22 de septiembre de 2021
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El tiempo en la historia de Colombia

18 de febrero de 2011
18 de febrero de 2011

Por: Albeiro Valencia Llano

albeiroEn una publicación de 1955 escribió Germán Arciniegas que “Si la escalera de El Tiempo hablara oiríamos los pasos de embajadores, de obispos, de arzobispos, del pueblo de los barrios de Bogotá, de las mujeres más humildes, de los hombres más ambiciosos, de las reinas de la belleza, de los grandes viajeros. Decía no hace muchos días el general Rojas Pinilla que El Tiempo era un superestado, y decía la verdad. Era la casa de la opinión pública, y la opinión pública es, donde quiera que pueda expresarse, un estado dentro del estado”.

Se dice que El Tiempo sintetiza un siglo de vida colombiana. El diario salió a las calles el 30 de enero de 1911, era un impreso de cuatro páginas, se vendía a tres centavos e inició labores bajo la dirección del joven político Alfonso Villegas Restrepo. En ese momento apoyaba al Partido Republicano y al nuevo presidente Carlos E. Restrepo. Nació para superar los odios partidistas y defender el espíritu republicano; en esta dirección contó con excelentes colaboradores, pero el más destacado fue Eduardo Santos Montejo, quien tenía experiencia en el periodismo.

Pero en 1913 Alfonso Villegas vendió el diario para radicarse en Nueva York y lo compró Eduardo Santos, por cinco mil pesos; inmediatamente le plasmó sus ideas y temperamento, y lo posicionó como tribuna de pensamiento liberal y como excelente empresa económica. Desde este momento contó con el apoyo de su hermano Enrique, experimentado periodista quien había dirigido La Linterna, en Tunja. Ambos se dieron a la tarea de convertir el periódico en el medio más influyente del país.

Transformaron el diario en un periódico ágil, serio y necesario para el momento que vivía el país: privilegiaron la caricatura, incluyeron el suplemento literario, le imprimieron mucho rigor al editorial y a las columnas de opinión. Así surgió “La danza de las horas”, que escribió Enrique (Calibán) durante 40 años. También estaba la pluma del joven estudiante de secundaria Germán Arciniegas, quien se relacionó con el periódico, desde 1918. Contaba Arciniegas que, desde esa fecha, “si una muerte no se anunciaba en El Tiempo, el difunto no era difunto, si no se registraba el matrimonio, no había matrimonio”.

El Tiempo “ingresó” a la historia de Colombia desde su lucha contra la hegemonía conservadora y desde el triunfo del Partido Liberal. Hubo una alianza de la gran prensa liberal, para la conquista del poder en 1930. En esta cruzada participaron El Espectador, el Liberal, La Gaceta Republicana y El Tiempo, encargados de la oposición política al gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez muy desprestigiado, entre otras razones, por la masacre de los trabajadores de las plantaciones bananeras en 1928. De este modo se preparaba el triunfo del Partido Liberal.

La época de oro

Durante la República Liberal ingresó al periódico un selecto grupo de notables periodistas: Carlos Lleras Restrepo, Alberto Lleras Camargo, Eduardo y Lucas Caballero, Agustín Nieto, Juan Lozano, Gabriel Turbay y Roberto García-Peña. Pero en la medida en que El Tiempo se convertía en una próspera empresa económica y en la casa de la opinión pública, se transformaba también en el refugio de los amigos.

Muchos escritores perseguidos en sus países encontraron asilo en el diario bogotano. Al respecto escribió Arciniegas que “Durante varios años la entrañable prosa de Gabriela Mistral fue escrita para El Tiempo y ella misma dedicó a Eduardo Santos su Canto a América. Haya de la Torre, al quedar libre de su prisión diplomática y restituirse a la vida pública escogió El Tiempo para reanudar el diálogo con sus lectores.  Vasconcelos recordaba en estos días cómo halló ese refugio cordial cuando se vio burlado en México. Los muchachos de Venezuela perseguidos por Juan Vicente Gómez escaparon de caer en la “Rotunda” y pudieron decir su palabra de libertad en el diario de Bogotá. El Tiempo era la gaceta que hubiera soñado José Martí para su América Libre. Y aún para la España Libre”.

La violencia contra la prensa independiente

El fenómeno de la violencia se desató en muchos lugares del país, desde 1946, pero alcanzó su punto máximo con el asesinato del dirigente popular Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Ese día estallaron “bogotazos” en las principales ciudades, pero al día siguiente hubo un acuerdo entre el presidente Ospina Pérez y los jefes liberales para bajarle intensidad a la furia del pueblo. Sin embargo todo el gobierno de Ospina estuvo acompañado de  violencia política, especialmente en el campo.

Laureano Gómez fue “impuesto” presidente, el 27 de noviembre de 1949, y la violencia siguió en ascenso, estimulada por una oleada de masacres. El Presidente se retiró por enfermedad y fue reemplazado por Roberto Urdaneta Arbeláez. Durante su mandato la ola de sangre alcanzó dimensiones inconcebibles. Policía uniformada intervino directamente para incendiar varios edificios: El Tiempo, El Espectador, la sede de la Dirección Nacional Liberal y las residencias de Alfonso López Pumarejo y de Carlos Lleras Restrepo. Ante la gravedad de los hechos estos dirigentes políticos salieron del país.

Después de la dictadura civil se llegó a la dictadura militar con Gustavo Rojas Pinilla. El General encantaba al pueblo, pero terminando el primer año de gobierno llegaron los problemas: la violencia política, el movimiento estudiantil por los hechos del 8 de junio de 1954 y la censura a la  prensa. El 3 de agosto de 1955 militares de alto rango presentaron al director de El Tiempo, Roberto García-Peña, “un inadmisible documento redactado en Palacio que, sin derecho a modificarlo ni en una coma, debía él publicar como suyo, durante treinta días, advirtiéndole que en caso de que así no lo hiciera el periódico sería suspendido”. En horas de la noche fuerzas de policía ocuparon el edificio donde funcionaba la prensa e impidieron la circulación del diario. Al día siguiente el ministro de Gobierno anunció al país que el Poder Ejecutivo había resuelto clausurarlo.

El régimen utilizó muchas artimañas para golpear los diarios que no se sometían, pero el principal medio fue minar la base económica de la prensa independiente. Para ello recibían abundantes visitas de las autoridades de Hacienda, buscando inconsistencias en los libros para aplicar multas exageradas como le sucedió a El Espectador en agosto de 1955. Además, los diarios independientes, más sólidos económicamente (El Tiempo, El Espectador y El Colombiano), tuvieron que padecer constantes pérdidas debido a las frecuentes supervisiones y decomisos de ediciones.

La situación cambió el 10 de mayo de 1957 cuando Rojas Pinilla, aterrado por las multitudinarias manifestaciones cívicas en su contra, se vio obligado a renunciar.

Los cambios y exigencias de la empresa moderna

El Tiempo cambió. No es una empresa familiar, ni el vocero de un partido político. Es una empresa moderna, que se ajusta a las exigencias de los medios de hoy para llegar a un público más amplio.

Eduardo Santos luchó para que el periódico fuera independiente del poder económico. Pero los tiempos cambian. El Grupo Planeta, una corporación internacional de medios, es el accionista mayoritario del periódico. Los minoritarios, los miembros de las familias Santos y Espinosa, no tienen más del 10 por ciento de la empresa.

Dicen que el periódico perdió parte de su “alma tradicional”, porque hoy se imponen otros valores y otras presiones. Pero como reza el editorial de El Tiempo del 30 de enero: “el ingreso del Grupo Planeta a la Casa Editorial de El Tiempo nos permite ser vigorosos en un mundo de intensa competencia, proyección global y variados y complejos instrumentos multimediáticos… Las nuevas tecnologías han modificado los hábitos y se necesita ahora una comunicación más imaginativa, variada y dinámica”.