Vargas Llosa descansa, pero su obra seguirá librando batallas. En cada biblioteca, en cada lector transformado por sus palabras, su espíritu seguirá resistiendo.