21 de septiembre de 2021
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La arepa: reina por un día

11 de septiembre de 2021
11 de septiembre de 2021

Fotos: Verónica García

Por E.Sachs

Conforme pasa el tiempo y dilata ella la quema definitiva de sus naves – algo que se conoce ya como el síndrome del inmigrante – se va a descansar cada noche después de dejar preparada la masa lista para su pan de maíz, en el frigorífico. Sueña entonces con su olor y su sabor a tierra lejana que la acerca a sus montañas y la anima a levantarse para ese desayuno que le mitigue la morriña. Alimento precolombino en su origen ha sido internacionalizado por los venezolanos en la diáspora hasta el punto de decretar el segundo sábado de septiembre o sea hoy, 11 de septiembre, como el Día Internacional de la arepa. Aquel Arepazo Mundial fue declarado como tal un día de Julio del 2012 por la Organización Venezolanos en el mundo.

Fotos: Verónica García

Estudios realizados por la antropóloga venezolana Ocarina Castillo confirman que, en lo que luego fue Colombia, el maíz se conocía hace 3000 años y en el país vecino 2800 años hacia atrás, pero lo que no se precisa es cuándo nació la primera arepa como alimento ya elaborado.

Para la elaboración de los alimentos a base de maíz y de yuca, se usaron instrumentos de piedra, en los que se molía primero la materia prima, y también unos budares o planchas donde se cocía luego al calor. Los cumanagotos, indígenas pobladores de lo que hoy es sólo territorio venezolano, ya consumían, antes de la llegada de los conquistadores, este pan de maíz de forma redonda al que llamaron erepa, 

La inmigración desde el Nuevo al Viejo Continente y la proliferación de locutorios regentados por los nuevos y antiguos inmigrantes de aquellas tierras suramericanas, trajo consigo la demanda de productos que los ataran sentimentalmente a su terruño. Sus pequeñas empresas comenzaron entonces a elaborar las arepas planas, importando inicialmente la harina precocida de maíz amarillo y también la blanca, que no es del todo tan blanca.  Hoy las comercializan empacadas al vacío, más consumidas por los colombianos, y también las gorditas, semi-listas rellenas de queso, para llegar a casa y sólo calentarlas en la sartén o acabar de darles el punto en el horno.

Los venezolanos que comenzaron a llegar en gran número a España  a partir del 2002 se decidieron por su arepa rellena con todo, unas con carne, otras con pollo, las hay con aguacate y pollo, y las consumen tal como se prepara el pan pita. Se asa la masa y luego se abre para introducir el relleno deseado. También las hay veganas. Mientras el colombiano la consume como acompañamiento de sus comidas, tanto en el desayuno – con unos huevos rancheros, o revueltos con tomate y cebolla – huevos pericos – como al medio día en reemplazo del pan de trigo, o por la noche para una cena más frugal, el venezolano la mima como uno de sus platos principales.

El negocio prosperó tanto que ahora las grandes superficies, mercados y supermercados de España, y uno alemán, bien conocidos, hicieron números y tomaron nota. De momento ya venden la harina de maíz.

Ella poco aficionada a aquel pan que sólo le sabía a lo que le pusiera encima, también se aplicó en la tarea de darle la textura y el sabor que le despertara ese gusto por la tierra que dejó atrás picada por el virus del amor. Aficionada como es a lo ecológico, descubrió una sémola de maíz amarillo, que es justamente con la que logra una versión muy original de su propia arepa.

La harina la prefiere amarilla, y la mezcla con un generoso puñado de sémola de maíz aún más amarillo de cultivo biológico que le dará el color alegre y la textura crujiente a su arepa una vez pasada por la sartén. El chorrito de aceite de oliva, ese ingrediente mediterráneo, fruto de una apasionada simbiosis acatada con gusto, sin imposición; sal al gusto, lo justo, agua y una lluvia pasajera de queso parmesano.

Con ternura, como si proporcionara alivio a un espíritu exhausto, amasa despacito hasta conseguir una mezcla suave, homogénea, que se deje dar forma sin esfuerzo para que salga sin grietas ni fisuras. La hace una bola que luego coloca en un plástico y, cubriéndola con el mismo, se ayuda con el rodillo de cocina para extenderla con parsimonia dándole forma de luna llena. El resultado final le recuerda a la tierra algo achatada hacia los polos. La coloca en la sartén pre-calentada al máximo. Y sin perderla de vista, se da cuenta que puede darle la vuelta cuando su arepa se mueve con salero y facilidad al darle una pequeña sacudida a la sartén.

Ahora que ya aprendió a hacerla imagina acompañándola con unos torreznos españoles -chicharrones- carnosos y tostaditos, toda una perdición para su oscilante colesterol. Las expertas, y ella lo sabe, dan forma a la masa – como los buenos pizzeros – con las manos. Paciencia y perseverancia, piensa, todo se andará.

La arepa es ya personaje literario de libros y de música. “¡Viva la arepa!” (2015) es una obra ampliamente documentada por su autor, el historiador venezolano Miguel Felipe Dorta.  Hace seis años los venezolanos radicados en Madrid utilizaron la música de una de sus canciones himno, Alma llanera (1914) para componer una versión homenaje a este alimento, Alma arepera, y en cuestión de tres horas en un estudio de la localidad de Tres Cantos (Madrid) combinando el joropo con el rap y el flamenco quedó lista aquella jocosa versión.

Buenos días y ¡Buen provecho!