30 de julio de 2021
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Dolores y travesuras del libro –I–

14 de marzo de 2010
14 de marzo de 2010

Por: Gustavo Páez Escobar
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gustavo paezEn forma desordenada, y a medida que me broten en la memoria, narraré en estas crónicas una serie de episodios –graciosos, curiosos, dolorosos– que me han surgido en las cuatro décadas que cumplo en el oficio de escribir. A todo escritor le suelen ocurrir hechos iguales o parecidos. Ese es el mundo de las letras.  

Llevaba varios años buscando el libro más importante de Tulio Bayer, Carta abierta a un analfabeto político, sin lograr conseguirlo. De pronto, en unas vacaciones en Cartagena, lo vi en un puesto de venta callejera. ¡Cuál no sería mi regocijo! Como el vendedor no tenía vueltas para el billete que le pasé, le dije que regresaría antes de diez minutos, mientras conseguía dinero más suelto, y le encarecí que me guardara el libro “No se preocupe –me respondió–: hace varios meses exhibo la obra y nadie se ha interesado en ella”. Haciendo la diligencia, me encontré con un viejo amigo y nos fuimos a departir en una cafetería. Y voló el tiempo. Cuando volví feliz en busca de mi mercancía, el vendedor había vendido el libro. Su explicación fue obvia: yo le había prometido regresar en diez minutos, y había pasado una hora. Durante mi demora llegó otro comprador, y él no podía desaprovechar la venta.

Cuando siendo gerente del Banco Popular en Armenia publiqué mi primer libro, la novela Destinos cruzados, a la primera persona que la remití fue a Eduardo Nieto Calderón, presidente de la entidad. Vanidoso, me quedé esperando su felicitación. Un mes después, ni siquiera me había llegado acuse de recibo. Por lo cual, opté por enviarle un nuevo ejemplar. Detallista como era él, me dirigió de inmediato una nota de agradecimiento y congratulación, donde me explicaba que un mes atrás ya le había llegado el libro, pero con dedicatoria para otro destinatario (un vicepresidente que se hallaba en vacaciones), a quien trasladó mi envío. “Se ‘cruzaron’ esta vez los sobres”, me decía Nieto Calderón.  

Otro amigo me comentó, años después, que aunque le pareció extraño que la carátula estuviera invertida, él la consideró parte de Destinos cruzados. Esto me hizo pensar que a otras personas pudo también llegarles el libro en tales condiciones, pero prefirieron callar. Aquí se aplica el proverbio: “A caballo regalado no se le mira el diente”.

La novela Ventisca, que me editó la Universidad Central, ya había sido procesada por la editorial, pero le faltaba el prólogo del rector, Jorge Enrique Molina Mariño. Con mucha pena, y en vista de que la obra iba a ser presentada una semana después en la Feria Internacional del Libro, me vi precisado a urgir a mi patrocinador para que escribiera las palabras que había ofrecido. Y él me confesó que al leer el excelente prólogo de Otto Morales Benítez para otro de mis libros,  se sentía acomplejado con el trabajo que había escrito para Ventisca. Por lo tanto, iba a mejorarlo.  

Lo cierto es que llegó  el día de la presentación en la Feria, y Molina Mariño no había entregado el prólogo. Él llegó apurado al acto y extendió mi novela en la mesa de la presentación, pero sin permitir que nadie la hojeara: la carátula iba sin pegar, y dentro de ella estaba el taco de la obra, simulando el libro ya editado. ¡Faltaba el prólogo!, el cual solo vino a anexarse en la segunda presentación, días después, en la Universidad Central. Mientras tanto, grande fue mi incomodidad con los amigos que habían asistido al acto de la Feria, entre quienes no se pudo repartir la obra, y a quienes engañamos con la noticia de que el libro venía en camino. Pasado el momento amargo, queda la anécdota de humor.