4 de junio de 2026

Editorial Colombia ante la sombra de la amenaza arancelaria

Por La Redactora
11 de julio de 2025
Por La Redactora
11 de julio de 2025

La política comercial de Donald Trump ha vuelto con fuerza, pero esta vez no se limita a defender empleos o manufactura. Ahora, los aranceles sirven también como arma ideológica. América Latina, tradicionalmente en el margen de estas batallas, comienza a sentir el impacto.

En enero, Colombia ingresó al tablero de ajedrez geoeconómico que Donald Trump ha vuelto a mover con brusquedad. El regreso de la amenaza arancelaria, herramienta predilecta de su primer mandato, no se ha hecho esperar. Esta vez, Washington no solo apunta a sus competidores comerciales tradicionales —México, China, Canadá—, sino que empieza a castigar, de forma apenas velada, a quienes considera disidentes políticos. Colombia, aliada histórica de Estados Unidos en el continente, podría no salir indemne de este nuevo orden de prioridades.

Basta con recordar un episodio aún fresco: cuando el presidente colombiano intentó cuestionar las amenazas de deportaciones masivas anunciadas por Trump, la respuesta fue una advertencia fulminante —aranceles del 25%, incluso del 50% en apenas una semana si no se alineaba con la política migratoria. Una sanción que ni siquiera Cuba, Corea del Norte o Irán han sufrido en esa magnitud. El impasse se resolvió por ahora con un gravamen más “moderado”, del 10%, pero el mensaje quedó claro: la afinidad ideológica cotiza más que el Tratado de Libre Comercio.

La reciente ofensiva contra Brasil ha agitado aún más las aguas. El presidente Lula, sorprendido por la imposición de aranceles generalizados a las importaciones brasileñas, convocó de urgencia a su gabinete. La misiva de Trump fue inequívoca: los impuestos responden al trato que recibe Jair Bolsonaro, investigado por conspirar contra la democracia. Para Washington, el juicio al expresidente constituye un ataque a la libertad de expresión y a los valores democráticos… estadounidenses.

Pero la disputa ha escalado. Trump ha prometido que, si Brasil responde con aranceles propios, Estados Unidos aumentará la tarifa impuesta, agregando el porcentaje brasileño al 50% ya anunciado. Una amenaza explícita contenida en una carta personal a Lula, publicada abiertamente en redes sociales. El garrote no solo se exhibe: se blande con agresividad calculada.

La medida contra Brasil forma parte de una ola más amplia de gravámenes que el exmandatario republicano ha anunciado esta semana. Aunque la Casa Blanca había programado el aumento arancelario para decenas de países este miércoles, se ha decretado un aplazamiento táctico de tres semanas, trasladando la entrada en vigor al 1 de agosto. No es una pausa de alivio, sino de presión: tiempo extra para negociar… o alinearse.

Durante ese lapso, Trump ha enviado cartas a una cadena de países —Bangladés, Japón, Corea del Sur, entre otros— informándoles de los nuevos aranceles que deberán asumir si no logran un acuerdo con su administración. El comercio exterior ha dejado de ser un asunto técnico. Hoy es una prolongación de la política exterior por otros medios.

En este tablero incierto, Colombia camina sobre hielo delgado. No tiene el peso de Brasil ni sus reservas diplomáticas. Pero sus vulnerabilidades son mayores. Una elevación arancelaria más allá del 10% sería un golpe letal para una economía que ya camina con muletas. El país atraviesa una crisis fiscal creciente, con un gobierno más preocupado por la reforma tributaria que por la diplomacia económica. La Cancillería está en modo de supervivencia institucional y el Ministerio de Comercio, en silencio estratégico.

Y lo que es peor: Petro no es Lula. Mientras que el mandatario brasileño ha intentado matizar sus críticas a Washington, el presidente colombiano ha sido tajante en su rechazo a las posiciones tradicionales de la Casa Blanca sobre Cuba, Gaza o las deportaciones. El primer gobierno de izquierda en Colombia, con un discurso soberanista y disruptivo, podría convertirse en blanco fácil del escrutinio ideológico estadounidense. En un mundo donde el comercio exterior ya no se mide solo en toneladas exportadas, sino en lealtades políticas, esa distancia ideológica se paga en divisas.

Si el gobierno colombiano no reacciona a tiempo, el vacío lo ocuparán los gremios, los exportadores y, quizás, los mismos empresarios que han sostenido la relación bilateral durante décadas. Pero no basta con gestos simbólicos. Hace falta estrategia. Diplomacia de alto nivel. Capacidad de anticipación. Porque esperar el guarapazo arancelario —sin mover ficha— no es resistencia, es resignación.