21 de septiembre de 2021
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Confesiones, verbo, injerencia del inglés

5 de abril de 2010
5 de abril de 2010

“El cura predica pero no aplica”, dicen que dicen. Sabaneando a lo largo y ancho un libro de edición muy reducida (QUISQUILLAS DE ALGUNA IMPORTANCIA – Aprenda castellano de los errores del prójimo –2004, 05, 06-), en donde están las columnas de mis tres primeros años en LA PATRIA, tropecé con la siguiente oración: “La palabreja esa quedó asentada en El Diccionario –sin el adecuado examen por parte de los responsables de ello- con la grafía ‘teletón’ ” (II-16-06). Cometí en ella el error que con tanto ahínco combato, y me pregunté: ¿Qué hace ahí la empalagosa, pegajosa y fastidiosa expresión ‘por parte de’? Y, por supuesto, la borré inmediatamente, y la frase quedó que ni preparada, puesto que la preposición ‘por’, ella solita, sin abalorios, desempeña muy bien su oficio, en este caso, el de expresar la relación que existe entre el ejecutante y la acción ejecutada, así: “…sin el adecuado examen por los responsables de ella”. Poco después consulté, para confirmarla (porque así la vi en mis apuntaciones), la definición que la Academia de la Lengua (El Diccionario) da de ‘cohecho’, y esto, no para mi consuelo sino para mi estupor, fue lo que corroboré: “Delito consistente en sobornar a un juez  o a un funcionario en el ejercicio de sus funciones, o en la aceptación del soborno por parte de aquellos”. ¿Qué hace aquí, me pregunté de nuevo, la empalagosa, pegajosa y fastidiosa expresión ‘por parte de’? Ello es que la preposición ‘por’, ella solita, sin colgandejos, desempeña muy bien su oficio, en este caso, el de expresar el agente, es decir, la persona que realiza la acción del verbo, de esta manera: “…en la aceptación del soborno por aquellos”. Circunstancia gramatical que se aprecia mejor en la siguiente oración: “Ese fue un asunto muy mal presentado por parte de quienes negociaron esos acuerdos…” (El Tiempo, Julio Londoño Paredes, Cara a Cara con Isabel Rueda, III-23-10). “…mal presentado ‘por’ quienes negociaron…”. ¿Redunda la omnipresente expresión? –Sin lugar a dudas, señor. **

Durante el mismo recorrido de la obra mencionada, en el numeral 323, encontré la copia chueca  que hice de la segunda acepción que de ‘blandir’ da El Diccionario: “Adular, alagar, lisonjear”. “Así de redonda y así de blanca es la luna de Salamanca”, y, sin embargo, no la vi. Quiero decir que no vi el monumental error ortográfico que cometí al escribir ‘halagar’ (“Adular o decir a alguien interesadamente cosas que le agraden”) sin hache. Y es error de ortografía únicamente por el contexto, puesto que nuestro léxico tiene también el verbo ‘alagar’ (“Llenar de lagos o de charcos”), lo cual de ninguna manera justifica mi irremisible descuido.**

El vocablo ‘verbo’ procede del latín ‘verbum’, cuyo principal significado es el de ‘palabra’. Por lo tanto, son sus sinónimos ‘término, expresión, dicción, voz y vocablo’. El primer versículo del Evangelio según San Juan dice: “In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum”, que traduce: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”. Aquí el Verbo es el ‘Hijo’, la segunda persona de la Santísima Trinidad. Por esto dice más adelante “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros…” (“et Verbum caro factum est et habitavit in nobis” –v. 14). En castellano, ‘verbo’ tiene muchos significados, entre ellos los mismos del latín y, en su gramática, una de las siete partes de la oración, a saber, “Clase de palabras que puede tener variación de persona, número, tiempo, modo y aspecto” (El Diccionario). De acuerdo con esta definición, es comprensible la extrañeza que en la señora Isabel Jaramillo Gaviria produjo la siguiente frase de LA PATRIA: “Calma, prudencia y compromiso. Esos fueron los principales ‘verbos’, que se escucharon este jueves en las reuniones que tuvo el presidente de la República…” (Primer Plano, II-5-10). Comprensible, digo, porque, gramaticalmente hablando, las palabras ‘calma, prudencia y compromiso’ no son ‘verbos’ sino ‘sustantivos’. ¡Palabra!

De la siguiente manera se despachó el señor José Félix Lafaurie Rivera: “¿Se le puede adjudicar a unos drinks?” (Hablaba del despelote formado durante el recuento de los votos); y “…pero la integración de soluciones con terceros privados evidenció que su expertis no se hizo extensivo al proceso electoral” (LA PATRIA, III-23-10). Como si en castellano no existieran ‘tragos’ (para traducir la palabra ‘drinks’), y ‘bebidas, y ‘guaros’, y ‘guarilacos’ y ‘guarilaques, y hasta el horroroso ‘güisqui’, “adaptación gráfica de la voz inglesa ‘whiskey’ (…). Su plural es ‘güisquis’ ” (Diccionario Panhispánico de Dudas). Y como si para traducir el término inglés ‘expertise’ no tuviera el castellano ‘pericia’ y ‘habilidad’ y ‘destreza’ y ‘capacidad’ y ‘maestría’ y baquía, etc. Además, si algún día se llegare a castellanizar ese anglicismo, tendrá que llevar tilde en la ‘i’, por ser palabra aguda terminada en ‘ese’, así: expertís. ¡Hombre, por Dios, Lafaurie!