4 de junio de 2026

Editorial Petro apuesta por China

Por La Redactora
16 de mayo de 2025
Por La Redactora
16 de mayo de 2025

La firma del acuerdo entre Gustavo Petro y Xi Jinping convierte a Colombia en el más reciente país latinoamericano en unirse al proyecto geoeconómico de China. El país deberá ahora equilibrar su acercamiento a Pekín sin poner en riesgo su alianza histórica con Washington.

 

Por un momento, Colombia giró la brújula de su diplomacia. Lo que históricamente fue una relación casi exclusiva con Washington, ha comenzado a orientarse hacia el Este. En Pekín, en el Gran Salón del Pueblo, el presidente Gustavo Petro Urrego selló con su homólogo Xi Jinping un acuerdo que convierte a Colombia en el más reciente miembro latinoamericano de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el ambicioso proyecto geoeconómico de China.

Se trata, sin exageraciones, de uno de los gestos de mayor calado en política exterior de la historia reciente de Colombia. No es solo una firma. Es un viraje. Un paso que conlleva oportunidades innegables, pero también riesgos considerables. La cooperación pactada incluye cinco ejes estratégicos: transición energética, agroindustria, reindustrialización del sector salud, infraestructura tecnológica e inteligencia artificial, así como movilidad. Todos, sectores neurálgicos para cualquier país que pretenda dar el salto hacia un modelo de desarrollo más sofisticado y sostenible.

Sin embargo, el camino no está exento de tensiones. El giro hacia China ocurre en un contexto particularmente sensible: el conflicto comercial entre Washington y Pekín, agravado por políticas proteccionistas iniciadas bajo la administración Trump y que aún resuenan con fuerza en la política exterior estadounidense. Colombia, tradicional aliado de EE UU, camina ahora sobre una cuerda floja diplomática. El equilibrio que logre —o no— mantener será definitorio.

Tres presidentes colombianos han viajado a China. Solo ahora, bajo Petro Urrego, las conversaciones fructifican en compromisos concretos. Pero lo firmado no constituye un tratado comercial en el sentido estricto. Es un marco, una hoja de ruta. Un paso inicial que, si no se acompaña de acciones coherentes y sostenidas, puede terminar en una acumulación de promesas no cumplidas.

No obstante, el reto de la política exterior colombiana no está solo en avanzar hacia una mayor cooperación con China, sino en no hacerlo a expensas de su relación con Estados Unidos, que sigue siendo su primer socio comercial, destino principal de exportaciones, fuente de inversión y apoyo clave en temas de seguridad y lucha contra el narcotráfico.

Por tanto, la adhesión a la Ruta de la Seda exige más que entusiasmo: requiere estrategia. El desafío no es menor. Colombia arrastra un desequilibrio comercial persistente con China, caracterizado por un flujo sostenido de importaciones de manufacturas y una limitada diversificación de sus exportaciones hacia el gigante asiático.

Además, el sector privado, con frecuencia relegado a un papel secundario en este tipo de acuerdos, deberá ser parte activa. No basta con que la diplomacia selle acuerdos generales. La ejecución pasa, ineludiblemente, por las empresas, por los gremios, por las cadenas productivas. Es allí donde se juega la materialización —o el fracaso— de esta apuesta.

Y hay un mensaje que Colombia debería transmitir con claridad a Pekín: no se trata solo de importar más tecnología o vehículos eléctricos. Si la relación quiere ser simétrica —o al menos, mutuamente beneficiosa—, China debe abrir espacios concretos para productos emblemáticos colombianos.

La geopolítica actual no admite ingenuidades. Estrechar vínculos con China no debería implicar antagonizar con Estados Unidos. Petro lo sabe, o al menos debería saberlo. Su reto no es menor: insertarse en la nueva economía global sin renunciar a la vieja. La habilidad con la que gestione esta nueva relación marcará, en buena parte, el legado internacional de su presidencia. Porque si algo ha demostrado la historia reciente de América Latina, es que no hay peor error que abrazar a una potencia sin cuidar la otra.