30 de julio de 2021
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Bolívar en Soatá

2 de junio de 2010
2 de junio de 2010

Por: Gustavo Páez Escobar
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gustavo paezSiete veces pasó  Bolívar por Soatá, unas por breves horas y otras con estadía mayor. El general O’Leary, en viaje de 1827, pintó a Soatá como “una villa aseada y bonita, compuesta de varias casas de teja que encierran una plaza amplia y buenas calles”. 

El  Libertador se quedó en una casona colonial del costado norte de la plaza, vecina de la residencia de mis abuelos. La imagen de Bolívar está exaltada en aquella mansión –convertida por él en palacio ambulante de gobierno–, pero el verdadero recuerdo del héroe quedó grabado para siempre en la memoria de la población.

El origen de la casona donde moró Bolívar es bien antiguo: el terreno lo compró en 1808 el párroco de entonces, José Eusebio Camacho, y la construcción concluyó en 1814. Fue primero casa cural y después cuartel en las guerras de la Independencia. Se aproxima a los 200 años de existencia, una cifra de respeto en la vida de los inmuebles –e impensable para los mortales–, aunque inferior a la edad mucho más longeva de la casa de mis abuelos, que cumple 252 años.

La primera visita tuvo lugar en octubre de 1814 y correspondió al primer viaje que Bolívar realizó desde Venezuela al interior de nuestro país. Tenía 31 años. Trece años atrás había enviudado, sin cumplir aún los 19 años, y ese hecho lo empujó a ser héroe: “Quise mucho a mi mujer y su muerte me hizo jurar no volver a casarme. Si no hubiera enviudado, no sería el general Bolívar, ni el Libertador. La muerte de mi mujer me puso muy temprano en el camino de la política”. 

En 1814 ya había cumplido resonantes acciones políticas en su tierra nativa. Era una figura de prestigio que incursionaba con éxito en los destinos de su patria y que era señalado como una esperanza para acaudillar grandes causas por la libertad. Durante sus años de estudio en España lo picó el germen de la política, y en Europa se sintió seducido por las ideas de Voltaire y las epopeyas de Napoleón. En Roma juró dedicar su vida a redimir su pueblo de la esclavitud española, y en Londres pidió ayuda para proteger su patria contra la invasión extranjera.  

En octubre de 1813 –un año antes de su viaje a Soatá– entró jubiloso a Caracas, donde fue proclamado Libertador. Con esos arreos llegó a Soatá, un oasis de hospitalidad en medio de aquellas latitudes abruptas. Debido a su posición estratégica, Soatá era un cruce de caminos entre el Nuevo Reino y Venezuela. Tierras tranquilas y serenas donde todo caminaba con lentitud y modorra, y rodeadas de despeñaderos bruñidos de sol. 

A Bolívar se le recuerda el día de su aparición en la primera calle del pueblo, cansado y sudoroso tras una fatigante jornada a caballo. Apuesto, recorrió las calles llenas de vecinos entusiastas que le daban la bienvenida. En la plaza se apeó de brioso corcel y se encontró con el país, ya que llegaba no solo a Soatá sino a toda Colombia. A mi pueblo le correspondió el privilegio de ser la antesala de las gestas libertadoras. Desde entonces la tierra soatense quedó impregnada de gloria. El sentido de patria y libertad que la poetisa Laura Victoria irradia en su vida y en su obra se origina en su patria chica. 

En octubre de 1821, vencedor en Carabobo y en camino hacia el sur de Colombia, el Libertador pasó  de nuevo por Soatá. El 25 de marzo de 1828, por última vez. De allí se dirigió a Bucaramanga a observar el desarrollo de la Convención de Ocaña, uno de los episodios más amargos de su vida. Derrotado en la Convención, los partidos políticos comenzaron a alinearse en cabezas de Bolívar y Santander.   

Lo sucedido a partir de ese momento no podía ser sino el reflejo de la atmósfera encarnizada que causó el derrumbe de la Gran Colombia. El héroe caía abatido por la insensatez. Había roto las cadenas de la opresión y ahora era víctima de la ingratitud humana. Dos años después marchaba hacia las playas de la muerte. 

A Soatá, por cruel ironía, le correspondió presenciar dos sucesos memorables y antagónicos de la vida del Libertador: primero, su camino a la gloria, en 1814; luego, su marcha al ocaso, en 1827. Trece años de distancia marcaron el ascenso al poder y el descenso a las sombras. Si retrocedemos en las páginas de la Historia, hallaremos dos hechos similares, demostrativos de que la vida está siempre marcada por el éxito y el fracaso: primero, el triunfo de los conquistadores al derrocar al cacique Soatá; luego, la derrota de estos bajo el genio militar de Bolívar. 

Y todo sucedió  en un cruce de caminos…