Editorial El multilateralismo en crisis
Creada tras el horror de la Segunda Guerra Mundial, la ONU representó durante décadas la esperanza de un orden basado en normas y diplomacia. Poco después de su 80º aniversario, su futuro es tan incierto como el de las relaciones internacionales que pretende ordenar.
No es la primera vez que se le canta un réquiem anticipado a la ONU, y probablemente no será la última. Pero esta vez la orquesta es más ruidosa, los solistas más estridentes, y el aniversario –80 años de su fundación– más propicio que nunca para preguntarse si el multilateralismo sobrevive o si lo que vemos es su largo y doloroso ocaso.
En apenas unos días, tres presidentes —cada uno con sensibilidades políticas distintas— han coincidido en poner en entredicho la utilidad de la organización. Donald Trump, desde Nueva York, cargó contra lo que considera un aparato burocrático que limita la soberanía nacional y promueve la inmigración descontrolada. Javier Milei, fiel a su retórica liberal-libertaria, la definió como un “Leviatán” que coarta las libertades individuales. Gustavo Petro, por su parte, denunció su “crisis de funcionamiento” y la desconexión entre sus decisiones formales y su aplicación real. Aunque disímiles en forma y fondo, sus críticas apuntan a una misma inquietud: la percepción de que la ONU ya no responde a los desafíos del presente.
Tres voces, tres estilos, pero una misma conclusión: la ONU no funciona. O al menos, no como debería.
El epicentro de este naufragio es el Consejo de Seguridad, ese núcleo duro diseñado para preservar la paz y que hoy es, más bien, un teatro de vetos cruzados. Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido mantienen un poder de parálisis absoluta. Basta un “no” de cualquiera de ellos para congelar cualquier intento de acción colectiva.
La distorsión es evidente: cinco potencias dictando el ritmo a 188 países más. Un diseño que quizá fue funcional en la Guerra Fría, pero que hoy parece un anacronismo intolerable.
Y mientras tanto, el financiamiento se tambalea. Washington —bajo Trump, ahora nuevamente presidente— ha recortado aportes, abandonado organismos como la Unesco o la OMS, y condicionado su apoyo al alineamiento político. No se trata solo de un problema presupuestario, sino de algo más profundo: una crisis de confianza. Si el principal accionista desprecia la institución, ¿por qué deberían los demás seguir creyendo en ella?
La tentación de dejarla atrás es creciente. Proliferan los foros paralelos: el G20, los BRICS, la Unión Africana, la OEA. Algunos más inclusivos, otros más cerrados. Todos comparten una idea: que la ONU ya no es suficiente.
Pero ninguno de ellos tiene lo que la ONU aún posee: legitimidad universal. Las 193 banderas que ondean en su sede de Nueva York no son solo un símbolo, son un recordatorio de que, por caótica que sea, es la única mesa donde todos están invitados. Y donde, al menos en teoría, todos tienen voz.
Por eso, más que abolirla, lo que se impone es reformarla. Reducir el poder de veto. Garantizar un financiamiento estable. Reforzar los mecanismos de mediación. Recuperar el papel de árbitro imparcial. Nadie dice que sea fácil, pero la alternativa —un mundo sin reglas mínimas compartidas— es peor.
A sus 80 años, la ONU atraviesa una etapa de profunda fragilidad. Acusada de rigidez estructural, falta de recursos y escasa capacidad de respuesta ante las grandes crisis del presente, la organización parece alejarse del papel que alguna vez desempeñó con eficacia. Y sin embargo, sigue siendo —con todas sus limitaciones— el único foro verdaderamente universal donde los Estados pueden dialogar bajo un marco común de reglas. Renunciar a ella, sin una alternativa creíble, sería correr el riesgo de un mundo aún más imprevisible, sin espacios mínimos de consenso.
El problema, en el fondo, no es la ONU. Son los Estados. La organización no es más que el espejo donde se refleja la voluntad —o la falta de ella— de sus miembros. Y hoy ese espejo muestra un mundo cada vez más fragmentado, más desconfiado, más dado a resolver sus diferencias a codazos.
Queda entonces una pregunta, tan urgente como incómoda: ¿están los países dispuestos a salvar el multilateralismo, o prefieren seguir jugando al sálvese quien pueda?
Porque si algo nos enseñó el siglo XX, es que cuando el diálogo se rompe, lo que sigue no es el orden, sino el caos.