21 de junio de 2026

El Aquelarre

Por La Bruja sin Escoba
10 de marzo de 2024
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Prohibición de las corridas

El jueves pasado amanecimos a un tris de ver prohibidas las corridas de toros en Colombia. La comisión sexta de la cámara de representantes aprobó el miércoles, por 10 votos a favor y uno en contra, una ley que prohíbe las corridas de toros en nuestro país. El proyecto de ley que contiene esa prohibición ha sido llevado muchas veces al congreso de Colombia, pero es la primera vez, tras varios años, que logra salir aprobada de tres debates continuos, y le queda faltando solo uno, en la cámara en pleno, para convertirse en ley de la república.

Ese último debate deberá llevarse a cabo de aquí a junio del presente año. De no hacerse así, la ley se hundiría por agotamiento de los términos, y quienes la promueven tendrían que volver a recorrer el mismo camino, a partir de cero, en próximas legislaturas. Pero todos los pronósticos parecen asegurar que en este último debate la ley quedará aprobada y será vigente desde este año.

En cuanto a la situación de las personas cuyo sustento depende de la existencia de las corridas de toros, la ley le otorga al gobierno un plazo de tres años para que implemente programas de reconversión económica con el fin de dar alternativas de ingreso monetario a dichas personas, en caso de que su supervivencia dependa realmente de la actividad taurina.

En Colombia, las corridas de toros han ido perdiendo importancia y popularidad a lo largo de estos últimos años. Para reconocerlo así, basta con hacer una lista de las ciudades importantes en las que había temporada cada año, y ver cómo en casi ninguna de ellas se mantiene la tradición: había temporada anual, que me acuerde, en Manizales, Cali, Bogotá, Medellín, Cartagena, Barranquilla, Bucaramanga, Armenia, Popayán, Palmira y Sincelejo. Y también en muchas poblaciones de menor importancia, a todo lo largo y ancho del país. Quedan tan solo las dos primeras, la de Cali muy disminuida por cierto. Creo que también hubo tal vez una corrida o dos en Sincelejo, y pare de contar. Si eso no es decrecimiento, entonces no sé cómo se llama. En Bogotá se celebra una muy corta temporada, pero no en la tradicional Plaza de Santamaría, sino en Puentepiedra, una placita de escaso aforo, situada en las afueras de la ciudad. Nada que ver con las temporadas oficiales de antes. También hay todavía espectáculos taurinos de secundaria importancia en algunos pueblos de Cundinamarca y Boyacá, y en otros en la costa. Nada más. De seguir esa tendencia, y aún sin decisiones legales, llegará el día en que solo en Manizales sobrevivirá esa tradición, quién sabe por cuánto tiempo. Como dije, lo más posible es que la ley salga adelante, y en tres años ya no habrá corridas en este país, ni siquiera en Manizales.

Esto lanza un desafío para la ciudad, que los dirigentes manizaleños deberían empezar a considerar, para analizar cómo enfrentarlo. La feria de Manizales nació como una reproducción de la de Sevilla, en España, por lo que tenía como base la temporada taurina, a la que se adicionaban eventos y espectáculos de calidad. La de Cali surgió como una imitación de la de Manizales. Sin embargo, con el tiempo, la Feria de Cali fue adquiriendo una personalidad propia; su parte taurina tiene ahora mucho menos importancia y, así se acaben las corridas, la Feria continuará teniendo mucha vitalidad, porque su núcleo básico no está en los espectáculos de tauromaquia, sino en los desfiles del salsódromo que son a la Feria de Cali lo que el sambódromo es al famoso carnaval de Río de Janeiro.

En cambio, la prohibición de los toros sí sería fatal para la Feria de Manizales en su formato actual. Esta festividad se convertiría en un evento menor, a no ser que nuestros dirigentes logren crear un conjunto de actividades artísticas, culturales, folclóricas y deportivas de trascendencia internacional. Es en eso en lo que deben trabajar con ahínco. Con protestar contra la ley para tratar de evitar que se apruebe, no se logrará nada. Lo que se requiere es una reingeniería total de la feria, de tal manera que se siga atrayendo turismo masivo durante esa semana. He ahí la tarea.

El porte de armas

Ante la oleada de inseguridad que está sufriendo el país, que tiene espantada la clientela de los restaurantes de Bogotá, y que amenaza a los colombianos en ciudades y campos con delitos de secuestro, extorsión, bloqueos criminales, paros armados y asesinatos, vuelve a surgir la polémica sobre la prohibición del porte de armas a los ciudadanos de bien (merecen ese nombre, así los bandidos de la primera línea se mueran de rabia). Ciertamente, el monopolio de las armas por parte del estado es una teoría pacifista perfectamente válida en Dinamarca… pero quién sabe si también en Cundinamarca. La realidad es que esa teoría en Colombia no tiene mucha validez. Es utópico pensar en desarmar a los criminales. Nunca se ha podido. Los bandidos andan por todas partes, armados, porque saben que el estado no es capaz de quitarles esas armas. En consecuencia, la prohibición solo afecta a esos ciudadanos de bien a los que nos referíamos arriba. Los bandidos pueden ejercer sus actividades delictivas con bastante tranquilidad, porque saben que sus víctimas, en su gran mayoría van a estar desarmadas, indefensas y vulnerables.

El dilema es muy serio. Si el monopolio de las armas por parte del estado fuera una situación alcanzable en Colombia, no habría mayores dudas. La prohibición de armas sería muy conveniente. Pero ante la imposibilidad de que esto se garantice, es necesario contemplar la otra alternativa. Que los ciudadanos de conducta intachable y con antecedentes cristalinos puedan ser autorizados a tener un arma, para defenderse en casos de emergencia. El temor es que mientras más ciudadanos tengan armas legalmente autorizadas, haya mayores posibilidades de violencia. Puede que así ocurra en los primeros momentos del levantamiento de la prohibición. Pero muy seguramente en poco tiempo, ante la realidad de que los bandidos ya no puedan realizar tan tranquilamente sus hazañas, éstas disminuyan y la criminalidad decrezca. Finalmente, la población saldrá ganando. Todo lo que redunde en mejorar la seguridad debe estudiarse y, de ser el caso, ponerse en práctica.

Tal Cual

Así se llama un simpático muñequito propagandístico que le sirve a la Asociación Colombiana de Consumidores para dar informaciones sobre los derechos de quienes compran bienes y servicios y se ven perjudicados por las fallas técnicas o administrativas de los proveedores responsables del suministro.

De manera clara y amable, Tal Cual aconseja a las víctimas de tales fallas sobre la manera de protegerse contra posibles incumplimientos de los derechos de garantía o sobre la forma más conveniente de actuar para obtener el reconocimiento y la reparación de la falla. A lo largo de muchos años de presentarse en los medios, las comunicaciones de este personaje con los usuarios del comercio o los servicios han ido creando una corriente de simpatía entre los ciudadanos y Tal Cual.

Pero parece que esa situación va a cambiar. En una especie de secuestro mediático, el régimen de Petro se ha apoderado de Tal Cual y lo ha puesto a hacer propaganda en favor de las reformas que quiere imponer el gobierno a los ciudadanos. Para empezar, circula ya, en el atafagado universo de la publicidad oficial, un discurso de Tal Cual en favor de la reforma agraria, y no tardarán otras actuaciones del muñequito, que posiblemente se volverá odioso a la ciudadanía, toda vez que se convertirá en un elogioso panfletario del accionar ideologizado del petrismo, sin importar que la mitad de los votantes de las elecciones pasadas no lo hicieron por Petro. No sabe uno la clase de maniobras de la izquierda para convertir a Tal Cual, de un personaje simpático al servicio de los consumidores colombianos, en un promotor de unas ideas que en el momento de la campaña eran rechazadas por la otra mitad de la población, y que a lo largo de la acción gubernamental, parecen estar perdiendo audiencia y resultan cada vez más impopulares.

Es claro que el gobierno tiene derecho a hacerse propaganda, y sabe cómo hacerlo. Pero ya tiene en su poder todos los canales oficiales de la televisión, incluidos los regionales. ¿Por qué acaparar también los simbolismos neutrales de los que se han encariñado los colombianos?