El aquelarre
Golpe a la economía. El jueves pasado al anochecer nos llegó una terrible noticia. Una más, para sumar a las muchas que nos han traído el nuevo año y el nuevo gobierno. Llena de soberbia, la filósofa ambientalista a quien el presidente Petro, quién sabe si mal aconsejado, le confió los destinos de la explotación de nuestros recursos naturales, y con ellos, el futuro de nuestro desarrollo energético y nuestra autonomía en ese campo, informó que su absurda insensatez de impedir nuevos contratos de exploración de hidrocarburos definitivamente se mantendría en pie.
La explotación de gas y petróleo constituye un porcentaje mínimo, que se aproxima, si recuerdo bien, al 0,37% de la contaminación global por uso de hidrocarburos. O sea que suspender esa explotación, que será a la larga la consecuencia directa de no explorar más, producirá una disminución totalmente despreciable, prácticamente inexistente, de la contaminación global. Sin embargo, esa especie de huelga de hambre generalizada que nos decretan al dejar enterrados esos recursos millonarios que tan urgentemente necesitamos, es un inmenso esfuerzo que nadie nos agradecerá. Por supuesto, su efecto en cuanto a producción de combustibles tardará unos años, y posiblemente no afecte al país mientras Petro sea el presidente. Les dejará el problema a otros, y «parte sin novedad». Él tranquilo. Y, por supuesto, ella, doña Irene, también. Pero cuando nos afecte la escasez, estaremos todavía a muchos años de lograr la transición energética, y a Colombia le tocará importar, al precio que sea, el petróleo que todavía será nuestra fuente principalísima de energía, especialmente para el transporte. Colombia no contamina porque explote yacimientos y exporte petróleo y gas, sino por el que quememos aquí. Que seguirá siendo mucho, muchísimo, cuando, por efecto de esta absurda decisión, ya no produzcamos ni una gota. Porque seguiremos consumiendo ese tipo de energía, en gran cantidad, así no la produzcamos. Y habrá que traerlo: de Venezuela, de Arabia, de Estados Unidos, o de cualquier lugar en donde, por no haber comprado las teorías petristas, lo sigan produciendo. Seguiremos contaminando igual pero, además, con productos importados, mucho más costosos, en lugar de usar los nuestros que seguirán bajo tierra. Y no tenemos ni idea de cómo se obtendrán los recursos para esas importaciones, ni cómo se irá a reemplazar el ingreso que nos trae la inversión extranjera para esa industria, ni de dónde obtendremos recursos de reemplazo para las regalías que habrán dejado de existir. Nuestra industria petrolera aporta el 30% de la inversión extranjera en Colombia y aporta el 40% de los ingresos del Estado colombiano, sin contar las regalías, tan importantes para financiar los programas de naturaleza regional. De modo que tiene razón el expresidente Duque al afirmar que esa decisión es un suicidio. Un suicidio colectivo, por más señas.
La propuesta de no celebrar nuevos contratos de exploración de hidrocarburos fue expresada por el hoy presidente Petro durante su campaña presidencial. Ante la crítica general que recibió esa idea, trataron de atemperarla un poco; el ministro de Hacienda expresó que esa no era una decisión tomada y doña Irene suavizó las cosas hablando de que se estudiaría la situación de los contratos de exploración ya firmados antes de definir si habría o no nuevos proyectos. Las aguas se calmaron algo, aunque en realidad, como se advirtió en un Aquelarre anterior, nunca se dijo expresamente que sí habría más contratos de exploración. Ahora vino el golpe de gracia. Lo terrible es que seguramente esta vez no habrá marcha atrás, porque el señor Petro ya ha tenido que recular en algunas cosas, y seguramente no va a estar dispuesto a ceder en esta. De modo que el futuro colombiano, por imples orientaciones ideológicas, es de pobreza en las finanzas del Estado, poquísimo crecimiento económico e incapacidad de aumentar el empleo, sin que se vaya a recibir nada a cambio. Ni siquiera, el agradecimiento o la admiración del resto del mundo porque, como se dijo atrás, seguiremos contaminando lo mismo. La posibilidad de reemplazar la participación de la industria del petróleo en nuestra economía, con lo que se reciba de la actividad turística, es prácticamente nula. Estamos a años luz de recibir los veinticinco millones de visitantes al año que se requerirían para que los dólares que nos produzcan se aproximaran a la cantidad que nos deja actualmente la economía petrolera. Esas cifras son aproximadamente iguales a las que reciben potencias turísticas como los Estados Unidos o Italia. Creer que es posible alcanzarlas es, por supuesto, pensar con el deseo. Empezando porque, para que nos visiten esas cantidades de turistas, se requiere hacer de este un país seguro para el visitante, cosa que nos pareció posible a partir de los acuerdos de paz con las extintas FARC, pero que el gobierno posterior, enemigo de tales acuerdos, no quiso a no pudo consolidar.
Nadie niega la necesidad de una transición energética. Pero acabar de un tajo con la industria petrolera destruirá nuestra economía, sin aportar un ápice a esa transformación.
La concentración de medios. Solo para los señores Gilinski y sus más allegados, puede, al menos a primera vista, ser una buena noticia la compra que hicieron del diario El País de Cali. Fundado en 1950, y manejado desde entonces por la casa Lloreda, una prestigiosa familia caleña que se ha destacado durante todo este tiempo por su influencia social, económica y política, mantuvo una erguida posición democrática con inclinación hacia la derecha. Ha sido un faro del civismo de esa ciudad a todo lo largo de su historia. En las democracias verdaderas deben tener cabida todas las maneras de ver el mundo. Pero que un diario tan importante y prestigioso como El País pase a convertirse en parte de ese monopolio de intereses empresariales y a seguir los lineamientos de la que será ahora su hermana, la revista Semana, donde se habla bien o mal de las personas y de los hechos según sirva o no a los intereses del balance contable de un conglomerado poderoso, es un grave acontecimiento para la democracia y para la independencia de la prensa. Desde este templo de la libre opinión que es EJE 21 vemos con tristeza e inquietud cómo se va formando un monstruo posiblemente incontrolable, que absorberá un periódico que fue siempre fiel a su propia doctrina política. Es doloroso que los problemas económicos que está enfrentando la prensa escrita en todo el mundo, y los posibles errores en el manejo económico, eso no lo sabemos, hayan llevado al más importante diario del suroccidente colombiano a una situación de iliquidez que no se pudo solucionar.
Grupos económicos de la ciudad de Cali, y de otras zonas del Valle, trataron de comprar el diario para mantenerlo como adalid del civismo de la región. Sin embargo, no pudieron vencer la chequera de los Gilinski, y el gran medio caleño ha pasado a ser parte de un grupo que se está adueñando de todo. No es bueno que se esté monopolizando el manejo de la información en Colombia por un grupo que ya es dueño de la revista Semana, por años la más influyente del país, y que ha dado muestras fehacientes de que ha dejado de ser un medio de comunicación independiente, para convertirse en una poderosa maquinaria de promoción de los intereses particulares del grupo económico al cual pertenece, que la utiliza para elogiar a los que lo respaldan, sobre todo si hacen parte del gobierno de turno, y para denigrar de quienes no lo hacen.
¿Se logrará la paz total? Es indudable que un país que respire una paz total parecida a la que propone el presidente Petro sería algo muy cercano al paraíso terrenal. Buscar esa posibilidad sería una meta común de la mayor importancia para los colombianos. El conocido conflicto entre el logro de una paz más estable y una consecuente disminución en la justicia tal vez se justificaría si hubiera una garantía absoluta de no repetición de los hechos violentos. Para quienes no tenemos amplios conocimientos del derecho, resulta complicado saber si la independencia de los poderes públicos, norma constitucional que rige en los sistemas democráticos, debe primar sobre la posibilidad de que los jefes de estado puedan decidir la suspensión o cancelación de órdenes de captura para adelantar procesos de paz. Esperemos que el presidente Petro, la procuradora Cabello y el fiscal Barbosa terminen por ponerse de acuerdo sobre este asunto. El presidente informó que se va a reunir con el fiscal el 30 de enero y tuvo un gesto positivo al reconocer que dicho funcionario tiene la razón en algunas de las ideas que expone.
Los procesos de paz son largos y complicados. Esperemos que este tenga resultados, y que los gobiernos posteriores lo apoyen con entusiasmo, para ver si logramos por fin, después de más de medio siglo, vivir en un país normal, donde la seguridad y la armonía se vuelvan parte integrante de nuestra manera de vivir.
Dato curioso. ¿Saben ustedes cuál fue el premio mayor de la lotería que se ganó la Registraduría Nacional del Estado Civil con el invento de la cédula digital? El jueves pasado el censo electoral era de 31.147.177 colombianos. A $ 55.750 por cédula, el recaudo total por ese concepto va a ser de $ 1.736.646.000.000. Sí señores: leyeron bien: un billón setecientos treinta y seis mil seiscientos cuarenta y seis millones de pesos. Esto es, ¡más de 1,7 billones! ¿Se imaginan qué van a hacer con ese pocotón de plata? Averígüelo Vargas. Y no sabemos todavía si va a haber tarjetas de identidad digitales para menores de edad, lo cual aumentaría la clientela a más de 50 millones. Todo para que a los colombianos, como hacen en China con los chinos, nos puedan mantener constantemente vigilados. Y que conste que no es invento de Petro, s
