23 de junio de 2026

Trump congela el envío de misiles y deja a Ucrania sin su carta de presión frente a Moscú

19 de octubre de 2025
19 de octubre de 2025
Crédito: Volodimir Zelensky – Instagram

Por: Redacción internacional EJE 21 


Madrid, 19 de octubre 2025. Un cambio drástico de rumbo en Washington ha dejado a Ucrania en una posición aún más frágil. Donald Trump, que había coqueteado con la idea de entregar misiles de largo alcance Tomahawk a Kiev, ha retirado finalmente su oferta, desmantelando una de las pocas opciones que tenía el Gobierno de Volodímir Zelenski para presionar a Vladímir Putin en el campo diplomático.

La decisión se conoció tras la reunión del viernes en la Casa Blanca, un encuentro que, según fuentes cercanas a la delegación ucraniana, transcurrió con un tono más frío de lo esperado. Trump, recién llegado de su gira por Oriente Próximo —donde se atribuyó el mérito del alto el fuego en Gaza—, aspiraba a presentarse ante el mundo como el “pacificador global” capaz de cerrar los dos conflictos más explosivos del planeta. Pero el entusiasmo inicial se desvaneció pocas horas después, cuando una llamada de Moscú alteró la ecuación.

Según diplomáticos europeos, el presidente ruso habría advertido a Trump del riesgo de una “escalada nuclear” si Estados Unidos transfería los Tomahawk a Kiev. El argumento de Putin no es nuevo: Rusia sostiene que estos misiles son indistinguibles, a nivel técnico, de los que pueden portar cabezas atómicas. La amenaza surtió efecto. El mandatario estadounidense, sensible a los gestos de poder y a las apariencias de victoria, optó por retirarse a tiempo y presentarse como mediador, no como beligerante.

Sin embargo, más allá de la presión del Kremlin, la decisión responde también a una lógica interna. Ucrania carece de las plataformas necesarias para lanzar misiles Tomahawk: ni buques, ni submarinos, ni lanzaderas terrestres adaptadas. Incorporar este armamento exigiría años de inversión y preparación. Incluso si la Casa Blanca hubiese dado luz verde, las primeras unidades no estarían operativas hasta 2027. En otras palabras, el gesto habría tenido más valor simbólico que impacto real en el campo de batalla.

Crédito: Potus – White House – Trump

Trump, que ya ve la guerra como un obstáculo en su relato de éxito, ha decidido regresar al terreno de la diplomacia teatral. Su nueva apuesta pasa por convocar una cumbre en Budapest, bajo el patrocinio del primer ministro húngaro Viktor Orbán, el único líder de la Unión Europea abiertamente cercano a Moscú. Allí, Trump pretende ofrecer a Putin y Zelenski un alto el fuego “inmediato e incondicional” basado en las líneas actuales del frente. Una propuesta que, en la práctica, legitimaría las conquistas rusas y consolidaría el statu quo.

El plan ha sido recibido con escepticismo tanto en Kiev como en Bruselas. Para Zelenski, aceptar una paz en esas condiciones supondría una capitulación disfrazada de tregua. Para Europa, significaría admitir que la guerra ha quedado en manos de un trío —Trump, Putin y Orbán— que se mueve entre el pragmatismo y el cálculo político, más que entre los principios democráticos que se suponía estaban en juego.

La retirada de los Tomahawk deja a Ucrania sin una herramienta de disuasión y con un margen de maniobra cada vez más estrecho. En el terreno militar, el país se enfrenta a una ofensiva rusa sostenida y a una fatiga creciente entre sus aliados. En el terreno diplomático, corre el riesgo de ser desplazado del centro de la escena por líderes que buscan protagonismo más que soluciones justas.

Análisis:
La jugada de Trump refleja una tendencia inquietante en la política internacional contemporánea: el retorno de la “paz transaccional”, en la que los conflictos se negocian como acuerdos comerciales y la fuerza moral cede ante el cálculo inmediato. En su afán por presentarse como el hombre que “puso fin a las guerras”, el presidente estadounidense ha priorizado la imagen sobre la sustancia, dejando a Ucrania atrapada entre el cansancio occidental y el oportunismo ruso.

Putin, por su parte, sale fortalecido. Su estrategia de presión indirecta —combinar el chantaje energético, el miedo nuclear y la diplomacia selectiva— ha conseguido lo que no logró en el campo de batalla: dividir a Occidente y forzar un debate sobre el costo político de apoyar indefinidamente a Kiev.

Mientras tanto, Europa observa desde la periferia. Sus gobiernos, cada vez más relegados de las conversaciones clave, intentan mantener viva la ayuda a Ucrania sin provocar un enfrentamiento con Washington o con Moscú. Pero sin el respaldo decisivo de Estados Unidos, la capacidad europea de sostener el esfuerzo bélico ucraniano parece limitada.

A casi tres años del inicio de la invasión, el conflicto ha entrado en una fase donde la diplomacia pesa más que las armas, y donde el desenlace podría definirse no en el frente oriental, sino en los salones de negociación. La retirada de los Tomahawk no es solo un revés militar: es la señal más clara de que Ucrania está quedando sola en una guerra que, para muchos en Occidente, ya no merece el precio de seguir luchando.