Femicidio; pretérito simple-pretérito perfecto; verdad-certeza
El editorialista de El Tiempo, guiado tal vez por algún especialista de esos que se dan a rodo, redactó: “Medicina legal atiende esta preocupación e introduce el concepto de femicidio para cuantificar las muertes violentas de mujeres perpetradas por hombres (…). En otras palabras, identificar los casos en que las personas fueron asesinadas sólo por el hecho de ser mujeres” (VI-3-10). Noción absurda, semánticamente hablando, porque, entonces, habría que buscar una palabra diferente para cada ocasión, según el motivo del asesinato. Y absurdo también el terminacho, porque, supongo, lo sacaron de la palabra ‘fémina’, cuya raíz latina es ‘femin-’, no ‘fem-‘, por lo que el vocablo tendría que ser ‘feminicidio’. Pero éste también tiene sus bemoles, puesto que el significado de ‘fémina’ es ‘hembra’, nombre que abarca a todas las del reino animal. Más todavía: Esa misma raíz la tiene otra palabra latina que significa ‘muslo’ (femen, femin-is). Más lógico, el sustantivo ‘muliericidio’, del latín ‘mulier-mulieris’, aunque éste, además de su acepción primaria de ‘mujer’ y de ‘mujer casada’, tiene los de ‘mujercilla, gallina’ (hombre cobarde); y el de ‘yegua’, según Plinio. Dejémonos, entonces, de tonterías, y aferrémonos a las voces que inventaron aquellos que sí sabían hacerlo (homicidio, asesinato, uxoricidio) hasta que aparezca alguien capaz de ‘armar’ una, tan lógica, tan necesaria y tan expresiva, que a todos nos enorgullezca el solo hecho de hablar su mismo idioma.**
Si los verbos no tuviesen sus conjugaciones, es decir, si no cambiaran de acuerdo con el modo y el tiempo, sería imposible redactar, a saber, escribir cuentos y novelas; cartas; poesías, discursos veintejulieros y conmemorativos, o catilinarias; ensayos y textos de investigación y consulta, etc. Con el modo indicativo expresamos hechos; con el subjuntivo, deseos, órdenes, posibilidades, etc. Con el tiempo presente, lo que está sucediendo en el momento en que se habla o se escribe; con el pretérito, lo que ya fue; y con el futuro, lo que vendrá. Éstos, a su vez, con excepción del presente, son o simples o compuestos: Es distinto, verbigracia, decir ‘canté’ que ‘he cantado’. Con lo que, ¡por fin!, llegué a lo que quería decir: Todos recordamos con desazón la cornada que sufrió el torero Julio Aparicio. La noticia la dio El País, periódico de Madrid, de la siguiente manera: “El torero sevillano Julio Aparicio (…) ha sufrido esta tarde una escalofriante cornada (…). La embestida le ha sorprendido a mitad de la faena de muleta (…). Después del primer muletazo se ha tropezado con los cuartos traseros del toro, se ha caído (…), y cuando se estaba levantando (…), el toro le infirió una cornada en la barbilla que le ha atravesado la boca”. Sólo faltó que dijera “el toro le ha inferido” para que fuera devastador este torrencial aguacero de pretéritos perfectos, que cae frecuentemente en España. En 1492, cuando la gramática de la lengua cabía en más o menos 200 páginas (hoy, la Academia necesitó cerca de 4.000), Elio Antonio de Nebrija se refería a estos dos tiempos así: “En el passado acabado: Amé, amaste, amó, etc. En el mesmo tiempo, por rodeo: E amado, as amado, a amado, etc.”. Quinientos años después lo explicamos de esta manera: El pretérito simple, que la Academia llama hoy ‘pretérito perfecto simple’, se refiere a acciones que ya no existen en el momento en que se habla, por ejemplo, “lo vi hace ocho días”; el pretérito perfecto, llamado por la Academia ‘pretérito perfecto compuesto’, se refiere a hechos pasados que aún tienen ocurrencia en el momento en que se habla, verbigracia, “lo he visto merodeando por la Catedral”. El espeluznante hecho, en el momento en que fue narrado, era ya cosa del pasado, por lo que debió ser descrito con los verbos en pretérito simple, así: ‘Sufrió, lo sorprendió, tropezó, se cayó, y le atravesó’. Si quiere, como dice el padre Gallo, saber más de este asunto, compre la “Nueva gramática de la lengua española”, que le dedica unas 16 páginas (23.7).**
Esto escribió don Ricardo Eastman de la Cuesta: “Porque la verdad es relativa y la certeza es absoluta, excluye la duda” (LA PATRIA, VI-10-10). Es al revés, don Ricardo, porque la ‘verdad’ es objetiva, es decir, que existe independientemente de la percepción individual; la ‘certeza’, subjetiva, a saber, que depende de lo que el sujeto piensa o siente, sin importar lo que está fuera de él. Cualquiera, usted bien lo sabe, puede tener la certeza de un error. ¿Recuerda, señor, que a Galileo Galilei lo iban a volver cenizas, porque enseñaba que la Tierra giraba alrededor del Sol? Los jerarcas de la Iglesia (y, prácticamente, todos los intelectuales de la época) tenían como cierta la tesis de que el Sol giraba alrededor de la Tierra, porque en la Biblia ‘está escrito’ que, después de la orden que le dio Josué, “El sol se detuvo en medio del cielo, y no se apresuró a ponerse, casi un día entero” (Josué, X, 13). ¡Sí ve, pues, hombre!