El caos invernal y la emergencia económica
Por: Albeiro Valencia Llano
El gobierno de Juan Manuel Santos se había planteado el Plan Nacional de Desarrollo, Prosperidad para Todos, basado en cinco locomotoras: agro, vivienda, infraestructura, minería y ciencia y tecnología, pero la emergencia invernal cambió las prioridades de los colombianos.
Cuando agonizaba el año 2010 las cifras de daños causados por las inundaciones producían espanto: dos millones doscientas mil personas afectadas por las lluvias, en 710 municipios, de 28 departamentos; 300 muertos; 59 desaparecidos y daños calculados en 10 billones de pesos.
Según Asocaña en el Valle del Cauca hay 10.900 hectáreas inundadas, pero en el país la cifra superó el millón. A las represas ya no les cabe más agua; tres importantes distritos de riego están seriamente afectados y 254 vías nacionales se encuentran impactadas y 53 tienen cierre total. El desplazamiento tocó al sector pecuario: 1.500.000 vacunos fueron llevados a zonas altas. El río Magdalena superó la marca de 18 mil metros cúbicos por segundo, y el río Cauca mostró record histórico de caudal, con 1.088 metros cúbicos por segundo, pasando por el puente de Juanchito, en Cali.
Así vemos cómo nuestro país está viviendo una de las peores tragedias naturales de su historia ¿Quién es el culpable? No hay que buscar el ahogado río arriba: nos acostumbramos a irrespetar la naturaleza.
Nuestros antepasados respetaban la tierra
Nuestros antepasados eran excelentes agricultores. Observaban el cielo, conocían las fases de la luna y la posición de algunas constelaciones. De este modo aprendieron a conocer el tiempo para organizar las sementeras: preparación del terreno, siembra, desyerba y cosechas. Otras señales indicaban la época de siembra, como la floración de ciertas plantas, la muda de hojas y la migración de las aves. Veneraban y respetaban la tierra. Decían que “la tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella. Es nuestra vida y tenemos que cuidarla”. El sacerdote subía a uno de los cerros tutelares y desde allí arrojaba maíz, frisoles, yuca y papa, como tributo; cuando el suelo se agotaba lo dejaban descansar y buscaban otros campos para cultivar.
Los zenúes, de la región de La Mojana, donde se unen el Cauca y el Magdalena, podían controlar las inundaciones. Respetaron las grandes ciénagas de Panzenú; aprovecharon el tiempo de verano para cavar, construyeron una inmensa red de canales. Socavaban la tierra y la amontonaban sobre las plataformas para proteger las casas cuando llegaba el tiempo de las lluvias. Así no se inundaban sus pueblos, ni las sabanas del Finzenú que llegan hasta el mar. Panzenú es una mezcla de tierra y agua. “La gente es como las ranas y las tortugas, viven con placer en el agua y en la tierra”.
Los culpables de la tragedia invernal
Y apareció la voraz codicia de los grandes hacendados, alterando el cauce natural de los ríos para arrebatarles tierra. El río Magdalena tenía su cauce por un reguero de ciénagas que lo comunicaban con la bahía de Cartagena. A mediados del siglo XVII los españoles construyeron el Canal del Dique, brazo artificial que le sacaron al río Magdalena, para favorecer la navegación desde el puerto colonial con el interior del país. En su recorrido de 102 kilómetros hay un rosario de ciénagas, pero desde 1950 los ganaderos empezaron a desecarlas y a romper meandros para quitarle curvas al río; de este modo ampliaron sus propiedades. Y le imprimieron velocidad al río y la furia del agua, el 30 de noviembre, rompió un terraplén que se construyó hace casi medio siglo, para contener las aguas del Canal del Dique.
La misma historia se ha repetido con los ríos Sinú, San Jorge, bajo Magdalena y bajo Cauca. Al Sinú le cambiaron el cauce para abrirle paso a la represa de Urrá; y los ríos tienen memoria y reclaman sus lechos. Por esta razón el Canal del Dique pasó la cuenta de cobro: su ruptura desparramó las aguas hasta el embalse del Guájaro y se produjo un solo cuerpo de agua de 550 kilómetros cuadrados, en el sur del departamento del Atlántico.
Pero, además, es un problema gravísimo la sedimentación de ríos y ciénagas. Sólo el río Magdalena arrastra más de 400 millones de toneladas al año, por el derrumbe de montañas y por las cuencas deforestadas. La deforestación de laderas es la causa de los deslizamientos que arrasa viviendas, aldeas y pueblos. Es que la tala de los árboles no se detiene; el Magdalena, el río de la Patria, perdió el 85 por ciento de sus árboles. Son muchos los culpables de la tragedia invernal, pero paga el pueblo. Los grandes hacendados siempre encuentran refugio.
A grandes males, grandes remedios
La emergencia invernal tocó las tres primeras locomotoras de la estrategia de crecimiento y prosperidad: agro, vivienda e infraestructura; como consecuencia el gobierno de Santos tendrá que considerar la nueva locomotora de la reconstrucción. Su administración se debe orientar a buscar nuevos recursos, pero al mismo tiempo tendrá que atender a más de dos millones de damnificados. Los analistas dicen que hay que reponer lo pedido pero, además, “hacer lo que nunca se ha hecho”. Ante la tremenda tragedia la administración nacional debe aprovechar la coyuntura para resolver los problemas estructurales que el invierno puso al desnudo.
Los damnificados dicen que el problema no se resuelve con carpas y mercados a corto plazo, mientras cesan las lluvias y las aguas regresan a su cauce. Se debe resolver la urgencia cotidiana, pero mirar en el mediano y largo plazo. Ojalá se cumpla la meta del gobierno: que todos los afectados, en el mediano plazo, queden mejor de lo que estaban.