El Aquelarre Lo prometido es deuda
Lo prometido es deuda. Hace ocho días, cuando esta Bruja tuvo que suspender la agradable tarea de escribir esta columna, prometió que hoy comentaría la experiencia vivida en la atención de salud que le iba a ser suministrada por una IPS a la cual fue dirigida por la EPS en la cual está registrada su afiliación.
Debo advertir que no soy imparcial. Soy fan de las EPS. Mi afiliación es a la primera o segunda en el país y siempre he recibido una atención excelente, no solo por su propio personal médico, sino por el de las instituciones con las cuales tiene contratos de atención en salud.
En realidad, no se trataba de nada grave. Era necesaria una intervención quirúrgica menor, ambulatoria, con anestesia local y un poco de sedación. Una semana antes había acudido a una cita con médico general de la EPS, quien me examinó y determinó qué era lo que había que hacer Nada del otro mundo. Me consiguieron cupo en cirugía para ocho días después, y una cita con el anestesiólogo cuatro días antes de la fecha definitiva.
Al final, una hora y media después de haber entrado a la clínica, salí caminando por mis propios medios, acompañado de una enfermera como prevención frente a una posible caída, y tomé un taxi a mi casa, porque, al no disponer de escoba, no pude volar. Todo terminó sin problema ninguno.
Tengo la seguridad de que, a pesar de las quejas que siempre pueden presentarse porque nada hay perfecto, son millones las historias iguales a esta que tienen lugar anualmente en Colombia. De modo que, por supuesto, si algo se puede mejorar, que lo mejoren. Pero de ahí a pretender que el sistema de salud de nuestro país es una porquería y que hay que cambiarlo todo, hay una enorme distancia. Ojalá el presidente Petro tenga la sensatez de escuchar todas las versiones y todas las opiniones, y no se deje llevar por su propia ideología y menos por las funestas exageraciones de la ministra Corcho
Otra promesa de hace ocho días fue la de expresar en esta ocasión una opinión sobre el proceso por el que se va a llegar a la creación que hizo la Constitución de 1991 de las entidades territoriales, RAP y RET. Ofrecemos excusas por no hacerlo ahora; la deuda sigue vigente, pero quisiéramos terminar un análisis más a fondo que estamos haciendo del asunto, para presentar una realidad más completa de la situación.
El imprevisible Gustavo Petro. No deja el nevo presidente de Colombia de sorprendernos ‒y asustarnos‒ con sus declaraciones, con sus anuncios que a menudo siembran la incertidumbre en quienes los escuchan, y con sus olímpicas patrasiadas que devuelven en ocasiones algo de tranquilidad a la opinión, y en otras aumentan la preocupación porque parecerían demostrar que el actual es un gobierno improvisador y adicto a lanar globos de ensayo para ver cómo reacciona los ciudadanos y decidir entonces, si la respuesta es favorable, continuar con sus planes de cambiarlo todo.
Claro que no siempre es así. Cuando Petro hace un anuncio, nunca se sabe si va en serio o es uno de esos globos. Desde cuando estaba en campaña, por ejemplo, anunció que en adelante no habría nuevos contratos de exploración de hidrocarburos, para impedir que la producción petrolífera colombiana siguiera generando un ínfimo porcentaje de la contaminación mundial, sin importarle que ese valor cadi despreciable fuera a ser reemplazado inmediatamente, y con creces si fuera necesario, por las potencias productoras mundiales, lo cual hacía inútil nuestro el sacrificio, y sin importarle tampoco que con esa decisión perdamos la independencia energética y nos arriesguemos a tener que comprarle a Venezuela, un petróleo más caro y de menor calidad que el nuestro. Tampoco le importaba que el petróleo sea el origen de la mayor parte de los ingresos del país por concepto de importaciones, de los recursos del Estado por tributación y por las utilidades de Ecopetrol, empresa oficial, y, además, por si algo faltaba, que esta industria aporte la mayor cantidad de la inversión extranjera que recibe el país.
A pesar de todas esas razones de mucho peso, ‒y también de muchos, muchísimos dólares‒ Petro no da su brazo a torcer. No se ha movido un ápice de su posición inicial de no firmar nuevos contratos de exploración de hidrocarburos, así nuestras reservas sean apenas de ocho años, así doña Irene trate de hacerlas parecer mayores hablando se los contratos que sí habían sido firmados durante administraciones anteriores. Él, su ministra de Minas, y su ministro de Hacienda doran la píldora, hablan de centenares de contratos vigentes, inflan cifras, y hasta llegan a ofrecer estudios futuros de la situación, pero en ningún momento pronuncian la frase mágica que disminuiría la incertidumbre sobre nuestro futuro energético: el reconocimiento de que es indispensable celebrar nuevos contratos de exploración, sin los cuales nuestras reservas no cubrirán el largo tiempo que se necesita todavía para llegar a la completa transición energética.
El jueves pasado, en cambio, prendió una luz de esperanza en el campo de la reforma al sistema de salud, cuando declaró que no necesariamente se van a eliminar las EPS. Sugirió que les propondrán algún tipo de reestructuración, pero posiblemente quienes estén afiliados a las que queden continuarán teniéndolas como puerta de acceso al sistema, y no tendrán como única alternativa para acceder al servicio las largas colas ante las IPS públicas. Esperemos que así sea y que, para bien de los usuarios, se pueda montar la estructura de prevención y se pueda mejorar el acceso para los afiliados de la Colombia profunda.
Porque, en realidad, lo que se requiere para que todo funcione no es quitar a unas entidades privadas el manejo de dineros públicos, sino lograr un eficiente sistema de auditoría ‒ese que, valga la verdad, nunca se ha podido organizar en nuestro país‒, capaz de garantizar el manejo absolutamente pulcro de esos dineros, sin importar que quien los reciba sea entidad pública o privada, y que pueda evitar realmente que la corrupción se campee en las entidades que deban ejecutar los pagos. Con eso bastaría.
Una hinchada enloquecida. Esto no se puede admitir. Que se haya amenazado al entrenador del Once Caldas y a su familia para tratar de obligarlo a irse de la ciudad, porque los resultados deportivos no han sido los que la gente esperaba, es una muestra de salvajismo impensable entre quienes nos sentirnos en el mejor vividero de Colombia, la ciudad más amable, la más pacífica, la más chévere: supuestamente, la ciudad de las puertas abiertas.
Con actitudes como estas, los pocos (o muchos; ¿quién sabe?) hinchas desadaptados que acolitan esos hechos no le hacen ningún favor al equipo al que dicen apoyar, a cuyos jugadores, técnicos y directivos les generan zozobra , y en cambio sí le hacen un daño terrible a la imagen de la ciudad que muchos consideran un modelo en Colombia, pero que terminarán por convencerse de que no hay tal culebra de pelos, y de que los manizaleños somos tan violentos y malcriados como los demás habitantes de esta conflictiva patria.
Bienvenida, Política con pimienta. Reapareció esta semana en EJE 21, la columna de ese nombre, que había desaparecido hace tiempo, y que presentaba interesantes enfoques sobre los ires y venires, los logros y los fracasos, de los actores del acontecer político en nuestra ciudad. ¡Enhorabuena!, como se dice en el argot taurino. Esperamos que los responsables de su presentación periódica mantengan su mística y su empeño, y que nos ayuden a entender lo bueno, lo malo y lo feo de la actividad desplegada por los grupos de diferentes orientaciones que se disputan el liderazgo local.
