El rostro humano de la Feria de Manizales
Por JOSE MIGUEL ALZATE
-¿Cuánto vale, señor, este sombrero? La pregunta la hizo una mujer joven, con estatura de palmera, ojos claros, cabello de trigo y cuerpo atractivo. La formuló cuando, caminando por la carrera 23 con destino a la Plaza de Toros, se dio cuenta de que no llevaba nada en la cabeza para cubrirse del sol que a esa hora bañaba la ciudad. “Tengo que comprarme un sombrero”, le dijo de pronto a su acompañante, un hombre de su misma estatura, fornido, de tez blanca, cabello negro y bigote bien arreglado. Lo hizo cuando iba llegando a la esquina del Palacio Arzobispal. El hombre, tomándola de la mano, le dijo: “Mire: allí los venden”. Entonces se acercaron hasta una carreta de madera dónde se exhibían todo tipo de sombreros. Compraron uno aguadeño, de ala ancha. Les costó 15 mil pesos.
Como María Astrid Fernández, una hermosa mujer que vive por los lados de La Sultana, cientos de ciudadanos se acercan todos los días a los diferentes puestos ubicados a lo largo de la carrera 23, desde la Plaza de Toros hasta el Parque los Fundadores, para adquirir algún producto. Su acompañante, una vez adquirido el sombrero que ella buscaba, le colocó el brazo derecho sobre el hombro y, mirando hacia los lados, continuaron el camino. Una cuadra más adelante se dieron cuenta de que tampoco llevaban la bota para brindar en la corrida. Entonces miraron a la derecha. Y vieron que sobre una pequeña mesa de madera una mujer de tez morena, pasada de kilos, las ofrecía a precios módicos. Recateando el precio, compraron una de color negro con bordes blancos. Pagaron por ella 20 mil pesos.
DE TODO COMO EN BOTICA
Carolina Zuluaga, una mujer recién casada, bonita ella, caminaba tomada de la mano de su esposo por la Avenida Doce de Octubre. Iban para la Media Torta de Chipre. No querían perderse el Festival de Música Electrónica. Como no tenían con qué comprar las boletas para ir a la corrida, como era su deseo, decidieron asistir a un espectáculo gratuito para entretenerse toda la tarde. Una cuadra antes del sitio donde se presentaban los Discjokey, decidieron comprar dos cervezas para tomárselas mientras disfrutaban la música. Tenían apenas veinte mil pesos en el bolsillo. Le pagaron tres mil al muchacho que las ofrecía en un balde lleno de hielo y, más tarde, con el dinero restante, compraron dos chuzos que degustaron mientras caminaban hasta el Monumento a Los Libertadores.
“No podemos quedarnos sin con qué pagar el taxi hasta la casa por la noche”, le dijo el esposo contando el dinero que les quedaba: catorce mil pesos. Por esta razón, se abstuvieron de comprar dos ponchos con el logotipo de la feria que ofrecían en una vieja camioneta Renault 12 breack. Tenían programado, antes de regresarse a su casa en el barrio Comuneros, ver el Desfile de las Naciones. Para hacerlo, debían bajar hasta el Parque de Bolívar antes de las seis de la tarde. Como Carolina sintió hambre, cuando caminaban por la carrera 23 el esposo le ofreció un chorizo con una gaseosa; él, mientras tanto, se conformó con comerse una mazorca asada. Pagó tres mil pesos a la muchacha que atendía el puesto, una morena residente en el barrio El Carmen que cada feria establece su venta en ese punto de la vía para ganarse unos pesos con que ayudar a su familia.

CUANDO SALEN DE LA CORRIDA
Un poco prendido como consecuencia de la manzanilla que consumió durante la corrida, don Jesús María Velásquez salió de la Plaza de Toros alegre, con el rostro encendido, gritando a todo pulmón: “Uyy….hermano…esa fue mucha faena”. Estaba acompañado de un viejo amigo que, como él, había dispuesto de su prima navideña para comprar la boleta para la corrida. Antes de entrar al albero se acercaron a un puesto atendido por un negro alto, delgado, de cabello ensortijado. Allí compraron dos ponchos porque “como vamos a entrar así, hermano, en camisa…”. La bota la habían llenado de manzanilla en otro puesto, dos cuadras más abajo. Cuando don Jesús María, que había llegado de Aranzazu esa tarde para no perderse la corrida, escuchó que desde una caseta salían las notas brillantes del pasodoble Feria de Manizales, le dijo a su amigo: “Entremos allá para que nos tomemos tres cervecitas”.
Encontraron disponible, al fondo, una mesa. Se sentaron y, contagiados de la alegría que se vivía bajo la carpa, pidieron más bien media de aguardiente. “Esto no lo hacemos todos los días”, dijo, entusiasmado, don Jesús María. Entonces su acompañante, que había viajado con él en un vetusto campero, respondió: “Aprovechemos y nos pegamos una bailadita”. Como la carpa estaba llena, vieron en el otro extremo a una mujer entrada en años que degustaba un pedazo de carne a la llanera. Cuando el amigo de don Jesús María se le acercó para proponerle que bailaran una piecita ella, sin hacerse rogar, saltó a la mitad del salón y, entre los dos, improvisaron una pista de baile. A las ocho de la noche don Jesús María, que hacía tiempos no tomaba aguardiente, sintió que no podía sostenerse. Entonces le dijo a su amigo “Vámonos ya que estoy borracho”.
EN EL PARQUE CALDAS
El niño, tomado de la mano del papá, mientras degustaba un helado le preguntó: “Uyyy… papi, ¿quiénes son esos señores tan raros que están allá?”. Se refería a los cinco integrantes de un conjunto musical que vestidos a la usanza indígena interpretaban canciones autóctonas en el Parque Caldas. Entonces el papá, para explicarle quiénes eran esos tipos que llevaban exóticos plumajes sobre la cabeza, se acercó con el niño hasta el nutrido grupo de personas que a las cinco de la tarde escuchaban el sonido de extraños instrumentos musicales. Era el grupo folclórico “Ayttus Pura”, que llegado del Perú querían ofrecer al público sus canciones para enseñarles sus costumbres indígenas. El niño miraba con asombro a los músicos. Asustado, se refugió en los brazos del padre cuando uno de ellos, con un vestido brillante, se les acercó para ofrecerles su música.
En otro extremo del parque, frente a la Iglesia La Inmaculada, un hombre sentado sobre un rústico cajón de madera hacía las delicias de las personas mayores interpretando, acompañado de su guitarra, viejas melodías de Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo, Lucho Bowen y Pepe Aguirre. El niño, sorprendido con tanta gente haciéndole círculo, le dijo al papá: “Yo quiero ver qué hay allá”. Y prácticamente obligándolo hizo que lo acercara hasta el grupo. Entonces vio al señor sentado en el cajón que rasgaba la guitarra mientras con un sencillo equipo de sonido llenaba de música el lugar. “¿Y ese señor quién es?, preguntó el niño. El papá, un hombre joven, de anteojos, con una calva incipiente, le contestó: “es un imitador de artistas populares. Canta para ganarse unos pesos”.
EN LA CARRERA 23
Frente a un supermercado, en la esquina de la calle 19, cuatro vehículos de modelo viejo tienen abiertas sus puertas. En uno, un Mazda color café claro, se exhiben camisetas de todos los colores, con grabados diferentes en la parte de adelante. “A cinco mil…a cinco mil. Aproveche esta oferta”, grita un hombre maduro, de barriga pronunciada, que luce en su cabeza un sombrero blanco. Entonces dos niñas que, llevadas de la mano por la mamá, cruzan en ese instante frente al vehículo, la arrastran hasta allí diciéndole: “Cómprenos una, mami”. La señora les dice que no tiene plata. Pero ante la insistencia de las hijas, abre su bolso y saca el único billete que tiene. El hombre les muestra varias camisetas. Al final las niñas se deciden por unas donde están grabadas las figuras de Juanes y de Shakira. La señora, una mujer de mediana estatura, con unos ojos grandes que parecen salírsele del rostro, no tiene más remedio que pagarlas. Entonces les dice: “No se antojen de nada más”.
Tres cuadras adelante, detrás de la Catedral Basílica, parado sobre un cajón, un hombre vestido de militar hace de estatua humana. Permanece totalmente quieto, sin siquiera cerrar los párpados. A sus pies, un pequeño recipiente donde la gente deposita unas cuántas monedas. Casi todos pasan de largo frente a él, apenas mirándolo a la cara. Sin embargo, un chiquillo de escasos siete años de edad que lleva sobre el hombro derecho un poncho y en la cabeza un sombrero se detiene frente a él para, extendiéndole la mano, saludarlo. Entonces el hombre que hace de estatua humana deja su inmovilidad, y se agacha para responderle el saludo. El pequeño, feliz al estrechar su mano, le sonríe mientras saca del bolsillo de su pantalón una moneda de 500 pesos y la deposita en el recipiente que está en el suelo. El abuelo que lo lleva tomado de la mano lo felicita, y le dice: “Muy bien, mijo. Hay que colaborarle a quiénes se rebuscan la vida honradamente”.
BARATIJAS PARA TODOS LOS GUSTOS
Mientras en el Parque de Bolívar una mujer joven que viste unos jeans apretados ofrece a los niños bombas gigantes infladas con helio, otra con una minifalda que deja ver unas piernas bien torneadas aprovecha para ofrecer a las personas que transitan frente al Club Manizales manzanas cubiertas de dulce. La primera logra convencer a una anciana de mirada dulce para que le compre al nieto una bomba con la figura de Ben 10. La segunda le insiste a un hombre joven para que le regale a su novia, a quien lleva tomada por la cintura, una de sus manzanas endulzadas. La novia le dice que no le gustan. Pero ante la insistencia de la vendedora, que le regala una mirada coqueta, el joven decide comprar una para él. A ella le compra, una cuadra más adelante, una rosa roja que le ofrece otra muchacha vestida de colegiala.
En el Parque Ernesto Gutiérrez Arango, frente al escenario al aire libre construido por la Administración Municipal, seis carros de madera impulsados por jóvenes no mayores de 15 años esperan a que los niños se interesen en montarlos. También hay allí tres motos pequeñas y dos carros de batería. Los niños que cruzan por el lugar les insisten a los padres para que los monten. Aunque algunos se resisten a hacerlo, muchos terminan convencidos ante los ruegos de los menores. Un niño de nombre Santiago, de seis años de edad, con unas gafas oscuras cubriéndole los ojos, se sienta frente al timón de unos de esos carritos. El niño siente que está conduciendo un carro de verdad. Entonces pone la mano en la cabrilla mientras grita: “pipí, pipí“, como advirtiéndole a los transeúntes que ahí va él, conductor experimentado al mando de un “flamante” automóvil.
EPILOGO
Esta crónica tiene como propósito mostrarles a los lectores el mundo del rebusque durante la Feria de Manizales. Las festividades de enero son una oportunidad que aprovecha la gente para ganarse unos pesos. Por esta razón, las calles de la ciudad se ven invadidas de gente que ofrece toda clase de artículos. Hay quienes aprovechan para tomarles fotos a los niños montados en animales, otros que venden fotos antiguas de la ciudad. Hay también quienes hacen caricaturas a mil pesos, quienes venden agua helada en los espectáculos públicos, quienes ofrecen la ilusión de ganarse unos pesos disparando con una escopeta hechiza a un objeto, quienes ofrecen dinero por ensartar argollas en botellas de gaseosa. Es decir, la Feria de Manizales es un espectáculo callejero donde cada quien quiere hacer su agosto obteniendo unos pesos en oficios diversos. Es la economía del rebusque. Algo que aprovechan payasos y saltimbanquis, culebreros aficionados y actores improvisados, artistas sin empleo y magos sin trascendencia. Todos confluyen en este evento, llegados desde distintas ciudades del país.

