23 de junio de 2026

Macron acorralado, Francia ante su mayor crisis política desde De Gaulle

12 de octubre de 2025
12 de octubre de 2025
Crédito: Emmanuel Macron

Por: Redacción política EJE 21  — París

Paris, 12 de octubre 2025. Francia vive una crisis política de una profundidad que no se veía desde los días más convulsos de la Quinta República. La decisión del presidente Emmanuel Macron de reinstalar a Sébastien Lecornu como primer ministro, apenas cuatro días después de su renuncia, ha provocado una tormenta política que atraviesa tanto al Ejecutivo como a la sociedad francesa. Lo que se presenta como un intento de mantener la estabilidad institucional, muchos lo interpretan como el gesto desesperado de un líder que ya no logra dominar la escena política que él mismo contribuyó a fracturar.

El retorno de Lecornu a Matignon, después de un efímero gobierno de apenas 14 horas, simboliza la soledad política de Macron. Su decisión, tomada pese a la resistencia de su propio campo y de todos los partidos consultados, revela la obstinación de un presidente que insiste en gobernar sin alianzas ni concesiones, incluso en un país donde el equilibrio parlamentario se ha convertido en una rareza.

El círculo cerrado del macronismo

Macron, quien en 2017 irrumpió como el adalid de una “nueva política” que prometía superar las divisiones tradicionales entre derecha e izquierda, se ha convertido en prisionero de su propio modelo presidencialista. Hoy gobierna desde un Palacio del Elíseo rodeado de desconfianza y aislamiento. La estrategia de aferrarse a un círculo reducido de colaboradores leales —con Lecornu a la cabeza— ha terminado por agotar su capital político.

Desde la disolución del Parlamento en junio de 2024, el presidente no ha logrado recomponer el consenso mínimo necesario para gobernar. Su negativa a aceptar una cohabitación con la izquierda, vencedora en las legislativas, ha sumido a Francia en un vacío institucional inédito. La sucesión de primeros ministros —cuatro en poco más de un año— es el síntoma más evidente de una maquinaria política que ha perdido cohesión y credibilidad.

En los pasillos del poder, algunos analistas hablan ya de un “macronismo agotado”, una fórmula política que, al basarse en la verticalidad y en la concentración del poder en la figura presidencial, se muestra incapaz de adaptarse a la fragmentación del país. Macron, que alguna vez representó el pragmatismo y la apertura, se ha convertido en símbolo de un presidencialismo autista.

(Francia) EFE/EPA/TERESA SUAREZ / POOL

Un país sin mayoría y al borde del bloqueo

La nueva tarea de Lecornu parece casi imposible: formar un Gobierno que logre aprobar los Presupuestos antes del 31 de diciembre, en un Parlamento sin mayorías estables. La situación es explosiva. Los Republicanos, socios ocasionales de Macron en votaciones clave, ya han anunciado que no participarán del nuevo Ejecutivo. El Partido Socialista condiciona cualquier apoyo a la suspensión de la impopular reforma de las pensiones, mientras que la extrema derecha y la izquierda radical preparan nuevas mociones de censura.

El escenario parlamentario francés se asemeja a un campo minado. Cualquier paso en falso podría desembocar en un nuevo bloqueo institucional o incluso en una disolución anticipada de la Asamblea Nacional, una opción que algunos asesores del Elíseo temen tanto como la posibilidad de una derrota electoral devastadora.

“Macron ya no gobierna; sobrevive día a día”, señalaba esta semana un ex ministro de su primer mandato en declaraciones a Le Monde. “Ha perdido la capacidad de imponer una visión y se aferra al poder como quien trata de detener el tiempo.”

De la crisis política a la tormenta económica

El trasfondo de esta parálisis es un panorama económico preocupante. Francia registra un déficit público del 5,8% del PIB y una deuda que supera el 114%, cifras que la sitúan entre los países más endeudados de la zona euro, solo por detrás de Grecia e Italia. La posibilidad de que el Parlamento no logre aprobar los Presupuestos a tiempo inquieta a Bruselas y a los mercados financieros, que observan con recelo el deterioro de la segunda economía europea.

Las tensiones fiscales coinciden con un clima social enrarecido. Las protestas contra la reforma de las pensiones siguen latentes, los sindicatos anuncian nuevas movilizaciones, y la inflación continúa erosionando el poder adquisitivo de las clases medias. En este contexto, la desconfianza hacia las élites políticas se traduce en un avance sostenido del Reagrupamiento Nacional (RN) de Marine Le Pen.

Crédito: Marine Le Pen

El riesgo Le Pen: la amenaza que Macron no logra contener

El mayor beneficiario de esta crisis es, sin duda, el partido de extrema derecha. Marine Le Pen y su delfín político, Jordan Bardella, han sabido capitalizar el descontento con un discurso que mezcla soberanismo económico y rechazo al “autoritarismo tecnocrático” de Macron.

El RN, que ya encabeza las encuestas de intención de voto, no solo aspira a dominar la Asamblea Nacional, sino a convertir las próximas presidenciales en un referéndum contra el propio sistema. Bardella, al frente del grupo “Patriotas por Europa” en el Parlamento Europeo, representa la nueva cara de una derecha radical que ya no teme hablar de “reconfigurar” la Unión Europea desde dentro.

La posibilidad de que Francia, potencia nuclear y miembro fundador de la UE, caiga bajo el control de un partido euroescéptico es vista en Bruselas como un punto de inflexión. A diferencia de Hungría o Italia, una Francia gobernada por Le Pen pondría en jaque el corazón mismo del proyecto europeo. Sin París, la integración continental perdería su pilar histórico y simbólico.

Europa en vilo

La crisis francesa tiene, por tanto, una dimensión continental. Con la guerra en Ucrania aún abierta, la inestabilidad de Medio Oriente y el regreso de Donald Trump al escenario internacional, la Unión Europea necesita cohesión más que nunca. Pero la fragilidad de Macron amenaza con paralizar el eje franco-alemán, motor tradicional de las grandes decisiones europeas.

Mientras tanto, el vacío político en París alimenta el relato populista de quienes, desde Roma o Budapest, celebran el desgaste del “viejo orden europeo”. Francia, el país que alguna vez fue sinónimo de estabilidad institucional y liderazgo intelectual, corre el riesgo de convertirse en el epicentro de una fractura que debilite a toda Europa.

Un presidente sin salida

Macron enfrenta el dilema de los presidentes agotados: si cede, pierde poder; si resiste, profundiza la crisis. Su insistencia en mantener el control absoluto del Ejecutivo lo ha aislado incluso de sus antiguos aliados centristas, mientras la ciudadanía percibe un Gobierno que legisla por decreto y gobierna de espaldas a la calle.

El presidente que se presentó como el renovador de la política francesa ha terminado personificando su agotamiento. Y aunque Lecornu logre, contra todo pronóstico, aprobar los Presupuestos, el daño político parece irreversible.

Francia, una vez más, se encuentra ante una encrucijada histórica. Lo que está en juego no es solo la supervivencia del macronismo, sino el futuro del sistema político francés y, con él, la estabilidad del proyecto europeo.