4 de junio de 2026

Editorial La economía colombiana crece, pero no es momento de fuegos artificiales

Por La Redactora
3 de octubre de 2025
Por La Redactora
3 de octubre de 2025

A pocos meses de terminar 2025, Colombia presenta una recuperación económica con matices. Las cifras oficiales destacan el repunte del sector servicios y una baja en el desempleo, pero detrás del optimismo se esconde una realidad más compleja: informalidad persistente, un campo debilitado y un déficit fiscal que se dispara.

 

Colombia entra al tramo final de 2025 como un tren que avanza, pero con uno de sus vagones descarrilado. Las cifras macroeconómicas invitan al optimismo: la economía crece, el desempleo baja y algunos sectores productivos muestran vigor. Sin embargo, al mirar por la ventanilla, el paisaje es menos alentador. La informalidad campea, el campo se estanca, los precios no ceden y el déficit fiscal amenaza con desbordarse. Es una recuperación desigual, donde el movimiento no siempre significa progreso.

Porque sí, la economía crece, y lo hace a buen ritmo. Un 5,55% interanual en el sector servicios no es cualquier cifra: es una locomotora en marcha, empujada por el comercio, el transporte, el turismo y el sistema financiero. También hay señales positivas en la industria y la construcción, con un 4,32% de crecimiento. Pero más allá de los porcentajes, lo que preocupa es lo que no se ve en los gráficos de PowerPoint del DANE: la calidad de ese crecimiento, su sostenibilidad, y sobre todo, su capacidad para generar empleo digno.

Los titulares celebran que el desempleo se ubicó en 8,6% en agosto, el mejor dato para ese mes en décadas. Pero más allá del dato frío, la realidad laboral colombiana sigue marcada por un fenómeno estructural: la informalidad.

¿Quién cuenta como trabajador en Colombia? El que está ocupado, responde el DANE. ¿Y qué significa estar ocupado? Básicamente, cualquier persona que se declare activa, aunque su ingreso dependa de vender empanadas en una esquina, trabajar sin contrato en una obra o hacer domicilios sin seguro ni prestaciones. La pregunta clave —“¿Está usted buscando trabajo?”— se responde en clave cultural: el colombiano no se declara desempleado, se declara “rebuscador”.

Así, de los 23,8 millones de personas ocupadas, más de la mitad lo hace al margen de la seguridad social. El sistema los registra como parte del engranaje productivo, pero no tributan, no cotizan, no tienen acceso a pensión ni a protección laboral. En resumen, no están incluidos de forma real en el modelo económico.

La recuperación no es homogénea. Mientras los servicios avanzan y el Estado —a través de la administración pública, defensa y salud— sigue absorbiendo empleo, el sector primario se contrae un 1,62%. La agricultura, la minería, la pesca: actividades que, en teoría, deberían sostener el tejido económico rural y aliviar la pobreza, retroceden.

Y esto sucede en un país donde más de 12 millones de personas viven en zonas rurales, y donde las promesas de paz y desarrollo siguen atadas al destino del agro. El crecimiento sin campo es una recuperación coja.

Además, mientras los hombres ocupados aumentaron un 3,3%, el empleo femenino se contrajo levemente (–0,5%). Otro recordatorio de que el crecimiento, cuando no se cuida, puede ensanchar las brechas existentes.

El dato inflacionario tampoco es menor: un 5% interanual que sitúa a Colombia como la cuarta economía con mayor inflación de la región, solo detrás de Venezuela, Argentina y Haití. Y si a esto se suma una tasa de interés del 9,25%, el mensaje es claro: el dinero es caro, y la vida también.

En este contexto, el consumo interno se resiente, el acceso al crédito se restringe y la recuperación se ralentiza. El crecimiento se convierte en una carrera cuesta arriba.

Pero el verdadero nubarrón está en las finanzas públicas. Para 2026, el Gobierno proyecta destinar casi 120 billones de pesos al servicio de la deuda, lo que llevaría el endeudamiento al 60% del PIB. Y todo esto, sin una regla fiscal clara que ponga freno a la expansión del gasto.

En otras palabras: se gasta más de lo que se recauda, en un país donde la informalidad erosiona la base tributaria y los grandes contribuyentes siguen teniendo múltiples vías de escape.

¿Y los precandidatos presidenciales? Silencio. A menos de un año del arranque de campaña, pocos se atreven a hablar de la economía con honestidad. Nadie quiere pagar el costo político de anunciar recortes, ajustes fiscales o reformas impopulares. Pero el reloj avanza.

El país entra en el último trimestre del año con desafíos ineludibles: cerrar presupuestos, atraer inversión, abrir mercados, pero sobre todo, crear un marco económico que permita una verdadera inclusión. No basta con crecer: hay que crecer bien, y para todos.

Colombia no necesita fuegos artificiales económicos. Necesita instituciones sólidas, empleo formal, inversión en infraestructura productiva y una visión de país más allá del calendario electoral. Porque si no, ese 5% de crecimiento solo será un espejismo que esconde un vaso no medio vacío, sino peligrosamente agrietado.