Editorial Trump y la economía del desconcierto
Wall Street respira, pero la calma es apenas un espejismo. La suspensión parcial de los aranceles anunciada por Donald Trump responde a un cálculo táctico ante la presión de los mercados financieros. Sin embargo, la falta de una estrategia clara en política comercial aumenta la desconfianza global y siembra nuevas dudas sobre el rumbo económico de Estados Unidos.
Donald Trump acaba de protagonizar otro giro inesperado en su aún breve pero ya caótico segundo mandato. El 9 de abril, frente a la presión de unos mercados financieros que empezaban a entrar en pánico, el presidente estadounidense optó por suspender durante 90 días la aplicación de aranceles generalizados anunciados solo una semana antes. El gesto, en apariencia conciliador, no engañó a nadie.
En su lugar, impuso un arancel del 10% a la mayoría de las importaciones —con la notable excepción de China, que enfrenta un castigo del 125%. Esta maniobra, que se presentó como una respuesta racional a un clima económico inestable, parece más bien un acto de improvisación.
Desde que Trump volvió a la Casa Blanca hace menos de tres meses, analistas, inversores y gobiernos han intentado descifrar la lógica detrás de sus decisiones. Pero, a medida que las promesas se contradicen y las certezas se deshacen, el mapa de su estrategia se revela como un rompecabezas al que le faltan piezas clave. Las rectificaciones a destiempo, las verdades paralelas y la narrativa inflamada que busca justificar lo injustificable ya no logran esconder la inconsistencia estructural de su administración.
El argumento que ofreció Trump para su súbita marcha atrás es casi infantil en su sinceridad: “Estaba observando el mercado de bonos. Es muy complicado. Pero si lo miras ahora, es hermoso”. Como un niño fascinado por las consecuencias de sus propias travesuras, el presidente intenta convencernos de que está reparando lo que él mismo acaba de romper.
Detrás de la aparente calma de los mercados tras su anuncio se esconde un hecho inquietante: la política económica estadounidense parece hoy más dependiente del ánimo de Wall Street que de cualquier plan coherente de crecimiento o estabilidad. El vaivén de las bolsas ha servido, una vez más, como termómetro y detonante de decisiones gubernamentales, en lugar de ser una consecuencia de políticas bien pensadas.
La tregua comercial que Trump ofrece a sus aliados comerciales no es una solución: es una cuenta regresiva. En 90 días, el mundo podría volver al borde del abismo. En este contexto, lo más desestabilizador no es el contenido de sus decisiones —por irracionales o perjudiciales que parezcan—, sino la creciente sensación de que no hay plan alguno detrás de ellas. Solo una mezcla de instinto, vanidad y una peligrosa fe en la improvisación.
El impacto internacional es inevitable. En un mundo interconectado, el proteccionismo estadounidense no solo encarece bienes; también erosiona la confianza en las reglas que han sostenido el comercio global durante décadas. Los aliados se desconciertan, los rivales se reagrupan y los mercados —como animales sensibles al más mínimo ruido— responden con sacudidas.
Lo que más preocupa no es el contenido volátil de las decisiones presidenciales, sino su forma: decisiones tomadas en solitario, justificadas con frases sueltas y corregidas a golpe de tweet o de declaraciones erráticas. En tiempos de incertidumbre global, se agradecería al menos la existencia de una lógica, por dura que fuese. Pero lo que parece gobernar hoy es algo más peligroso que un mal plan: la ausencia de uno.