Un amor imperecedero
¡Ah! Siempre habrá nostalgia y deseo insaciable de estar cerca, de acariciar sus breves valles y ascender a sus laderas en un ceremonial místico de indeleble cariño, donde el alma trasciende la existencia terrena y se deja llevar por los sutiles trazos de la inconfesable pasión.
Vivir a su lado, sin estar cerca, es alimentar el afecto con la certeza de lo cierto y la exactitud de llegar a tiempo al encuentro cósmico. Sólo era suya la primera semana de enero al pasar el año viejo y en los últimos tiempos se le entregaba de lleno, por un fin de semana, cada noviembre al llegar la estación de invierno. Ella apesadumbrada, vestía sus mejores galas e impregnaba el ambiente de inverosímiles esenciales, ¡lo embrujaba con un susurro! Arrebatada le ponía en la desvencijada pianola, ubicada en el rincón del Café Cigarra, los acordes de un pasodoble de armiño, para que él fuera tan vulnerable y cándido de dejarse sitiar por los lazos irrompibles del apego inmortal.
La hechicera abría su capa para que no sintiera la gélida noche, para que él supiera que estaba en casa, que creía en él por encima de la fatal envidia y que todos sus habitantes lo querían como era: imperfecto, fogoso, adalid de la causa y defensor a ultranza de su segundo hogar. Este amor fue compacto como el árbol que echa raíces sobre tierra abonada, el cual sólo podía dar como fruto: la fidelidad, la lealtad, el sentido de pertenencia y la identidad. Era para ella, una bocanada de constante delirio y obsesión. Fue un movimiento telúrico interior que nunca agrietó su razón.
Luchar por la preservación de ese sentimiento no fue motivo de esfuerzo, porque todo fluía tan libre y natural como lo es la adhesión indivisible que brota del diáfano manantial.
Ella empinada en lo alto, creyó en él, le extendió sus brazos hasta el día que Dios ejecutó su sagrado tiempo. ¡Eh aquí! a éste hombre perdidamente ENAMORADO, éste quijote, esa leyenda, quien hoy vuelve a su regazo para pedirle permiso de dejar caer las forasteras cenizas sobre su acogedor vientre, mientras su alma y espíritu danzan en torno a este memorable recinto.
Sí, ¡mi Padre está de vuelta a su Manizales del Alma!, a la ciudad que le abrió las puertas de su corazón y le llenó cada poro de inexorable felicidad.
Papá, aquí estamos cumpliendo tu última voluntad de depositar las cenizas de tu cuerpo terreno al lado y en el centro de quienes te amaron sin avaricia, de aquellos que te hicieron eternamente feliz. Acá, junto al señor de la chaza que colgaba su radio para escuchar tu premonitoria voz, cerquita al balcón de la señora vestida de roja, quien nunca estuvo en la plaza, que gritaba “me hiciste llorar, Ramón, ¡qué corrida la de ayer!, Insobornable ¿cierto que tenemos la mejor feria de América?, y allí en frente del carrito de papas fritas que una noche de embriaguez taurina, compraste para regalarle al río humano de la calle 23, “porque Manizales es la Sevilla de América”, tu musa, tu inspiración más autentica y tu otro amor verdadero.
Hace más de cinco décadas te pusiste la cincha del cable para observar cerquita a las nubes la piel que cubre tu Manizales. Ahora desde el Cielo seguirás pregonando su grandeza y sentenciando bendiciones sobre esta irrepetible raza, encima de esta Gente que te colmó de afecto e inscribió tu historia de amor imperecedero.
Sí, ahora con picardía vuelves a sonreír, porque somos tu cuerpo, llevamos en alto tu nombre, vives en nuestra alma y llenas nuestro espíritu. Estamos aquí por ti y para siempre, en tu otra casa.
Gracias a todos por HACERNOS TAN FELICES al dejar descansar a nuestro amado e imborrable padre, esposo, abuelo y amigo, junto a Ella: SU MANIZALES DEL ALMA. ¡Y OLÉ!
*Especialista en Producción Televisiva y Radiofónica
Manizales, 6 de enero de 2012