Editorial Una caída histórica del dólar y un respiro incierto para el peso colombiano
Desde el euro hasta el peso colombiano, las monedas del mundo ganan terreno ante una divisa estadounidense sacudida por el aislacionismo y el proteccionismo de Trump. Pero en Colombia, el frente interno complica el panorama.
El dólar ha comenzado 2025 como no lo hacía desde hace más de medio siglo: en caída libre. La divisa que durante décadas ha servido de ancla al sistema financiero global atraviesa su peor arranque de año desde 1973, cuando la Casa Blanca dinamitó el sistema de Bretton Woods y la moneda estadounidense se desligó definitivamente del oro. Desde entonces, ningún semestre había sido tan desfavorable para el billete verde como el que acaba de concluir: el U.S. Dollar Index, que mide su fortaleza frente a una canasta de las principales monedas del mundo, retrocedió un 11% en solo seis meses.
Pero si en aquella ocasión el debilitamiento del dólar se entendía en clave de un rediseño radical del sistema monetario global, en esta el motor de la sacudida es de factura doméstica. Un fenómeno de “autosaboteo”, como lo califican algunos analistas: la agresiva agenda proteccionista del presidente Donald Trump —con sus aranceles a la carta, su desprecio al multilateralismo y su tolerancia fiscal ilimitada— ha deteriorado no solo la confianza en la economía de EE UU, sino también en su divisa como referente de estabilidad.
La respuesta de los mercados no se hizo esperar. Entre enero y junio de este año, monedas como el euro, el franco suizo y el yen japonés se han apreciado a doble dígito frente al dólar. Lo mismo ha ocurrido con algunas divisas latinoamericanas: el peso mexicano subió un 10%, el real brasileño un 11% y el peso colombiano un 8%. En otras palabras, lo que estamos viendo no es tanto el fortalecimiento de estas monedas, sino el vaciamiento progresivo de la hegemonía del dólar.
El caso colombiano, sin embargo, invita a matices. Aunque el peso ha seguido la estela de sus pares regionales en 2025, lo hace desde una posición de partida más debilitada. La historia reciente no se borra con un semestre favorable. En noviembre de 2022, tras un cúmulo de señales confusas por parte del entonces nuevo Gobierno, la moneda nacional llegó a rozar los $5.000 por dólar, una depreciación que no tuvo eco en los países vecinos. Mientras México, Perú y Brasil celebraban flujos de inversión y consolidaban sus políticas macroeconómicas, en Colombia se abría un paréntesis de incertidumbre. Las dudas sobre la independencia del Banco de la República, la amenaza de controles de capital y un discurso hostil hacia el sector productivo provocaron un castigo que aún no se ha saldado del todo.
Hoy, el tipo de cambio ha regresado a niveles cercanos a los $4.000. Un alivio, sin duda, que permite respirar a los importadores, amortiguar la inflación y enviar una señal de calma a los mercados. Pero la pregunta de fondo sigue en el aire: ¿es sostenible esta apreciación?
Porque si bien el viento de cola internacional favorece al peso —como a tantas otras monedas emergentes—, en el plano doméstico se acumulan señales de alerta. El riesgo país ha repuntado en 2025, medido a través del costo de asegurar la deuda colombiana: los Credit Default Swaps a cinco años se han encarecido, reflejando una creciente desconfianza de los inversores. El detonante principal ha sido el deterioro fiscal: la activación de la cláusula de escape de la regla fiscal y un déficit público que amenaza con romper récords recientes han encendido las alarmas.
Los mercados, que hasta ahora parecían anestesiados por la bonanza cambiaria, comienzan a reaccionar. Las tasas de los TES —los bonos del Tesoro colombiano— han escalado a niveles no vistos en décadas. La percepción es clara: el precio del dólar podría volver a moverse si los desequilibrios fiscales no se corrigen, y si el Gobierno no logra reconstruir la confianza de los agentes económicos.
Así, el desenlace del año dependerá de un tira y afloja entre fuerzas externas y tensiones internas. De un lado, el debilitamiento global del dólar puede seguir favoreciendo al peso colombiano. De otro, la fragilidad de las cuentas públicas podría empujar la moneda en dirección contraria. ¿Qué fuerza tirará con más fuerza de la cuerda?
Como tantas veces en América Latina, la respuesta no está en el mercado cambiario, sino en la política. Y no en la retórica, sino en las decisiones. El mundo le ha dado un respiro al peso colombiano. Ahora es cuestión de saber si el país podrá aprovecharlo.