17 de mayo de 2021
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Las tristezas de Bolívar

3 de agosto de 2010
3 de agosto de 2010

Por: Gustavo Páez Escobar
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gustavo paezTodo el revés que puede tener un hombre lo sufrió Bolívar. Fue primero el joven romántico que enviuda a muy corta edad. Amaría después a muchas mujeres, pero aquel primer impacto dejaría en su alma huellas implacables. Y nunca volvería a casarse. 

Llega a las cumbres más altas de la fama rodeado de honores y personajes, pero de allí desciende en medio de abandonos, traiciones y frustraciones. Tormentos  físicos y sobre todo morales lo agobian a su regreso de la gloria. Ha sido traicionado, al verlo enfermo y sin poder, por quienes consideraba sus más leales seguidores.

El 8 de mayo de 1830 sale de Bogotá. Ya nunca regresará al escenario de tantos episodios memorables. Sus fuerzas se han debilitado hasta el extremo de tener que renunciar al poder. El héroe está opaco y todos quieren ignorarlo. Solo algunos de sus más cercanos amigos lo acompañan hasta Facatativá. Va montado en su mula, triste y cabizbajo. La gloria se ha desmoronado. Más tarde le escribe a Manuelita pidiéndole mucho juicio. Es lo único que le queda. Ella nunca lo ha traicionado, y por él sufrirá los mayores oprobios y hasta la misma muerte en una playa desolada. Es la playa del olvido humano.

El Genio, ante quien los enemigos se habían rendido bajo su espada invencible, ahora está sumido en hondas tribulaciones. También se ha evaporado su fortuna. Y teme que el general Páez, que manda en Venezuela, confisque las minas de su familia. El Libertador había sido generoso en el reparto de sus bienes, porque nunca creyó que el honor estuviera en la opulencia.

Ahora no tiene nada. La Quinta, su última propiedad, la ha obsequiado a su amigo don José Ignacio París. Solo le quedan la vajilla de plata y unas alhajas, que vende por diecisiete mil pesos. ¿Cómo hacer para volver a los salones aristocráticos de Europa, adonde piensa regresar, si ya no posee capital? La gloria no es suficiente para procurarse la digna subsistencia.

Desde Guaduas escribe una desgarradora carta a don Gabriel Camacho. Su alma sangra y ya le quedan muy pocas personas en quienes pueda confiar. Le cuenta que no será fácil sostenerse en Europa con los diecisiete mil  pesos que le ha producido la venta de la vajilla y las alhajas. Sus arcas están liquidadas. Y su alma, destrozada.

“No necesito de nada, o necesito de muy poco… El honor de mi país y de mi carácter me obligan a presentarme con decoro…” Tal el doloroso dilema que lo tortura a última hora, consciente de que debe abandonar el territorio que ha libertado, y del cual lo arrojan sus ingratos compatriotas. El Congreso de Venezuela, su tierra natal, ha declarado que no desea tener relaciones con Colombia mientras Bolívar continúe en este país.  

El 1° de julio recibe una de las noticias más amargas de su vida: han asesinado a Sucre, a quien tenía previsto como su sucesor. Durante dos días, Bolívar no cesa de llorar como un niño. Nunca se ha sentido tan abandonado, tan desposeído, tan reducido a la nada. Las patrias redimidas lo dejan solo y no quieren saber de él.

Colombia le había decretado una pensión. Con ella piensa subsistir, pero teme que más adelante, conocedor como es de las envidias y las retaliaciones, le sea suprimida. Bolívar dio las gracias por esa merced, y ahora, mientras a lomo de mula emprende el camino del destierro, recuerda sus glorias, sus mujeres, sus epopeyas. Más tarde lo ven pasar por el río humildes moradores de las poblaciones ribereñas, quienes se niegan a creer que ese ser demacrado y con apariencia cadavérica sea el Libertador. Nunca el héroe se ha sentido más solo y más disminuido. 

El 6 de diciembre llega a Santa Marta. Está deshidratado, muy flaco, ansioso,  extenuado. En el examen inicial que le practica el médico Próspero Reverend, encuentra enfermedades múltiples y opina que tiene los pulmones destruidos. El 10 de diciembre dicta su última proclama de despedida para los colombianos:

“No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales”. Han pasado 180 años desde aquella proclama, y la situación de los países por él liberados no puede ser más desastrosa. Su ánimo de unión ha quedado pisoteado por rivalidades, ambiciones y viles pasiones. Hoy se escuchan hasta gritos de guerra entre gobiernos de la misma esencia bolivariana.

Bolívar había libertado cinco naciones. Había conocido todos los honores y todas las lisonjas del mundo. Había estado rodeado de brillantes figuras políticas, intelectuales y mundanas. Conocía las mujeres más hermosas de todos los sitios. Solo le faltaba conocer los abismos de la ingratitud y la soledad. Le faltaba conocer los horrores de la miseria. Ni siquiera tiene camisa limpia.

Cuando muere el 17 de diciembre, el general Montilla se quita su propia camisa y con ella cubre la desnudez del Libertador. El séquito que acompaña su última hora es muy escaso. Ninguna mujer está presente. Parecen un sueño que se evaporó. Solo Manuelita lo llora en la distancia.