23 de junio de 2026

¿Qué dijo el Papa Francisco en Colombia? (Fin)

Por Jorge Emilio Sierra
13 de septiembre de 2017
Por Jorge Emilio Sierra
13 de septiembre de 2017
El Papa Francisco bendijo a niños y niñas con dificultades de salud en Cartagena.

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*) 

“Todavía hay millones de esclavos en el mundo”

En Cartagena, durante el último día de su viaje a Colombia, el Papa Francisco oró en silencio frente a los restos mortales del también sacerdote jesuita San Pedro Claver, verdaderas reliquias que yacen en una urna de cristal a manera de féretro, debajo del altar en el templo que lleva su nombre y cerca del que fuera su convento, transformado hoy en museo, donde miles de turistas suelen pasearse a diario por la modesta habitación en que murió.

“San Pedro Claver -había dicho poco antes, a las puertas de la iglesia- supo restaurar la dignidad y la esperanza de centenares de millares de esclavos negros que llegaban en condiciones absolutamente inhumanas, llenos de pavor, con todas sus esperanzas perdidas”.

He ahí, en apretada síntesis, quién fue aquel santo que aún se recuerda y exalta como “Esclavo de los esclavos” por tender la mano a los negros, provenientes de África, en Cartagena, donde eran vendidos y tratados, por consiguiente, como animales, negándoles sus mínimos derechos como personas, como seres humanos. Él encarnó, sí, el más auténtico espíritu cristiano, prueba cabal de su santidad.

No es de extrañar por ello -recordó el Papa- que esta hermosa ciudad colonial sea “La capital de los derechos humanos en Colombia”, pues una ley de la república así lo consagró en 1986, erigiéndola sede de diversas actividades en tal sentido, relacionadas obviamente con la defensa de los derechos humanos (la vida y la libertad, en primer término), de los que San Pedro Claver fue sin duda un auténtico pionero.

Y como Cartagena es conocida también como Ciudad Heroica “por defender la libertad -dijo- hace 200 años”, los derechos humanos eran, pues, el tema obligado de esta visita papal, ya para despedirse.

Defensa de los derechos humanos

De hecho, en Cartagena, donde por los citados motivos históricos hay todavía mucha población de raza negra, la discriminación racial es evidente, acaso como en el resto del mundo, pero a esto se suma la discriminación social, heredada también de la Colonia, cuando la ciudad era uno de los principales centros urbanos en el Nuevo Reino de Granada e incluso en América, con enorme importancia estratégica, militar, comercial y económica, según lo confirman sus imponentes murallas y la masiva venta de esclavos para toda la región.

La pobreza es extrema, según se aprecia en barrios populares, alguno de los cuales fue visitado por el pontífice en su propósito de estar en la llamada “periferia”, con los pobres, con los más necesitados, con los excluidos y “descartados”. La riqueza, a su vez, salta a la vista en los lujosos sectores turísticos y en barrios exclusivos, por donde él prefirió no pasar.

En tales circunstancias, reclamaba, una y otra vez, el cabal respeto de los derechos humanos, de su vida en condiciones dignas, de una libertad que por lo visto solo ha sido aparente, formal, tras la eliminación de la esclavitud hace más de 150 años en nuestro país. Todos somos iguales como hijos de Dios, parecía decirnos a cada momento.

Más aún: “Todavía hay, en Colombia y en el mundo, millones de personas que son vendidas como esclavos”, declaró, hablando en consecuencia de una esclavitud moderna, contemporánea, que se manifiesta en fenómenos como la trata de personas, el secuestro, la prostitución y la explotación de trabajadores sin los debidos derechos laborales, entre muchos otros.

Sugirió, además, que seguimos esclavos del pecado, del mal que se pasea a sus anchas por el planeta y de los antivalores en boga (la corrupción, en primer término) que han puesto en crisis a las diversas instituciones, entre las que ni siquiera la Iglesia es la excepción. “El diablo entra por los bolsillos”, observó en forma gráfica a los cientos de religiosos que lo escuchaban atentos.

¿Qué hacer, entonces? Lejos de caer en el pesimismo, Francisco hizo siempre gala de optimismo, de esperanza, de fe, con el correspondiente llamado a tomar cartas en el asunto, cortando el mal de raíz. ¿Cómo? Ante todo, haciendo frente a la discriminación, a la exclusión, a esas nuevas formas esclavistas y, en general, a la violación de derechos humanos, invocando la dignidad de cada persona, por humilde que sea.

“El primer paso en una dirección común”

De acuerdo con lo anterior, el Papa reclamó la participación de todos los colombianos en el proceso de paz emprendido por el actual gobierno. De pobres y ricos, de blancos y negros, de mujeres y hombres, de niños y adultos, sin la discriminación o exclusión en que nunca se cansó de insistir.

“No necesitamos -precisó, con energía- un proyecto de unos pocos para unos pocos, o de una minoría ilustrada que se apropie de un sentimiento colectivo”, ni por tanto -agregó- de “una clase, una fracción, un grupo, una élite”.

Se requiere, en síntesis, la unidad nacional en torno a tales propósitos de reconciliación, basados en una sana convivencia. Para ello, hemos de dar -como rezaba el lema de su visita pastoral- “el primer paso” en tal sentido, con una dirección específica: “Aquella del bien común, la equidad, la justicia, el respeto de la naturaleza humana y de sus exigencias”.

He ahí el reto que nos trazó el Papa Francisco y que de ninguna manera podemos eludir.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua