30 de julio de 2021
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Sobrepoblación urbana: un colapso anunciado

11 de abril de 2010
11 de abril de 2010

Municipios aledaños a Bogotá como Funza, Mosquera y Facatativá han presentado un incremento poblacional del 47% promedio anual. Archivo particular


El desplazamiento forzado en Colombia tiene rostro femenino. Durante el último quinquenio, las mujeres de edades comprendidas entre los 15 y los 49 años, en promedio, han tenido que soportar el dramático peso de responder solas por su hogar y lejos de su sitio de origen.

Según la profesora Nubia Ruiz, asociada al Instituto de Estudios Urbanos (IEU) de la Universidad Nacional de Colombia, con doctorado en Demografía de la Universidad Autónoma de Barcelona (España), la mujer es la protagonista principal de la migración interna en Colombia, pues cuando ocurre el desplazamiento forzado abandona el municipio que habita, generalmente con sus hijos, sin compañía de un hombre. Al menos así lo hacen en promedio cinco o seis mujeres.

Este es uno de los resultados de un estudio sobre demografía urbana realizado por la profesora Ruiz en más de 70 municipios del país, durante los últimos 5 años. Al indagar las causas del desplazamiento, encontró que obedece a factores como el conflicto armado y a que muchos, ante la necesidad económica, se vinculan en actividades ilegales.
“Al indagar por qué las mujeres se fueron acompañadas de sus hijos, pero no de sus varones, hallamos un alto índice de mortalidad masculina entre los 15 y los 49 años”, asegura la docente.

Dos razones principales explican dicha situación. En primer lugar, el desplazamiento se da en distintas direcciones. La mujer sale a las zonas periféricas de las grandes ciudades en busca de trabajo y sustento para sus hijos, mientras el hombre termina en áreas de conflicto formando parte de grupos irregulares o laborando en áreas de producción cocalera.

Según la investigadora, “al correlacionar la ausencia masculina con la alta tasa de su mortalidad, encontramos que la exposición del hombre a la muerte se da no solo en el momento en el que tiene que salir de su lugar de origen, sino incluso después. Por ejemplo, el joven llega a la gran ciudad a formar grupos de riesgo, como ocurre en Medellín con el recrudecimiento de la violencia juvenil en las grandes comunas”, destaca la docente del IEU de la UN.

Mujer cabeza de familia

Ante la ausencia de la figura masculina, sobre la mujer recae la responsabilidad de criar a los hijos y responder, si es el caso, por los adultos mayores de la familia. Así, llega a las zonas urbanas a constituir hogares con alto riesgo de pobreza.

“Por cada mujer en edad productiva que emigra del campo a la ciudad hay en promedio cinco niños, y con ella llegan por lo menos dos o tres adultos mayores a su cargo. Eso significa un impacto muy fuerte en términos del desarrollo urbano”, señala la profesora Nubia Ruiz.

Tal es el caso de Úrsula Martínez, una mujer desplazada de 27 años, proveniente del departamento de Córdoba, que arribó al municipio de Funza (Cundinamarca) hace más de tres años. Tiene a su cargo tres hijos y no sabe nada de su compañero sentimental desde que salió de su pueblo.

“Al principio tenía ganas de llegar a Bogotá, pero unas compañeras de viaje me recomendaron Funza, porque era más fácil encontrar trabajo. Aquí se necesita mucho la mano de obra barata en sectores como el de la floristería. Aunque apenas gano lo mínimo para sobrevivir, sé que en Bogotá las condiciones serían más difíciles”, dice la mujer.

De tal manera, en las ciudades intermedias y en los municipios periféricos de las grandes ciudades se está presentado un crecimiento desmedido de la población. El costo de habitar en Bogotá, Medellín o Cali significa para la comunidad migrante un esfuerzo mayor. La saturación del territorio urbano y la ausencia de espacios disponibles para ellos son factores determinantes para que tomen la decisión de llegar a estas zonas.

“Municipios aledaños a Bogotá, como Funza, Mosquera y Facatativá, se han convertido en espacios importantes para la recepción de la población desplazada. Resultan más económicos para habitar y facilitan el acceso a la capital. Allí pueden desempeñarse laboralmente en la informalidad, o en algunos niveles de la formalidad, que no les exigen pagar una renta alta ni servicios públicos al costo de la gran ciudad. También les permiten ubicar a sus hijos en la escuela sin mayores costos, como el de transporte”, afirma la profesora de la UN.

Consecuencias

Según la especialista, las consecuencias del desplazamiento forzado en Colombia son nefastas. “Una de las peores es la incapacidad de absorción de empleo de la industria nacional. Actualmente, la tasa de desempleo urbano es cercana al 15%, pero el subempleo, entendido como el desempleo que se encuentra en el volumen de población que se vuelca hacia la gran ciudad y hacia las áreas periféricas, sobrepasa el 48%. Un porcentaje importante de mano de obra que llega a demandar servicios y puestos de trabajo, que la industria incipiente es incapaz de absorber”, destaca Ruiz.

Entretanto, en Funza, Mosquera y Facatativá se ha presentado un crecimiento del 47% anual en estos últimos cinco años. Para la investigadora, es una cifra escandalosa: “Se trata de una tasa que desborda cualquier posibilidad de desarrollo. Si salimos por la Calle 80 nos damos cuenta de que Funza y Mosquera están casi pegados a Bogotá, es decir, que el límite físico espacial está prácticamente borrado”.

Así, uno de los principales retos que enfrenta el país es el proceso de vuelco de la población sobre las áreas urbanas. Hecho que se evidencia en que el 77% de la población esté viviendo en las llamadas cabeceras municipales y las grandes ciudades. La mayoría habita en municipios cuya población oscila entre 100.000 y 500.000, pero que aumentan cada vez más debido a que son los mayores receptores de población desplazada.

De seguir así, las ciudades se van a volver insostenibles. Los sistemas de servicios, salud y vivienda van a colapsar. Incluso el acceso a elementos mínimos de supervivencia, como el agua, se verán en riesgo, concluye el estudio.

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