Vuelven las negociaciones con el ELN
Negociaciones con el ELN. Esta es la más importante noticia de los últimos años en Colombia: se van a reiniciar las conversaciones de paz entre el gobierno de nuestro país y el ELN. Hace más de cuatro años, por decisión del gobierno de la época y a raíz del absurdo ataque del ELN a la escuela de policía General Santander de Bogotá que causó la muerte de varios cadetes y que nadie duda en condenar, se habían interrumpido unas conversaciones que estaban en marcha, y solo ahora, por decisión del presidente Petro, se van a reanudar. Vale la pena recordar uno de los grandes errores diplomáticos del anterior presidente: a raíz de ese atentado y de la suspensión de las conversaciones, nuestro gobierno de entonces buscó por todos los medido obligar al de Cuba, que tanto había hecho por apoyar la paz en Colombia, a violar el solemne compromiso internacional establecido en un protocolo acordado por todas las partes involucradas, que contemplaba la garantía del regreso, sanos y salvos, y su retorno a las selvas, de los delegados del ELN que se encontraban en La Habana negociando con Colombia, si las conversaciones llegaran a suspenderse, fuese cual fuese el motivo. Duque pretendió que se desconociera el contenido de ese protocolo, y que Cuba cohonestara al gobierno colombiano en la comisión del delito con nombre de bolero que se llama perfidia, pusiera presos a los delegados de la guerrilla y los extraditara a Colombia. Obviamente Cuba se negó, y Colombia mantuvo durante todos estos años la presión sobre el gobierno cubano para que colaborara en la violación del pacto. Es obvio que los estados no pueden darse el lujo de incumplir acuerdos internacionales. Olvidaba Duque que, en materia de compromisos de esa índole, pacta sunt servanda. En la situación actual, el nuevo gobierno corrigió ese inveterado error y aceptó el regreso de los guerrilleros a sus territorios, como paso previo para las nuevas negociaciones que se van a emprender. Los colombianos que han sido víctimas de esta guerra estúpida se llenan de esperanza. Ese es tema obligado en este momento, después de más de 4 años de haberse suspendido esas negociaciones. Nadie puede asegurar que el proceso vaya a tener éxito, nadie puede prever si, como en el caso con las FARC, algunos de los que firmen los acuerdos a los que se llegue decidan finamente traicionarlos. Pero no se puede cejar en el empeño de tratar de completar la paz en Colombia. Después de la violencia política de los años 40 y 50 del siglo pasado, y de 60 años de un terrible conflicto armado con las guerrillas, es necesario agarrarse a cualquier posibilidad de pacificar esta patria ensangrentada y empezara a vivir de manera civilizada.
Ya alcanzamos a conocer momentáneamente lo que significa la paz. Firmado el acuerdo con las FARC, el país la vivió durante algunos meses en un ambiente calmado y tranquilo, sin helicópteros que llagaran diariamente a las azoteas de los mayores centros hospitalarios del país, como ocurría sistemáticamente, por ejemplo, en la Fundación Valle de Lili de Cali o en el Hospital Militar de Bogotá, con soldados gravemente heridos, muchas veces ya moribundos. Alcanzamos incluso a ver la reactivación del turismo terrestre por todo el país. Desafortunadamente la dicha duró poco, y el gobierno que heredó los acuerdos trató más bien de torpedearlos que de cumplirlos. Pero ya supimos, por un lapso de pocos meses, cómo es la paz. Es inaudito que ese hermoso pero corto período que vivimos no pueda prolongarse en el tiempo. El camino por recorrer es largo por el aumento del poder del ELN y la proliferación de grupos armados de todos los pelambres, pero la esperanza es lo último que se pierde.
El acuerdo con FEDEGAN. El gobierno ha firmado con el gremio ganadero, liderado por el presidente de FEDEGAN, José Félix Lafaurie, un compromiso por el cual los ganaderos venderán al Estado tres millones de hectáreas de tierras productivas, para que sean entregadas a campesinos sin tierra o con tierra insuficiente, para dar así cumplimiento al primer punto del acuerdo de La Habana firmado entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC. Este episodio presenta dos aspectos esperanzadores. En primer lugar, de manera inmediata, parecería alejar un poco el fantasma de las expropiaciones y las extinciones de dominio, fantasma que tanta incertidumbre ha generado con motivo del ascenso de la izquierda al poder en Colombia. Si se trata de una gigantesca operación de compraventa llevada a cabo en términos de equidad, los propietarios de bienes en este país pueden respirar un poco más tranquilos. En segundo lugar, y ya a plazo más largo, surge la esperanza de que finalmente se pueda llevar a cabo en Colombia una verdadera reforma agraria. Todo depende ahora del manejo que el gobierno logre darle al proceso. No están resueltas todas las inquietudes, y quedan muchas tareas por emprender. No se sabe de dónde va a salir la cantidad de dinero que se requiere para esas compras, ni están definidos los mecanismos para decidir a quién se le compra y a quién no, ni, lo más importante, a quiénes se van a entregar esos terrenos. En ambas actividades, existen amplias posibilidades de favorecimientos indebidos que podrían dar al traste con las buenas intenciones.
Otra vez sin días sin IVA. Es natural que en los ires y venires de la aprobación de medidas tan importantes como la reforma tributaria que se discute actualmente, se den traspiés, se cambien decisiones y se patine un poco hasta obtener un resultado final. Es normal. Por otra parte, siempre habrá personas que estarán de acuerdo con algunas de las decisiones finales, y personas que estarán en contra. También es normal. Lamentamos que los días sin IVA, que habían sido condenados desde el principio por el ministro Ocampo pero que se habían rescatado en las discusiones iniciales, hayan sido finalmente descartados en el nevo articulado. Pero así es el juego democrático, y el impulso positivo que esos días generaban a la economía, está eliminado por ahora, y se ve muy difícil que en las discusiones de las plenarias del congreso se logre revivir. Creemos que no es una buena decisión, pero habrá que resignarse.
Los Juegos Nacionales. Los Juegos Nacionales 2023 están programados para finales de ese año en las tres capitales del antiguo Caldas, y en Cameguadua en Chinchiná. Leímos en alguna parte que las competencias de ciclismo en pista de dicho evento, cuya sede iba a ser el velódromo de Pereira, se trasladarían a Cali, dado el alto costo que tendrían las obras de recuperación del hermoso velódromo que se había construido hace años en esa ciudad. Según se entiende, esa instalación deportiva estaba tan descuidada que se había llegado incluso a proponer que se construyera un velódromo nuevo. Según lo que leímos, la decisión final fue llevarlos a Cali cuyo velódromo, tal vez el mejor del país, está perfectamente habilitado porque en él se realizan continuamente competencias nacionales e internacionales con cumplimiento de todas las exigencias técnicas.
Es una lástima que Manizales no haya aprovechado estos juegos para mejorar su pobre inventario de escenarios deportivos. Se mejorarán, por supuesto, las instalaciones de natación y patinaje del Bosque Popular, y se hará alguna adecuación al pequeño Coliseo Mayor y al –más pequeño aún– Coliseo Menor. Y puede que se construya el llamado coliseo multipropósito, si es que termina por fin el carameleo de las administraciones del departamento de Caldas y del municipio de Manizales, que andan tirándose la pelota hasta poner en peligro que esa obra, la única realmente nueva que se ha proyectado para Manizales, logre hacerse a tiempo. Afortunadamente, las que sí parece que se culminarán serán las instalaciones para competencias en aguas abiertas en la represa de Cameguadua en Chinchiná, lo que sí será un logro para esta ciudad que es uno de nuestros destinos turísticos inmediatos y que deberán quedar, después de los juegos, como una gran oferta turística y deportiva para los caldenses. Esperemos que así sea.
