12 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Habrá un campeón modelo

1 de julio de 2010
1 de julio de 2010

En marcha ya la etapa sin retorno por el título del mundial de fútbol Sudáfrica 2010, se puede anticipar que habrá un campeón con todas las de ley, libre de tacha, lleno de méritos  desde el punto de vista técnico y de orden en la cancha, contra los temores de un inesperado vencedor. A la hora de la máxima exigencia es casi misión imposible que la apoteosis sea para un colado. También cabe afirmar, lejos de la hipérbole, que el país del arco iris, a nombre del continente negro, supo atender el enorme compromiso adquirido no sólo ante la FIFA sino frente al conglomerado internacional del balón.

América del Sur, tras un desempeño sin antecedentes en el historial del clásico de cada cuatro años, ratificó, en general,  las bondades de su nivel competitivo y dejó sin oficio una posible rebatiña por la disminución de cupos para la cita brasileña del 2014. Marginado Brasil de la línea de juego, por su condición de país sede, habrá nueve aspirantes por una recompensa de 4.5 casillas. Si se pretende desconocer tal realidad, estaremos frente a un verdadero atropello, al menos con base en las cifras que deja el certamen surafricano. Se debe tener en cuenta que África no disminuyó su cuota para el 2010 ni lo ha hecho Europa después de sus mundiales en España, Italia, Francia o Alemania.

Sin la idea concreta de repetir pronósticos ni de ensayar propuestas de posibles desenlaces, queremos insistir en el convencimiento absoluto de que tendremos a un monarca modelo al cabo de la jornada final del once de julio.

En orden alfabético, para evitar suspicacias, creemos que nadie podría negar  el peso de selecciones como Alemania, Argentina, Brasil, Holanda y España, si alguna de ellas aparece en el podio de los vencedores. Salvo que en lo que resta de campaña se produzca un desbarajuste con fuerza suficiente para provocar una hecatombe, debemos entender que no quedará espacio para otros aspirantes, a pesar de los buenos momentos que han ofrecido Uruguay, Ghana y Paraguay, el trío del complemento.

Alemania emergía con la potencia de sus mejores tiempos, renovada, eficiente y llena de recursos. En algunos instantes dejaba la imagen de un huracán arrasador. Argentina era criticada por su aparente (o real) desajuste defensivo, al tiempo de ponderarse la consistencia de la línea medular y la eficacia demoledora de su ofensiva. Diego Armando Maradona, contra todos los pronósticos, se movía en el banco como si fuera un técnico curtido en mil batallas y reclamaba la opción del máximo cetro. Aferrado a su poderoso ataque y al genio de Lionel Messi, era el motivador número uno de los albicelestes.     

Brasil  estaba en el plan del estira y encoge, para rendir según las necesidades. O al menos eso era lo que opinaba un buen número de críticos. A pesar de las objeciones de quienes  creen que el juego bonito deja de ser tal, si hay marca o despliegue físico sobre el terreno de juego, el técnico Dunga creía estar convencido de poder amalgamar el talento de sus estrellas con el deber de evitar la arremetida del contendor. Una sólida defensa le servía de amparo.

España daba la impresión de haber tomado un nuevo aire, una vez superado el impacto de la inesperada derrota ante Suiza. Volvía a su rutina del toque rasante,  la formidable creación de juego de Xabi e Iniesta y el golpe certero de David Villa, el justiciero del gol. La famosa furia roja parecía ir por la ruta de las bendiciones.

¿Y Holanda? El conjunto de la naranja (ya nada tiene de mecánica) se abría camino en forma serena, convencido de sus posibilidades, equilibrado y dinámico. Tenía por delante, como sus compañeros de cuartos, un sendero lleno de espinas aunque no se daba por enterado. Nervios de acero en medio del fragor de duras batallas.

Uruguay, Ghana y Paraguay completaban la rueda de los ocho equipos de mayor alcurnia competitiva. Sus  expectativas no daban para ir mes allá de las semifinales, a pesar de lo cual mantenían una actitud optimista, al amparo del principio de que nadie pierde antes de jugar.     

El problema arbitral

Los descomunales errores arbitrales dejaron en entredicho las políticas de la FIFA  en esa vital materia, y han estado a punto de malograr el triunfal desarrollo del torneo sudafricano. Una lluvia de desaciertos para enturbiar el cielo mundialista.

Sobran los ejemplos de los lunares de los hombres del pito. Ni el pesimista mayor hubiera podido vaticinar una debacle como la que ha experimentado en varios encuentros por culpa de las omisiones o de la ceguera de los encargados de impartir justicia en la cancha.

Fue de tal magnitud  el impacto negativo que la multinacional del fútbol, por intermedio de su presidente, Joseph Blatter, aceptó por fin la posibilidad de discutir el empleo de medios electrónicos con la idea de resolver jugadas dudosas, como si el balón entró o no por completo (el uruguayo Jorge Larrionda no dio como gol un tiro del inglés Frank Lampard ante Alemania)  o si hubo o no fuera de lugar en una anotación (el italiano Roberto Rossetti validó la acción del argentino Carlos Tèvez para el primer gol de Argentina ante México). Las imágenes televisivas mostraron claramente que la pelota pateada por Lampard traspasó la línea de gol, y Tèvez estaba adelantado en el momento de cabecear hacia el arco de Pérez. Fueron acciones claves en momentos vitales de ambos partidos.

Son pocos los equipos que pueden considerarse a salvo de las metidas de pata de los silbatos. No ha habido criterios unificados para el manejo de las tarjetas amarillas, y lo que unos sancionaban severamente otros lo pasaban por alto.

Ante la aplastante demostración de torpeza e incapacidad por parte un buen número de colegiados (19), la FIFA decidió excluirlos del resto de la competencia y dejar abierta la factible discusión para el uso de medios tecnológicos.

Hasta ahora, la rectora del fútbol se ha opuesto rotundamente a la entrada de ese tipo de apoyo para los árbitros. Su filosofía se fundamenta en que maneja un deporte universal, y la aplicación de sus normas debe estar al alcance de todo el mundo, juéguese donde se jugare, así sea la población más recóndita y apartada.

El facilismo crítico, que se exacerba cuando ocurren situaciones como la de varios jueces en Sudáfrica, le sirve de impulso a la polémica y a la presunta necesidad de los mecanismos de respaldo científico.

Somos de la corriente que se opone a la entrada sin restricciones del control de las máquinas en el fútbol. Tampoco creemos que su esencia se parezca a la de otros deportes, como el tenis de campo, el hockey, el atletismo, el ciclismo o el automovilismo para citar unos pocos, que ya acuden a esa vía en búsqueda de un resultado libre de discusiones, algo que no siempre consiguen.

El fútbol es fuente de controversia. Nada más aburridor que un deporte mecanizado, que nada deje para la imaginación. El factor humano cumple un papel básico. La dinámica es otro de sus valores esenciales. Al perder ritmo con facilidad, se haría insoportable y adormecedor con las interrupciones continuas. Sería cuento de nunca acabar.

La discusión, desde luego, parece llevar la etiqueta de lo inevitable. Existe el propósito, y no se sabe si tarde o temprano la FIFA terminará por caer en las redes de quienes consideran que con la electrónica se acabarán los problemas de los fallos arbitrales injustos y cesarán las discusiones sobre la correcta aplicación del reglamento.

Mientras tanto es innegable que se deben redoblar los esfuerzos pedagógicos con quienes se dedican al oficio para garantizar el normal desarrollo de las acciones en la cancha. Con ayuda extra o sin ella, los árbitros están obligados al estudio permanente de las reglas de juego, al aprendizaje continuo y al fortalecimiento de la condición física y la actitud mental. Quienes no entren en esa tónica, es mejor (y saludable para el fútbol) que se olviden del pito y vayan a sembrar yuca o a pelar papas.

Cuestión de tácticas

Flota en el ambiente del mundial la idea de que no hay novedad desde el punto de vista táctico. Se dice que casi todos le jalan a lo mismo, con ligeras variantes. El orden en la cancha, arranca, por lo general, del viejo y siempre vigente 4-4-2, y de ahí en adelante se bifurca para diversas modalidades o formas de juego.

Un buen número de expertos se empeña en ver fantasmas, y trata de convencer al aficionado con el cuento de los pizarrones, en los que mueven a los jugadores como si fueran marionetas y no seres humanos con sus altas y bajas.

Uno se pregunta, por ejemplo, dónde queda el orden posicional cuando un equipo resuelve abroquelarse para cerrar caminos y hacer inútiles los empeños del adversario por llegar al gol. Son diez jugadores (para no incluir al portero)  que se establecen en escala y tratan de cubrir la mayor parte del terreno. Entonces se habla de la táctica del murciélago, que hace parte del lenguaje coloquial del fùtbol pero no figura en ninguno de sus manuales.

La experiencia óptica indica que el torneo de Sudáfrica se nutre de estilos conocidos y camina sobre la base fundamental del recurso técnico. Frente a defensas cerradas, se ensayan las fórmulas habituales de “abrir el juego”, pero, en últimas, la habilidad de los talentos y la eficacia en el remate marcan la diferencia. En ese punto no hay misterio.

España sabe que su arma es el toque. Brasil es explosivo en su ofensiva. Argentina trata de atropellar y Alemania se inclina por la demolición implacable. Holanda se parece a la gota de agua que horada la piedra. Todos se conocen, y el asunto es saber en que instante puede saltar la liebre.

El momento de África

Nadie se atreve a discutirlo: resultó un rotundo acierto de la FIFA la decisión de hacer el mundial en Sudáfrica. Los reparos que se formularon antes de que arrancara la competencia universal, fueron de distinto corte, y siempre envolvían la intención de subestimar al continente en su capacidad organizativa. No daban para tanto.

Temores por la seguridad, problemas de infraestructura hotelera, vías de comunicación y deficiencia gerencial, eran noticia frecuente en los medios. Sudáfrica, sin embargo, seguía adelante, terminaba hermosos y funcionales estadios, habilitaba carreteras y terminales aéreos, construía metros, y se alistaba con su potencial humano para cumplir con la palabra empeñada. Misión cumplida.

Hoy, cuando el torneo entra en la recta decisiva, apenas se escuchan los ecos de aquellas críticas que se estrellaron contra la realidad de los hechos. El país de los diamantes, bajo la égida moral de Nelson Mandela, despejó el camino de la adversidad y le envió al mensaje inequívoco al conglomerado internacional sobre su fortaleza administrativa y capacidad estructural para sortear embates y salir a flote.

A Sudáfrica le quedará el grato recuerdo de una celebración cumbre del deporte y el honor imborrable de haber realizado un campeonato de las grandes ligas sin traumatismos ni contratiempos fuera de lo común.

Quienes todavía se rasgan las vestiduras y alegan que la FIFA sólo quería montar su negocio en medio de la pobreza, se han llevado un verdadero chasco. Lo menos que podrían hacer sería ofrecerles excusas a los compatriotas de Mandela por haberlos mirado por encima del hombro, con el desdén de la soberbia invencible.

África se quedó corta en el manejo del balón (apenas Ghana se metió en la pelea), pero estuvo sobrada en calidez y eficiencia organizativa. El legado oficial de la FIFA es un anticipo de “20 centros comunitarios con infraestructura futbolística al servicio de la salud pública  y la educación” (1)  que funcionarán en Sudáfrica, Ghana, Malí, Kenia, Namibia y Ruanda, entre otros países del continente.  Un buen comienzo para la nueva era.

Tiros cortos

*Las peleas entre Pelé y Maradona son de nunca acabar. Nos imaginamos la nueva y airada reacción del argentino ante las recientes declaraciones del brasileño, que tratan de poner por el piso sus calidades como director técnico, después de aclarar, “con el debido respeto”, que no tiene problemas con él. En el fondo, se trata también de la eterna rivalidad futbolística. Pelé cree que Argentina no podrá con Brasil si se llegan a ver en la final de Sudáfrica 2010. También, como es apenas natural, entra en escena el ego de ambos ex jugadores. Cada uno se cree el mejor de todos los tiempos.

*Johan Cruyff, el ex astro holandés, tampoco se queda atrás a la hora de crear controversia. Hace poco dijo que no pagaría una boleta para ver a Brasil, por ser un equipo aburridor, ultradefensivo, apegado a la idea de defender el cero. “Es una vergüenza”, afirmó ante los medios en Sudáfrica. Por lo visto, Cruyff no le concedía el menor crédito al combinado que dirige Dunga, a pesar de la demostración que hizo contra Chile.  Creemos que exageraba la nota, se daba excesivos aires de suficiencia o quería molestar a los brasileños antes del juego de cuartos de final.

*No todo era flor de elogios para el trabajo del argentino Marcelo Bielsa. Frente a la euforia chilena por el regreso al mundial y el avance a octavos, con dos triunfos consecutivos, se escuchan y se leen voces que le bajan la caña, como dicen en el lenguaje popular. Chile quedó en su ley al caer ante Brasil. No tuvo cambio en su estilo. Siempre desplegó el mismo juego y el mismo ritmo en sus partidos. No pudo transformar en goles la incesante presión que ejercía sobre sus rivales. El sistema de Bielsa es invariable y por lo visto limitado; llega a un punto muerto y de ahí no pasa. De todas maneras, el llamado “loco” tiene  su estilo y un amplio y costoso mercado. El colega Gabriel Meluk recuerda (2) que en Colombia lo idolatran, y era candidato fuerte para la selección antes de que nombraran a Hernán Darío Gómez.

*La batalla por el botín de oro del mundial de Sudáfrica 2010 quedó a cargo del argentino Gonzalo Higuaìn, el español David Villa y brasileño Luiz Fabiano. No se vislumbraban otros candidatos con suficiente talla, aunque los uruguayos Diego Forlán y Luís Suárez merodeaban por esos terrenos. La producción ofensiva mundialista  seguía baja y con tendencia a empeorar.

(Verbienmagazin)

(1) Revista FIFA World junio/julio de 2010.
(2) Diario El Tiempo, junio 30