El aquelarre
De nuevo a la política. Hicimos un paréntesis en la pasada edición de esta columna: dejamos de lado los temas políticos y nos dedicamos a los deportivos; vaticinamos el fracaso del Once Caldas en el campeonato nacional de fútbol; para ese vaticinio, por supuesto, no se requerían nuestros poderes brujeriles, ya que bastaba con darse cuenta de que en el penúltimo partido del torneo de todos contra todos, el equipo de nuestra ciudad desperdició inexplicablemente la oportunidad única que se le ofrecía de ganar un fácil partido en casa, con sus propios hinchas llenando el estadio, a un modesto Alianza Petrolera, tan modesto que, al final, quedó en el puesto 17 entre 20 equipos. El encuentro terminó empatado a un gol. Con un solo golcito más que hubiera anotado, el Once habría quedado clasificado desde entonces y se habría ahorrado –y, sobre todo, habría ahorrado sus sufridos hinchas– toda una semana más de incertidumbre. Que, además, no sirvió para nada. Como se anunció en nuestra predicción, ocho días después el equipo fue vencido en Bogotá por el Independiente Santa Fe, y quedó por fuera, un año más (ya van como siete) de los cuadrangulares finales. Cerremos entonces ese paréntesis y volvamos a la realidad nacional. Aunque quisiéramos, es imposible sustraerse al deseo de comentar lo ocurrido en estos cien primeros días (bueno, noventa y dos para ser exactos) en los que el nuevo gobierno, para bien o para mal, ha generado tantas noticias. Empezando por el hecho de que, por primera vez estamos en Colombia dejando atrás un sistema de gobierno democrático, que lo ha sido, así nuestra democracia haya tenido tantas falencias, en el cual se han alternado gobiernos de centro, algunos incluso con tintes muy leves de progresismo, de centro-derecha y de derecha declarada, para cambiarlo por un gobierno francamente de izquierda; de extrema izquierda según algunos que temen, incluso, que por seguir esa posición ideológica decida dar la espalda al propio sistema democrático al que debe su ascenso y pretenda perpetuarse en el poder, como lo han hecho tantos a lo largo de la historia.
La reforma tributaria. Pasó en el congreso la reforma tributaria de Petro. Aunque falta la conciliación entre los dos textos aprobados uno en el senado y otro en la cámara, lo que ya sabemos que está igual en ambo documento es suficiente para que los expertos puedan empezar a sacar conclusiones. Por supuesto, el análisis tomará tiempo porque el estatuto es bastante extenso, toca muchísimos puntos e incluye temas de difícil comprensión y generadores de mucha polémica. Ni quien escribe estas líneas, ni los amigos con lo que comentamos a veces el contenido del Aquelarre, somos economistas. De modo que tendremos que escuchar a los que sí saben y creer lo que nos parezca más razonable según nuestra visión de legos en la materia. Pero sí hay cosas que se entienden fácilmente solo con base en el sentido común. Por ejemplo, es obvio que entre las cosas que se prometen en campaña y las que se logran hacer en el ejercicio del poder habrá siempre diferencias, algunas sustanciales. Pero si las diferencias son muchas, el promitente puede ser considerado un mentiroso. Petro no se cansó de decir que la reforma tributaria que pretendía lograr en ningún momento afectaría a quienes ganaran menos de diez millones de pesos mensuales. Pero con la disculpa de los impuestos saludables, cuyo objetivo dizque no era aumentar el recaudo sino disminuir el consumo de ciertos alimentos considerados perjudiciales, la verdad es que se les está metiendo la mano al bolsillo a la clase media y, sobre todo, a los obreros y gentes de menores ingresos, que son los principales consumidores de esos productos. De manera que la tan cacareada promesa de no afectar a los menos favorecidos, resultó una simple mentira para captar votos.
Condenados de la primera línea. Amaneció noviembre con una buena noticia: a pesar de las presiones de Petro y los suyos, un valiente fiscal y un valiente juez condenaron a alias 19, un líder de la llamada primera línea en el portal de las Américas en Bogotá, y a otros criminales coautores de los hechos, por delitos inaceptables que incluían la tortura y la asociación para delinquir.
En plena audiencia, el condenado había amenazado al juez, y le había advertido que se encontrarían en las calles. Parece que no le resultará posible, si se cumple la sentencia de los 14 años de cárcel que le sentenciaron al criminal.
Claro que queda una duda. Petro, que no logró que pasaran en la ley que respalda sus negociaciones para la paz total los artículos que le concedían la potestad de otorgar indultos y amnistías a discreción, insiste en buscarla a través de una ley aparte. Él y Gustavo Bolívar demuestran permanentemente sus simpatías por los vándalos que destruyen ciudades, bienes y persona en las protestas supuestamente pacíficas que emprenden a cada rato. Por supuesto, según la constitución, los delitos por los que se condenó a este sujeto y sus cómplices no son amnistiables. Pero es de temer que, con todo su poderío, el gobierno logre encontrar un resquicio por el cual puedan introducirle una trampa a la constitución, y estos criminales reciban el premio, que no podría ser más irónico, de convertirse dizque en gestores de paz. Y las víctimas, a quejarse al mono de la pila.
Triste derrota. Quienes pensamos que la tortura a los animales por simple diversión es una animalada, hemos sufrido una nueva derrota en el congreso colombiano. Han triunfado los que creen que humillar, torturar, vejar y matar a estoque a un hermoso animal que, después de entrar a la plaza exhibiendo toda su espectacular estampa, sale convertido en un simple guiñapo ensangrentado, es una muestra de cultura. La cultura de lo sangriento. También lo era el arrojar cristianos a los leones en el circo romano. Si los aficionados de ahora que con tanto entusiasmo aclamaron la caída del proyecto de ley contra las corridas, hubieran vivido en esa época, una ley que prohibiera esos espectáculos que tanto divertían a los ciudadanos de la antigua Roma, no tendría porvenir.
Va a llegar el día en que las corridas de toros se terminen, posiblemente no por decisión de los legisladores sino porque la mayoría de la gente va a desear hacer parte, por fin, del mundo civilizado, y va a dejar de asistir –y, por ende, de financiar– ese cruel espectáculo. Pero el empeño debe continuar para tratar de acelerar el resultado. Los animalistas, los defensores de los toros –que no de las corridas–, deberán continuar su lucha, así vayan de derrota en derrota hasta la victoria final.
El impuesto no era para las iglesias. La única derrota verdadera que sufrió el gobierno Petro en los debates sobre la reforma tributaria fue el artículo que ponía impuestos a las actividades comerciales de las iglesias. Se cayó en el senado, pero pasó en la cámara. Sigue ahora la conciliación. Ojalá después de esta, el articulo siga vivo. No se está proponiendo grabar las actividades religiosas, ni las asistenciales, sino los emprendimientos con ánimo de lucro que terminan en el vergonzoso espectáculo de ver a miembros de esas entidades o a sus asociados más cercanos, circulando en lujosos carros de alta gama por las calles de nuestras ciudades o habitando en verdaderos palacios, sin que deban dar cuenta al Estado del manejo de esos recursos y sin pagar los impuestos que le corresponderían a cualquier otro ciudadano con iguales ingresos. La celebración que se vivió en el senado ante la caída de la iniciativa fue una muestra, totalmente injustificada, del más lamentable fanatismo religioso.
