12 de mayo de 2021
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El precio de una vida.

6 de diciembre de 2010
6 de diciembre de 2010

Con cierto asombro se pueden leer con cierta frecuencia, algunas noticias relacionadas con los inmigrantes y la situación difícil que atraviesan en más de un país europeo.

El viejo Carlos Marx dejaba bien en claro que los precios de una mercancía se calculan teniendo en cuenta la fuerza de trabajo que se necesita para producirla, más la materia prima. Añadiría luego que el trabajador debe recuperar la fuerza perdida en el proceso de producción y por lo tanto, lo que consume para recuperar sus fuerzas, serviría de punto de referencia para establecer su salario. Pero cuando se trata de establecer el valor de una vida humana, ya entramos en un terreno bien delicado, y podríamos decir, imposible de calcular.
Pero a diferencia del valor, el precio es simplemente la suma que se desembolsa por una mercancía, sin que tenga que tener relación con el valor. Es decir, el precio es el que cobra alguien por un producto, obviamente teniendo como punto de referencia el valor, así en algunos casos la suma pueda distanciarse, dependiendo de la oferta y la demanda.
Todo lo anterior para decir que cuando se trata de establecer el precio de la vida humana, los italianos se han inventado una fórmula especial que les ha permitido llegar a la conclusión que el monto de la indemnización por la muerte de un trabajador italiano es de $ 300.000 (trescientos mil) euros. Hasta aquí no hay nada raro, pero la perla que denuncia el Diario Público es la que se presentó recientemente cuando un obrero de origen albanés, murió en un accidente de trabajo y entonces el juez decretó que tenía derecho su familia a una indemnización de  $32.000 (treinta y dos mil euros), en virtud (¡léase bien!) de que procedía de un país pobre como era Albania.
Así las cosas, es fácil deducir que los inmigrantes colombianos, ecuatorianos y en general todos los tercermundistas, valemos diez veces menos ante la ley italiana, que los mismo italianos.
Esta es solamente una muestra más de la xenofobia que recorre toda Europa y en donde a veces son los gitanos, otra, los sudacas como despectivamente nos llaman a los sudamericanos, otras a los africanos y también a los islámicos.
Ese “sueño” europeo o americano cada vez se torna pesadilla que castiga, que acorrala, que expulsa y que muchas veces aniquila.
En uno de mis viajes a España tuve la oportunidad de hablar en un paradero de autobuses con una señora ecuatoriana que había dedicado más de quince años de su vida a trabajar como doméstica en una casa y con su esposo se había separado de sus hijos que quedaron viviendo en un pequeño pueblo del Ecuador. Me decía que en esos días había muerto su esposo en Madrid y que por lo tanto iba a retornar a Ecuador para reunirse con su familia. Y entonces ella misma me decía que ya los hijos se habían casado y habían conformado sus hogares. ¿Entonces cuál familia?, preguntaba yo en silencio.