
Todavía recuerdo cuando la champeta no era tan comercial; era cándidamente grosera y vulgar. Yo escuchaba de manera clandestina trocitos del susodicho ritmo afrocaribeño de Cartagena de Indias, porque había algo en él que me atraía, un no sé qué. Mi mamá lo creía perjudicial para los jóvenes.